El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Isabel, con quien sueño, es pelirroja

ISABEL, CON QUIEN SUEÑO, ES PELIRROJA

¿ELCOLOR DE SU PUBIS LO ATESTIGUA?

Me parece que, últimamente, en mis sueños no me (com)porto bien, todo lo bien que debiera, con Iris. Mi musa tinerfeña (está claro, cristalino, que un aspecto o matiz concreto que le atañe, que cada día que pasa sin saber nada de ella, contribuye a debilitarla un ápice o pizca más) se ha hecho acreedora de una actitud por mi parte más exquisita y generosa o menos cicatera. Ella ha sido, si no crucial, fundamental en mi existencia (real y literaria), así que me siento profundamente decepcionado conmigo mismo, de veras. Ciertamente, que ella me diera una calabaza y otra y otra… tras otra, en diversos momentos de mi vigilia (estando despierto, en vela, he conseguido amontonar tal pila de reveses que he asimilado, a machamartillo, qué significa la expresión verbal coloquial “estar/quedarse a dos velas”), no considero que sea motivo o razón bastante para que yo la trate (mientras ando descansando en los mullidos brazos de Hipnos, pero sin parar de hacer diabluras oníricas por doquier, mera manera de compensar las que no culmino en la vida normal, conjeturo, supongo) tan mal, pues la maltrato; no físicamente, pero sí por la vertiente anímica, desde el punto de vista intelectual. El otro día, verbigracia, soñé que la dejaba en feo en la inauguración de una exposición de pintura, a la que habíamos acudido ambos, por no haber estado a la altura de las circunstancias, al ignorar que quien había dicho y dejado escrito en letras de molde que en esta vida había que elegir entre estas dos opciones precisas (como si no hubiera un sinfín de dilemas): “descansar o ser libres”, había sido el que es reputado (por una legión de expertos en la materia) padre de la historiografía científica, el historiador y militar ateniense Tucídides, autor de la “Historia de la guerra del Peloponeso”. Y ella, intentando hacer una gracia o tomarme impunemente el pelo, profirió esto: “¿Acaso tú decides qué debo o no tengo que decir?”.

En el último, hodierno, pues sigo soñando regularmente con ella, ha pasado olímpicamente, en otra reunión social, de mí; sin saludarme, ni darme el habitual abrazo (ergo, menos aún, los dos ósculos asiduos, de rigor, en los carrillos). Había hablado, previamente, con el anfitrión y este, amigo íntimo, siguiendo mi recomendación, había ordenado al chef que cortara varios huesos de espinazo con un cuchillo (el propósito era desafilarlo) y que me lo reservara para cuando se lo solicitara, pues pensaba usarlo para, una vez hubiera logrado hacer con Iris una gran pieza de embutido, cual morcilla o mortadela, proceder a seccionarla en pequeñas rodajas, sí, con el cuchillo susodicho, bien desafilado, a fin de que la aún superviviente, a pesar de los numerosos cortes hechos, sufriera todavía más por los nuevos, que le aguardaban.

Puede que todo se deba a que hoy, por fin, parece ser que ya la he conseguido mudar o mutar por Isabel y, aunque la sustituta no tiene aún, no, el rostro perfilado (como yo no tengo ninguna prisa, continuaré dándole tiempo al tiempo; así que ya lo tendrá cuando el hecho, una de dos, sea urgente o necesario), a mí me sirve para no tener que depender del cuerpazo, un bombón, de Iris; y eso para mí es útil y me basta por ahora.

Admito que no conozco a ninguna fémina que se llame Isabel y sea pelirroja, pero la Isabel con la que sueño sí que me consta que tiene el pendejo de dicho color, calabaza. Igual todo está interrelacionado y dicho color es una simple consecuencia lógica de la serie interminable de calabazas que me dio Iris o yo lo identifico con lo que aún no he podido alcanzar y es una sensación contraria u opuesta a la impresión que dejó en mí el color del incesante rosario de calabazas que me obsequió mi (cada día que pasa) más debilitada musa tinerfeña.

Además de tener el color calabaza, el pendejo de Isabel es fino como la seda. Y a mí me agrada sobremanera y da un morbo especial, por ejemplo, pasar los carrillos recién afeitados de mi cara por la sedosa mata de su pubis.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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