DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
LOS BUENOS GESTOS HAY QUE PREGONARLOS
Falsedad, Fantasía y Ficción, las tres hijas, tres, que alumbró Mentira, quedaron prendadas de los tres hijos, tres, que dio a luz Belleza, con quienes se ennoviaron, a los que cortejaron y fueron agasajadas por ellos y con los que se casaron. Los hijos de esas tres parejas brindaron apoyo y validez a la tesis que formuló John Keats, de que “la belleza es verdad y la verdad es belleza: eso es todo lo que necesitas saber en la Tierra”, contribuyeron a mantener en vigor esa idea en sus urdiduras (o “urdiblandas”), en sus textos (en prosa y verso), que acarrearon mil y una verdades, entreveradas de otras tantas patrañas. Yo, Otramotro, lector avezado, reconozco, sin rodeos, que soy uno de esos hijos. Puede que tú, atento y desocupado lector (bien seas o te sientas ella, bien seas o te sientas él) de estos renglones torcidos, también lo seas, pero, por una razón que todavía no te ha sido revelada, aún no te consta.
Entre quienes me conocen en persona y me leen a diario, el grueso, una inmensa mayoría, saben, a ciencia cierta, de manera fehaciente, que yo miento en mis creaciones literarias, desde luego (esto no admite refutación posible), pero, a veces, es tan poco lo que no es “incondicionalmente cierto, necesariamente válido”, que es la definición que da el Diccionario de la lengua española del vocablo “apodíctico”, que toman el conjunto, el todo, por tal. Y unas veces, evidentemente, yerran, y otras dan de lleno en el blanco o centro de la diana. Este texto, verbigracia, es uno de los susodichos, fetén, de cabo a rabo.
Como saben las personas que se vieron implicadas en el proceso, el viernes pasado, primer día del mes de abril, que, haciendo caso y honor al dicho español, en Tudela, al menos, llovió (no a cántaros, o sea, no lo hicieron lluvias mil, pero cayó aguanieve y, a ratos, granizo fino, menudo, que el marido de mi prima Manuela Mayor, “Manoli”, y deudo, por afinidad, Manolo Bea, nombró “anisetes” —había bajado a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda” por la mañana y no llovía, pero hice caso a los meteorólogos, ellas y ellos, que no fallan o marran menos que antes en sus previsiones, y me agencié el paraguas, por si acaso, esto es, caían chuzos de punta; cuando salí del Palacio del Marqués de Huarte, sede del archivo y de la biblioteca municipal de Tudela, sita en el número 14 de la tudelana calle Herrerías, y encaminé mis pasos hacia el barrio de Lourdes, donde tengo mi choza, lo tuve que abrir y sostener con mi diestra, para resguardarme de cuanto caía—), por ejemplo, es innegable que tuve que cambiar de frigorífico. Me despedí de un Balay, que me hizo la vida más grata y llevadera durante una docena de años, pero que dejó de funcionar (¿tiene, de verdad, la culpa de ello la obsolescencia programada?; eso es lo que parece, si uno se atiene a lo que a su alrededor perece); y adquirí un Corberó (menciono las marcas por si algún directivo, hembra o varón, de las citadas fábricas de electrodomésticos, sabiendo que este menda recibe una pensión magra, pues esta no llega a los ochocientos euros al mes —ya sé, ya, que otros pensionistas cobran menos, pero ¿cuántos cobran el doble y aun el triple?—, favorezcan o propicien la vigencia del latinajo “do ut des”, te doy para que me des, sí, del publicito sus artículos para que yo reciba, a cambio, una compensación dineraria, un cheque al portador o acaso otro artículo de dichas marcas como dádiva, si la primera opción es rechazada).
Por abreviar, solo contaré aquí lo precipuo de cuanto aconteció. A las cinco y media pasadas de la tarde, hora taurina, hizo el paseíllo, en bicicleta, Carlos, que, in illo tempore, vivió, junto con sus padres y hermanos, en el piso de arriba (está claro, cristalino, que, con el transcurso del tiempo, todo degenera, salvo las buenas obras, las gestas, que siguen ahora tan lozanas como otrora; y para quienes me leen con asiduidad, Carlos, entre otras quince o veinte personas, esta breve referencia les basta para entenderme), me atendió en la tienda “Elektra” estupendamente, como siempre, y me aseveró que si un amigo suyo, de Murchante, que le hacía los portes, podía, en apenas unas horas me daría plena satisfacción a mi perentoria necesidad. Como así sucedió. Durante toda la tarde del viernes estuve atareado con el asunto del dichoso (pues ese era mi deseo, que fuera fuente de dicha) frigorífico. A las ocho y cuarto, según el reloj de pared de mi cocina, que va nueve minutos adelantado, como me dijo Carlos que haría, lo enchufé, lo puse en marcha. Ahora, que es la una de la madrugada del domingo, cuando redacto estas líneas a bolígrafo con el proverbial BIC azul (directivo, ¿te acordarás de quién publicita que tu BIC cristal escribe normal?), funciona a las mil maravillas.
Encima del Corberó, recién estrenado, obra el cerdo de madera que, durante una docena de años, estuvo sobre el Balay (he vuelto a citar las dos marcas de marras, por si no habían hecho las suficientes fuerza y presión la sencilla o singular mención de las tales; que sea dual o plural, para ver si consiguen derribar los obstáculos que aún permanecieran en pie, dificultando o impidiendo que los generosos demostraran que lo eran y lo siguen siendo.
Por si el atento y desocupado lector (le ahorro y dejo en el tintero lo que suelo colocar en el habitual paréntesis que le sigue el rastro, según es mi costumbre) no entiende que haya mentado aquí el cerdo de madera, le echo una mano y confío, deseo y espero sacarlo de dudas. La realidad, cuanto me ocurre, es un cerdo, del que se predica que debe aprovecharse todo, hasta sus andares. Pues eso.
Y, como afirma el dicho con razón, hoy le agradezco a Carlos Obregón su de ánimo eficaz disposición: de bien nacido es ser agradecido.
Si, de verdad, existe el cielo, Carlos, seguro que Lucía e Iluminada, nuestras progenitoras respectivas, sonríen sin decirse apenas nada. Los buenos gestos hay que pregonarlos.
Ángel Sáez García