LA FAMA NO HA CAMBIADO A LOS AMIGOS
Metomentodo fue el primer crítico literario al que Otramotro le concedió una sui géneris interviú, pues se avino a responder a uno de sus sesudos cuestionarios por escrito. Como ambos, por ser amigos desde la más tierna infancia, se conocían mutuamente, Metomentodo esperó que llegara el momento oportuno para hacerle la propuesta y Otramotro hizo tres cuartos de lo propio con la ocasión pintiparada, propicia, para aceptar y acertar.
Aquella entrevista fue mano de santo, pues supuso un espaldarazo profesional definitivo para Metomentodo, que entonces era colaborador free lance en media decena o docena de revistas (alguna de primer nivel y reconocido prestigio), cuando formaban una sobrada alineación de equipo de fútbol los periodistas (ellas y ellos) que sacaban a pasear sus codos, intentando abrirse paso entre las multitudes que se agolpaban en las inmediaciones de las puertas de los diversos lugares a los que acudía Otramotro para vender su nuevo trabajo literario, sin obtener en sus casos, qué fracasos, la pieza deseada, o sea, regresando a casa con el rabo entre las piernas.
Como ha ocurrido, según una regla no escrita, con todos los que decidieron un día empuñar una péñola, tanto Metomentodo como Otramotro han tenido, a lo largo y ancho de sus respectivas trayectorias, aciertos y fallos, altos y bajos.
Desde que escribió y le publicaron su ensayo “¿Por qué este menda lee ene ficciones?”, donde dejó fijado, negro sobre blanco, que “siempre me han gustado distintas maneras de escribir, diversos estilos literarios. Si lo escrito es bueno, poco importa a qué género pertenezca”, Metomentodo se convirtió en un autor de culto.
La primera novela que le editaron (había trenzado antes otras dos, que deben andar en algún cajón, bien guardadas, a la espera de próximas revisiones), “¡Mira que eres gilipollas!”, fue un fracaso rotundo, sin paliativos. La crítica le zurró la badana de lo lindo, por todos los lados. Otramotro le animó a seguir en la brecha, a no venirse abajo ni quedarse parado, lamiéndose las heridas, a sacar provecho de los errores cometidos y remontar el vuelo hasta hollar, de nuevo, la cumbre y saborear las mieles del triunfo, como eso hizo con su segunda novela, que se la dedicó, precisamente, a su amigo y fautor, Otramotro, “porque me lanzó un salvavidas cuando, tras dar un traspié y perder la vertical, caí por la borda al mar”, “¡Qué diuturna ser puede una jornada!”. La escribió, según afirmó, después de haber visto (hay quien dice que solo fue una boutade) veinte veces, o más, el filme “Atrapado en el tiempo” (título con el que se vio en España “El día de la marmota”), dirigido por Harold Ramis en 1993.
La fama no le ha cambiado a Metomentodo. Tampoco eso ha ocurrido con Otramotro. Si el primero sigue usando la misma y última silla eléctrica que le regaló su madre (tiene un cariño especial por ella) unos días antes de dejarlo huérfano, y él maneja como si fuera un bólido de Ferrari, el segundo sigue usando en casa la misma bata granate que usó, le legó o cedió en usufructo su padre. Un día que lo visité estableció un símil (o eso deduje, al menos) entre ese objeto y el sujeto de su dicha, ya que a esa cada vez más rota prenda la comparó, ponderando, esto es, sin menospreciar un ápice su dignidad, con su amada musa chicharrera, Iris.
El sábado pasado, mientras, acompañada de mi pareja, buscábamos una mesa libre en alguna de las distintas, pero no distantes, terrazas de un bulevar del centro, después de saludar en una de ellas a Pío, Diana y Pacho, vi y me acerqué a preguntar “¿cómo os va?” en otra a los dos amigos tantas veces aquí citados. Mientras Metomentodo sorbía tragos cortos de un gin-tonic, Otramotro apuraba el segundo botellín de tercio de cerveza. Nos invitaron a sentarnos con ellos, a sumarnos al noble y doble arte de pimplar con moderación y dialogar con sensatez. Accedimos de buena gana y allí estuvimos dándole a la mui y trasegando lo que cada quien pidió y el solícito camarero nos trajo, durante una hora larga, hasta que las agujas del reloj determinaron que había llegado la hora de recogerse cada quien en su choza y, tras pagar y despedirnos, voló cada mochuelo a su olivo.
Edurne Gotor, “Metonimia”
Ángel Sáez García