MIS ALUMNOS UN LUNES APRENDIERON
LO PRINCIPAL, PRECIPUO O PRIORITARIO
El sábado 14 de mayo de 2022, en la página 51 de EL PAÍS, apareció publicado el artículo rotulado “Soledades”, bajo la firma de su autor, Carlos Boyero. En el segundo párrafo de dicha columna su hacedor aseveraba que en una farmacia había leído un cartel que decía así: “Si eres una persona mayor y te sientes sola, o conoces a una persona mayor que se siente sola, llámanos (supongo que, al final de las palabras que contenía dicho texto, aparecía un número de teléfono para contactar, pero el autor no lo da; cada quien podrá especular al respecto, aunque aventuro que de la suma total habrá una razón mayoritaria, intuyo). Nuestro equipo de voluntarios está deseando escucharte”. Al hacedor, a Carlos, le conmovió este hecho empático, solidario, este gesto, casi una gesta. Colijo que Boyero tiene buen corazón, pero ¿qué cabría esperar o pensar si el artífice del mismo no lo tuviera tan parecido al del hacedor, sino malo, peor, pésimo? Ese mismo día, durante la siesta, soñé que era profesor de Historia de la Filosofía, y en el breve contenido de ese cartel advertí enjundia bastante para que mis alumnos se devanaran los sesos, buscando, además de la notoria y pública perspectiva altruista del ofrecimiento, salutífera, sanadora, la nociva, la perniciosa, a fin de complementar o completar, dada la condición dualista y/o duelista de los observadores o espectadores de la realidad, claramente maniquea, la visión del asunto.
El lunes siguiente, 16 de mayo, fecha en la que, por cierto, cumplió años mi dilecta sobrina Natalia, a quien felicité y regalé lo acostumbrado o proverbial, soñé, mientras sesteaba, que proponía a mis discípulos cambiar la dinámica o mecánica habitual de la clase, la impartición de una lección y su correspondiente explicación, que me competía coronar a mí, su profesor, servidor, por un debate o un examen sorpresa. Tras la pertinente, preceptiva y democrática votación, a mano alzada, la propuesta que recibió más apoyos o brazos levantados, mayoritaria, fue la esperada y lógica, el debate, pues no hay cosa que más deteste u odie un educando español que un examen inopinado (esa es, al menos, la conclusión asidua que yo he sacado, mientras estaba en los mullidos brazos de Hipnos, después de treinta y tantos años de labor docente).
El debate consistió en dar razones de peso para apoyar dicha iniciativa o para rechazarla. Abundaron los alumnos que adujeron argumentos humanitarios para secundarla y hasta para promoverla (y, tras la diuturna pandemia, que, aunque muchos lo crean así, a pies juntillas, que ha pasado, aún no ha sido vencida, es más, los casos vuelven a repuntar en varias Comunidades Autónomas, con más y mayor motivo), qué buen fondo tienen mis discípulos (semejante al de Boyero), pero no faltaron los doblemente prudentes o bisensatos, los apegados a la realidad del día a día, a la rabiosa actualidad, que, conscientes de los abusos y desmanes que habían trascendido en el barrio, y habían sufrido en su inmensa mayoría personas de la tercera edad, ancianos, refirieron la obligación moral de cerciorarse, previa y preventivamente, de las verdaderas intenciones del personal voluntario y comprobar su idoneidad (con las debidas medidas precautorias), de manera fehaciente, para evitar desgracias y lamentables faltas de juicio.
Al acabar la clase, constaté que había hecho mella en más de media docena de educandos, es decir, siete u ocho habían reservado una hornacina del templo de su mente laica para cobijar la famosa y proverbial frase de José Ortega y Gasset, que dice de esta guisa: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no la salvo yo”. Mis alumnos habían aprendido lo precipuo, prioritario o principal, que, si no salvaban de los posibles peligros o riesgos que corrían a los ancianos que solicitaran ser escuchados, ellos, indefectiblemente, se condenarían. Buen juicio.
Ángel Sáez García