El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

A los facultativos, ¡muchas gracias!

A LOS FACULTATIVOS, ¡MUCHAS GRACIAS!

Aunque he olvidado sus respectivos nombres de pila, no he hecho lo mismo con sus gestos, con sus gestas. Hoy, mientras releía algunas páginas del “Fausto” (un fragmento o versión parcial de la Primera parte de la tragedia fue publicado/a en 1790, de manera completa, en 1808; la Segunda parte apareció publicada póstumamente en 1832), de Johann Wolfgang von Goethe, he rememorado a tres de las compañeras que tuve en Primero de Medicina, carrera que inicié en la facultad de Zaragoza en 1982. Una de ellas se había desplazado para dicho menester, si no recuerdo mal, desde su terruño en la isla de Menorca; otra, era originaria de Zaragoza, capital, y vivía en el domicilio familiar, sito cerca de la Residencia Juvenil “Baltasar Gracián”, donde permanecí aquel año interno; la otra, ¿?; las tres se portaron conmigo de modo inmejorable (si, por un casual, una, dos o las tres se llevan algún día a los ojos estos renglones torcidos, ¡gracias!, ¡muchas gracias!). Me cedían gustosas sus apuntes para que este desastre de amanuense, romántico aspirante a galeno, pudiera completar los suyos, a los que siempre les faltaba algo, importante (a mí, por no saber discriminar correctamente la materia, el material que tenía entre manos, me lo parecía todo) o no. Recuerdo que comencé el curso bajando por la mañana en tren a Zaragoza y subiendo por la tarde, en el mismo medio de transporte, a Tudela. Sí, una paliza. Debido al traqueteo del tranvía, luego vino lo que vino, y sin catarlo (ergo, menos aún pimplarlo). Cuando comenzaron las clases prácticas y presenciales de Anatomía, tuve que buscar un sitio donde poder descansar y soñar y cumplir con el horario académico, que daba inicio a las ocho de la mañana. Hallé donde dormir en la susodicha residencia.

Como yo había estudiado el BUP y el COU por letras, advertí, a las primeras de cambio, a los pocos días, mis variopintas faltas en conceptos y conocimientos científicos y mi craso error en la elección (la opción de estudiar Medicina, romántica, a todas luces, brotó en mí el año anterior, cuando, junto con mis compañeros, los camilos que estudiábamos COU en el colegio “Enrique de Ossó”, las teresianas, aprovechábamos las mañanas de los sábados para llevar a cabo un trabajo humanitario, social, echando una mano, en realidad, las dos, porque ninguno de nosotros era manco, a las monjas que regentaban el asilo de ancianos que había entonces en la zaragozana calle Cartagena). Carecía de los fundamentos y/o rudimentos para salir sin un solo rasguño del coso. Tras recibir el primer tortazo, de sopetón, en la cara, vivieron, uno tras otro, un rosario o sinfín de sopapos, no físicos, pero sí reales. Aunque, al principio, pensé que, a base de DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio, podría salir ileso, indemne, del aprieto, paulatinamente fui convenciéndome de que, sin dominio, ostensible, sin látigo, no iba a ser suficiente con mi buena disposición de ánimo para salir airoso de la jaula de los leones. Además, como a perro flaco todo son pulgas, como dice el dicho castellano, aireando una verdad como una seo (no como un aseo, aunque suene igual) de grande, durante tres domingos seguidos, sin haber salido de farra, a tomar copas, sufrí sendos cólicos nefríticos (al poco tiempo, tras las pruebas médicas pertinentes, supe que, anatómicamente, tenía los riñones en herradura, unidos por la parte caudal), por culpa de un cálculo de oxalato cálcico (¿que el traqueteo del tren había contribuido a desplazar?; puede), que fue creciendo en mi pirámide renal izquierda con el paso del tiempo, provocándome cólicos esporádicos, causa por la que, tras una ecografía y una placa o radiografía que me hicieron en el Hospital Militar de Burgos, adonde acudí a pasar tribunal, este me declaró exento, y me libré de seguir cumpliendo el servicio militar obligatorio, la mili (acudí al Centro de Instrucción de Reclutas, CIR, de Araca, en Vitoria, pero solo estuve allí de jueves a martes, seis días y cinco noches, unas vacaciones cortas; incluso presté un servicio, plantón de aseos: cuidé de que nadie se llevara, como si eso fuera coser y cantar, los lavabos y las tazas chatas de los baños).

Los dos párrafos precedentes vienen a cuento o me sirven para deducir o inferir de ellos dos verdades incontrovertibles, apodícticas: una, que sé más de Medicina por los numerosos problemas de salud que he padecido, o sea, por lo que he asimilado como paciente, que por lo que aprendí en la facultad; y dos, pero no menos importante, que, si no hubiera sido por el excelente trabajo realizado en mi cuerpo por un elenco selecto de médicos, facultativos, cirujanos y especialistas, que me intervinieron en los diferentes quirófanos y trataron, hace muchos años que este menda, agradecido hasta el infinito, estaría, seguramente, criando malvas; ergo, sinceramente, de todo corazón, ¡gracias!, ¡muchas gracias!

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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