El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tras el nombre de Amanda, ¿quién se oculta?

TRAS EL NOMBRE DE AMANDA, ¿QUIÉN SE OCULTA?

Ayer cogí un cabreo morrocotudo, pero de órdago a la grande. Y es que a los piratas informáticos (ellas y ellos) no se les pone nada por delante; saltan muros y cortafuegos sin pértiga y esquivan escollos y remolinos en un santiamén, con un regate diabólico, mejor incluso que el que exhibió Messi en sus momentos estelares. Me indigné sobremanera, como hacía bastante tiempo que no me sucedía (cada día, ciertamente, veo menos rato la tele y esa medida ha sido mano de santo, pues ha contribuido a que se me agríe cada vez menos, a partes iguales, el carácter y el estómago), por esta razón de peso, porque a una de mis direcciones de correo electrónico (que hasta ayer, pensé, de veras, que no conocía nadie, excepto yo, pues la usaba única y exclusivamente para mandarme los textos que servidor iba trenzando y así, en el caso de ser preciso, probar documental y fehacientemente ante un juez o tribunal que yo era el incontrovertible autor de ellos y, como consecuencia, por ende, desenmascarar a quien se los hubiera querido apropiar indebidamente, al posible impostor, si lo hubiere) me llegó el “emilio” de una tal Amanda (en latín, dicho vocablo significa “la que ha de ser amada”), en el que ella había urdido esto:

“Dilecto (sé que, por haber usado esta voz, no le demuestro bien, a las claras, que llevo más de un lustro leyéndole a diario con sumo gusto, pero es la verdad) Ángel/Otramotro:

“Me llamo Amanda y soy sordomuda (bueno; no lo soy, en sentido estricto, pero si usted se aviene a que servidora sea su ángel de la guarda, esto es, si accede a que pueda colocarme detrás de usted, para poder leer cuanto usted lea y escriba, fingiendo ser y fungiendo de su guardaespaldas, me comprometo a ser sorda y muda, salvo que ocurra un milagro, es decir, salvo que servidora vuelva a obtener un improbable orgasmo encadenado, ya que, si tengo la dicha de gozar otro tal y, asimismo, en cuenta todas las veces que lo he intentado antes, nunca he podido acallarlos del todo).

“Como me gusta tanto lo que escribe y, sobre todo, cómo lo escribe, y he llegado a la conclusión de que la mejor forma de aprender a hacerlo como usted lo hace es estar atenta y presente en el momento oportuno que empuñe la péñola, y como me consta, porque se lo he escuchado decir (sí, y salir de su propia mui) y se lo he leído varias veces, que desde hace la tira de años, dos décadas, usted no hace el amor, a fin de que ambos nos aprovechemos mutuamente, y satisfagamos nuestras carencias y deseos, le propongo un do ut des, o sea, que, a cambio de sexo, todo el que usted quiera (le haré cuanto me pida, sin hacer ascos ni poner objeciones a ninguna postura o práctica sexual), me permita ser, sin molestarle, su sombra física.

“A la espera de su respuesta, aprovecha la ocasión para saludarle y testimoniarle su admiración.

“Amanda”.

Nada más acabar de leer su “emilio”, con la sonrisa aún en los labios, le contesté esto:

Dilecta Amanda:

Te agradezco mucho, de veras, tu correo, pues me ha hecho reír a mandíbula batiente. ¡Cuántos bienes nos depara sonreír, reír y carcajearnos, hasta cuando lo hacemos de nosotros mismos!

El enfado que he pillado por haber recibido tu “emilio” en mi dirección secreta, se ha esfumado o sublimado en un pispás, tras leer tus líneas desopilantes.

Aunque tu propuesta es un bombón “irrechazable” (voz que, por cierto, no me cabe en la testa que aún no tenga entrada en el Diccionario de la Lengua Española, DLE; compruébelo el incrédulo lector, hembra o varón, si no me cree, para desatar, motu proprio, la duda), irrenunciable, me veo obligado, honestamente, a rehusarla por dos motivos: uno, no necesitas leer lo que leo y escribo, porque tú ya lo haces estupendamente, sin precisar la ayuda de este fautor; y dos, me da en la nariz (intuyo o presiento) que, una de dos, o quien se esconde detrás de Amanda es la ficticia amante despampanante de dos catedráticos universitarios de la misma asignatura que se odiaban a muerte, que aparecía mencionada al final del texto que rotulé “Epístola sin título ni firma”, y publiqué ayer aquí; o, en su defecto, ya sé quién se oculta tras dicho nombre, y según apunto y apuntalo has acertado a la hora de escoger como tu seudónimo, porque eso es lo que vengo haciendo a diario contigo, desde hace dos años, amarte con todas mis ganas, completamente, por ser digna de ser amada por servidor, Iris.

Itera las gracias de nuevo quien arde en deseos de abrazarte,

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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