El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Hagas lo que hagas, digas lo que digas

HAGAS LO QUE HAGAS, DIGAS LO QUE DIGAS

CENSURARÁN LOS “HUNOS” Y/O LOS “HOTROS”

“Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios, cuando debieras agradecérselas: sus golpes no te hieren, te esculpen”.

Santiago Ramón y Cajal, en “Charlas de café” (1920).

Ayer, viernes, por culpa de un contratiempo, llegué tarde, muy tarde (apenas unos minutos antes de que concluyera, qué pena), a la tertulia a la que soy adicto y/o aficionado, y que se celebra, velis nolis, haga frío o calor, caigan chuzos de punta o copos de nieve en el exterior, en la plaza de don Miguel de Unamuno, desde ni se sabe, a ciencia cierta, cuándo (cierto día, tras finalizar una de las tales, le escuché aseverar a Álvaro Santaolalla, otro de los asistentes habituales, pero no contertulio, sino oyente, como servidor, que esta goza de una vigencia casi centenaria, pues viene teniendo lugar —solo interrumpida durante los tres años que duró la Guerra Incivil española— desde antes de la dictablanda del general Dámaso Berenguer, en 1930), alrededor de la mesa redonda del casino “La Fuerza”, de Algaso. En el mismo momento que me senté, tomó la palabra Eugenio Bermejo, a quien todos los tertulianos se refieren a él con el hipocorístico cariñoso de “Uge”, que, dirigiéndose a quien acababa de hacer uso de la palabra, Tomás Franco (que nada tiene que ver con el ominoso dictador, nada, por supuesto), le adujo:

—Te recomiendo encarecidamente que hagas o lleves a cabo el siguiente experimento. Pon a un ser humano adulto (hembra o varón) en el centro de la plaza mayor o principal de un pueblo pequeño, de entre ochocientos y mil habitantes, en el que todos se conozcan (si no por el nombre de pila, al menos, por el apodo familiar). Considera al susodicho, ella o él, el personaje único de una extraña obra de teatro; y a los lugareños de la población el público. Me apuesto contigo doble contra sencillo a que, nada más dar su primer paso (sea la que sea la dirección que tome), será criticada/o por ello.

—Creo que todos los presentes, si no en su totalidad, hemos leído buena parte de la colección de apólogos o, ¡ejem!, ejemplos que juntó en “El conde Lucanor” su hacedor, el infante don Juan Manuel, coetáneo de Juan Ruiz, arcipreste de Hita. En uno de los primeros de la susodicha obra, si no marro, viene a dar cuenta el sobrino de Alfonso X el Sabio y nieto de Fernando III el Santo de cuanto me propones como experimento —le replicó Tomás.

—Bien visto, dilecto Tomás; pero no me había retrotraído tantos siglos en el tiempo, en concreto, hasta el XIV, sino que, a la hora de formularlo, he tomado en consideración, para el presente caso, un pensamiento de Ralph Waldo Emerson, a quien he empezado a devorar (en el sentido de leer con avidez las páginas que escribió, mejor o peor traducidas), desde que acabé de releer, por tercera vez, esa bendición de Dios que es “El huerto de Emerson” (2021), de Luis Landero, para ver si se me pegaba algo de la buena, mejor y aun óptima literatura que, al parecer, al pacense, de Alburquerque, le contagió la lectura atenta de alguna de las urdiduras del mentado autor norteamericano, que, traducido libremente, dice poco más o menos así: “cualquiera que sea el camino que elija, siempre habrá alguien que me diga que me equivoco. De continuo surgen, como setas, discrepancias, que me empujan a pensar que acaso mis detractores estén en lo cierto, o sea, tengan razón. Idear un plan y trazar sobre un mapa el itinerario a seguir requiere, sobre todo, coraje —repuso “Uge”.

—Si acabas de hablar alegóricamente, en clave, y con lo que has aducido pretendías encomiar a quien no aludes, pero este menda, por varios indicios, ha colegido que te referías, sin hesitación, a quien ha pasado de sostener que “no es no” a “no es sí” o a “sí es no” (sin apenas inmutarse por la muda ni quedar mudo él, sino dejar al resto, los demás, mudos), acaso sea pertinente, distintivo y relevante rememorar esta otra cita célebre de Emerson, que lo censura: “Al que juró hasta que ya nadie más confió en él, mintió tanto que ya nadie le cree, y pide prestado sin que nadie le dé, le conviene irse adonde nadie lo conozca” —concluyó Tomás.

Y no hubo tiempo para más, porque sonaron las nueve en el campanario de la colegiata, hora a la que, indefectiblemente, desde ni se sabe cuándo, se daba remate oportuno a la tertulia, sin posibilidad de alargue o prórroga.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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