El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En Navidad a Javi echo de menos

EN NAVIDAD A JAVI ECHO DE MENOS

EL ETERNO RETORNO ES INNEGABLE

REVIVO, AÑO TRAS AÑO, LA ODISEA

Como cualquier aserto que diga o escriba aquí podrá ser utilizado en mi contra (abundo en el parecer con quien sostiene cuanto asumió otrora, que salir a la palestra y tomar la palabra en una reunión pública o privada se parece bastante, como una gota de agua a otra gota de agua, a la actitud del preso al que el agente que le acaba de esposar, le aduce la causa o razón de su detención y le hace saber cuáles son sus derechos), proferiré o urdiré lo que considero una verdad como un templo, aunque puede que otra posterior, ajena o propia, la aplaste.

“Los hechos son sagrados y con ellos / construir cada lector su opinión puede”. “Derecho a saber tienen los lectores, / deber quien pluma empuña de contarlo”. A partir de la quintaesencia que destilan y/o exudan estas dos parejas de versos endecasílabos, me propongo discurrir sobre los recuerdos indelebles, imborrables, de un bululú o cuentacuentos diletante y de uno de sus lectores/oyentes habituales, adicto empedernido. “Al último mentado corresponde / decidir, si responde y no se esconde, / si este menda ha alcanzado el objetivo / laudable o no ha rozado ese adjetivo”.

A quien firma estas líneas no le supone un esfuerzo ímprobo comprender la intención o el propósito de Charles Dickens y la enseñanza o lección que cabe colegir quien se eche a los ojos su bien tramado “Cuento de Navidad”. Así las cosas, entiendo que a Ebenezer Scrooge, el avariento y misántropo personaje verosímil salido, mitad de la realidad, mitad de su magín, se le presenten los fantasmas de la Navidad pretérita, actual y futura y le impongan el urente, mas soportable, castigo, de obligado cumplimiento, de contemplar por completo, como espectador selecto y silente, en una butaca escogida de la primera fila (si desde la susodicha se presencia cuanto ocurre en el escenario mejor que desde las otras, las restantes; que no lo tengo tan claro), con todo lujo de detalles de crudeza y crueldad, su errado y enmendable proceder, para que reflexione sobre su comportamiento y, tras constatar que este dejó mucho que desear, que su actitud fue inhumana, se arrepienta de verdad, de corazón, e intente poner remedio al daño que produjo.

Esa es, precisamente, la razón por la que entiendo que a mucha gente le guste la Navidad (síncopa de Natividad). Servidor (lo reconoce sin ambages) la detesta con rabia (atenuada, tras las más de cuatro décadas transcurridas desde la fatalidad), la odia (¿de manera irremediable?), porque si, para la generalidad, la inmensa mayoría, como es lógico y normal, dicho vocablo denota el Nacimiento o la Natividad del Señor, para él, para mí, significó y no puede dejar de significar la muerte de mi ángel de la guarda físico, real, de mi primer y acaso mejor mecenas, Javi.

Está claro, cristalino, que en esta vida toda acción tiene su reacción o consecuencias, sean estas las que sean; es decir, que para todo hecho concreto cabe hallar, tras seguir las estelas, pistas o rastros dejados y valorar los indicios y vestigios, una causa, aunque esta sea hija del albur, esto es, quepa adjudicársela (al menos, provisionalmente) al azar, la casualidad.

La tarde de la Nochebuena de hace cuarenta y dos años, como mi hermano mayor y mejor defensor, José Javier, que había sido elegido presidente de la entonces recién creada sección juvenil dentro de la tudelana Peña “La Teba”, tenía que trabajar de barman/camarero en el “Mesón”, me pidió que, ya que él iba a faltar, el autor de estos renglones torcidos acompañara al grupo de peñistas que habían decidido hacer una visita y obsequiar a los ancianos del asilo y a los enfermos del hospital (con tabaco para ellos, si fumaban, y con pastas y pasteles para ellas y el resto; eran otros tiempos).

A ambos sitios acudí con la mejor disposición de ánimo, con ganas de hacer un bien. Mientras viva y siempre que el alzhéimer no me juegue una mala pasada, rememoraré cómo, en el hospital “Nuestra Señora de Gracia” (hoy residencia de la tercera edad) canté villancicos, leyendo la letra de los que no me sabía de memoria su tal en las cuartillas que las contenían y sostenía, a la sazón, la monja que tenía más cerca, que resultó ser sor Lucía, quien, haciendo honor a su nombre (no sé si de pila o adquirido con ocasión de su entrada en la orden religiosa a la que pertenecía), lucía una amplia y diuturna sonrisa.

Sor Lucía me comentó y convenció de que deberíamos acudir al hospital con más frecuencia, porque la alegría, el entusiasmo y la cercanía también ayudan a sanar. Diez horas escasas después, cuando yo me hallaba tumbado en una camilla sin poder moverme (se me habían desplazado las vértebras once y doce dorsales), sor Lucía me preguntó si yo era yo; cuando le confirmé que sí, sentí que ambos, sin decir una palabra más, en silencio, decidimos llorar, de consuno, al alimón (nuestras sonrisas habían devenido o mudado en lágrimas amargas), y ella no paraba de darme friegas en las manos, los pies y el resto del cuerpo para que entrara en calor, porque, tras el accidente de tráfico sufrido (causa del óbito de mi hermano José Javier, que había llegado ese año a la mayoridad y había votado sí en el referéndum de la Constitución Española), yo había arribado al recinto hospitalario aterido de frío. Mientras acaecía esto, en el quirófano el doctor, don Jorge Martínez Monche, estaba operando de la pierna a nuestro amigo y vecino “Fitín”, que también padeció los rigores del erebo.

Año tras año, indefectiblemente, vuelvo a revivir por estas fechas (entrañables, para otros) la misma odisea de FANDO, frío, agua, niebla, dolor y oscuridad.

Quizá al lector le brote preguntarme: / ¿Por qué sigues hurgando en esa herida? / Me surge responderle lo siguiente: / ¿De su fautor uno olvidarse puede?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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