El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Por Iris hechizado me confieso

POR IRIS HECHIZADO ME CONFIESO

¿Será verdad el contenido de la frase que cabe leer en el cartel de “El quinto pino”, la cafetería que, qué paradoja, sí, queda, contraviniendo el contenido del proverbial dicho, a escasos metros del edificio donde vivo y, durante la semana que estuve aislado en mi piso, por haber sido contacto estrecho de una persona con COVID, leía cada vez que me asomaba a una de las ventanas corredizas de mi balcón cerrado: “El éxito es la suma de pequeños esfuerzos repetidos día tras día”?

En esta vida (donde se airea que la cuarta dimensión es el tiempo) no he conocido (ni en la realidad ni en la ficción) a un solo enamorado (hembra o varón) que no haya visto en la persona amada (ella o él) a su arquetipo o prototipo de belleza sin par; a la criatura más agraciada y venusta (del orbe) salida de las prodigiosas manos de ese ducho alfarero y magnífico escultor que es Dios; del más fino (y, aparentemente, frágil, pero duro) cristal soplado por la boca y pulido por el manejo perito y preciso del instrumental de un maestro vidriero.

Aunque en mi adolescencia había oído aseverar a alguno de mis profesores competentes (los que me daban clase a diario, estando presentes y vivos, y los que me aleccionaban, mientras los leía, estando ausentes y aun muertos) que no convenía granjearse el parabién y el respeto ajenos si, a cambio, debíamos hipotecar o traicionar nuestras ideas, principios y valores, en definitiva, si teníamos que dejar de ser nosotros mismos, cada vez que me he enamorado (de veras, hasta los tuétanos), cuando, hace dos años, quedé prendado de Iris también, siempre he notado que me ha ocurrido tres cuartos de lo propio, que me he esforzado al máximo para gustar tanto a mi amada como ella me agradaba a mí, a fin de conseguir que el embelesamiento deviniera mutuo, esto es, que nuestra atracción fuera recíproca.

Dicen que “el amor es ciego”; y es cierto. También dicen que “ojos que no ven, corazón que no siente” (las puñaladas del otro, ella o él, reales o imaginadas); y es verdad (pero no faltan las excepciones a dicha regla). Aunque soy varón, en todo momento y lugar me he decantado por la parte femenina de la pareja, o sea, por la fidelidad de Penélope (la túnica que cosía durante el día, la descosía por la noche para no cumplir la promesa que, ante la prolongada ausencia de Ulises, veinte años, había hecho de casarse con uno de sus muchos pretendientes cuando la acabara, es una muestra y prueba evidente de su modelo de conducta fiel, leal). Hoy, si me preguntaran mi parecer, diría que el amor, mutatis mutandis, es el fardel del ciego y el arca(z) del clérigo de Maqueda, las dos cajas fuertes de los dos primeros amos de “El Lazarillo de Tormes”, que, como nos informa el fingido autor de su apócrifa autobiografía, en el primer caso, era “de lienzo que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave”. ¡Qué difícil resultaba de abrir y, por ende, degustar luego los manjares que guardaba! Había que ser astuto, como un Ulises “penelopizado”, para lograr sacarle el máximo jugo o provecho. Todo esto lo cuenta y comenta el autor anónimo, a su manera, en un juego de espejos, en dos párrafos inolvidables de su inmortal novela (el primero pertenece al Tratado primero y el segundo al ídem):

“Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza; y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba (…)”.

“Otro día fue por el señor mi amo visto el daño así del pan como del agujero que yo había hecho, y comenzó a dar a los diablos los ratones y decir: ‘¿Que diremos a esto? ¡Nunca haber sentido ratones en esta casa sino agora!’. Y sin duda debía de decir verdad; porque si casa había de haber en el reino justamente de ellos privilegiada, aquella de razón había de ser, porque no suelen morar donde no hay que comer. Torna a buscar clavos por la casa y por las paredes y tablillas a ataparselos. Venida la noche y su reposo, luego era yo puesto en pie con mi aparejo, y cuantos él tapaba de día, destapaba yo de noche. En tal manera fue, y tal priesa nos dimos, que sin duda por esto se debió decir: ‘Donde una puerta se cierra, otra se abre’. Finalmente, parecíamos tener a destajo la tela de Penélope, pues cuanto él tejía de día, rompía yo de noche; ca en pocos días y noches pusimos la pobre despensa de tal forma, que quien quisiera propiamente della hablar, mas corazas viejas de otro tiempo que no arcaz la llamara, según la clavazón y tachuelas sobre sí tenia”.

No sé si existe o no el destino, el sino (sí/no; el atento y desocupado lector, sea ella o él, tachará lo que no proceda, según su criterio), pero tengo la impresión de que a mí me persigue la negra, la mala suerte, porque lo que me consta es cuanto en esta vida me acaece: que las féminas de las que me enamoro (de verdad, hasta las trancas) no me corresponden; y viceversa, que las que quedan cautivadas por mí (por lo que escribo, tal vez, y/o por cómo lo escribo, sobre todo) no me motivan (ni mucho ni poco ni nada).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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