CON UN ANIMAL HÍBRIDO HE SOÑADO
ENTRE RINOCERONTE Y UNICORNIO
Aunque el grueso de los lectores (ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos) de este texto aún recuerde, si no fielmente, al menos sí grosso modo, las tres referencias o apuntes que haré a continuación, me he decantado por que aparecieran aquí de nuevo para que a los que hoy no les consten las/os tales, por no haberlas/os leído o haberlas/os olvidado, lo hagan sin falta o una vez más.
Antonio Machado en su “Juan de Mairena (sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo)” (cuya primera edición es de 1936) dejó escrito en letras de molde lo siguiente (cito según la edición de Austral, 1973):
Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Sólo (sic; así aparece escrito, pero, por sumo respeto intelectual, aunque disienta de la tilde, así queda) con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea.
Esto no quiere decir que la crítica malévola no coincida más de una vez con el fracaso de una intención artística. ¡Cuántas veces hemos visto una comedia mala sañudamente lapidada por una crítica mucho peor que la comedia!… ¿Ha comprendido usted, señor Martínez?
Martínez.―Creo que sí.
Mairena.―¿Podría usted resumir lo dicho en pocas palabras?
Martínez.―Que no conviene confundir la crítica con las malas tripas.
Mairena.―Exactamente.
El escritor argentino Julio Cortázar, en “El perseguidor” (1959), cuento largo que habré releído no menos de media decena o docena de veces, escribió en dicha narración unos renglones por los que tengo un aprecio, cariño o pasión especial, razón suficiente para que hiciera el esfuerzo de aprendérmelos de memoria, estos:
(…) Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo… (…).
En “El olor de la guayaba” (1982), rótulo de un libro conformado a partir de las diversas y dilatadas conversaciones que el escritor y periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza mantuvo, a lo ancho y a lo largo del tiempo, con su amigo y compatriota “Gabo”, Gabriel García Márquez, insigne gerifalte del “realismo mágico” y, como lógico y natural corolario, adalid del boom de la novela hispanoamericana, que se había hecho digno merecedor del máximo galardón literario mundial, que concede anualmente la Academia Sueca, el Premio Nobel de Literatura de 1982, el mentado entrevistador, Plinio Apuleyo, le hace a su dilecto colega la siguiente consideración, seguida de la formulación de la legítima, oportuna y subsiguiente pregunta:
—Siempre hablas con mucha ironía de los críticos. ¿Por qué te disgustan tanto?
A dicha cuestión el célebre autor de “Cien años de soledad” (1967) y “El amor en los tiempos del cólera” (1985), entre otras obras, contestó esto:
—Porque en general, con una investidura de pontífices, y sin darse cuenta de que una novela como Cien años de soledad carece por completo de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que sólo (sic; ídem) ellos pueden descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías. Recuerdo, por ejemplo, que algún crítico creyó descubrir claves importantes de la novela al encontrarse con que un personaje, Gabriel, se lleva a París las obras completas de Rabelais. A partir de este hallazgo todas las desmesuras y todos los excesos pantagruélicos de los personajes se explicarían, según él, por esta influencia literaria. En realidad, aquella alusión a Rabelais fue puesta por mí como una cáscara de banano que muchos críticos pisaron.
Todo lo anterior viene a cuento de lo que continúa. Esta mañana, en el último sueño que he tenido, breves momentos antes de despertarme (así lo he vivido), he visto cómo un animal fantástico, una mera fusión o confusión de rinoceronte y unicornio, de color ceniza, me perseguía con la aviesa intención de embestirme. Lo he identificado con el deseo unamuniano de creer, que viaja conmigo desde que leí su novela/nivola “San Manuel Bueno, mártir” (1931) y el resto de las obras del rector salmantino, y/o con la muerte (de mi credo, al haber reconocido varias veces, durante los últimos días, mi imponente y formidable ateísmo). Al principio, pensé que me hallaba fuera del recorrido de un encierro (acaso no haya marrado tanto en mi intuición, pues solo una letra diferencia una voz de otra, entierro), pero he comprobado que, en lugar de los maderos y tablones característicos, favorecedores de la doble barrera de seguridad, había bancos (con reclinatorios posteriores), los habituales en una iglesia católica. El animal falso, imaginario, exhibía un solo cuerno en el centro de su testuz, como los dos animales mentados, el real y el ficticio o fingido, que han contribuido a su creación. La gente que ocupaba los bancos ha salido despavorida, como yo, cuando, de forma inopinada, ha hecho su aparición allí, dentro de la iglesia, el enfurecido animal. No sé cómo lo he hecho, pero he logrado subirme a una atalaya de madera, ¿segura?, a la que no paraba de acometer el animal, al que he dado en llamar súcubo, como se conoce al demonio con apariencia de mujer que tiene trato carnal con un varón.
Que, desde que el mundo es (in)mundo, la tercera ley de la dinámica newtoniana o el principio de acción y reacción existió, existe y existirá es un hecho irrefutable y hoy, según me consta, nadie (en su sano juicio) lo pone en duda. ¿Este precepto se halla indefectible e inexorablemente detrás de mi sueño más reciente, el postrero? Estudiemos, de manera concienzuda, el proceso y luego decidamos con conocimiento de causa. Acaso el sueño referido esté relacionado o tenga que ver con la décima que escribí hace tiempo y titulé así, “Los críticos me dan grima”, y subtitulé de esta guisa, “Sobre todo, los creídos/seguros”, que publiqué aquí, en mi bitácora de Periodista Digital, hace pocas fechas. Acaso me haya sentido interpelado por el obispo, a quien he identificado como la fusión o confusión de rinoceronte (párroco) y unicornio (papa o pontífice), durante su homilía. Dicha voz, como se sabe, procede del mismo vocablo latino y este del griego, que significa reunión, y en la liturgia católica hace referencia al sermón que el oficiante o sacerdote dirige a los fieles creyentes para exponer el sentido de los textos bíblicos leídos previamente.
Puede que le sirva de ayuda para entender o contribuya a inteligir al lector (hembra o varón) de estos renglones torcidos el breve apunte que sigue. Desde que murió mi madre, Iluminada, que les ofrecía misa todos los 25 de mes a mi hermano, José Javier, y a mi padre, Eusebio, finados, yo sigo, tras brindarme a prestarle u ofrecerle mi cuerpo para que ella pudiera continuar con dicho menester y, por ende, seguir dicha costumbre, con la misma tradición, y acudo, siempre que puedo, los días 25 de cada mes a participar de la mentada (que no lamentable) eucaristía.
Ángel Sáez García