El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En Navarrete yo hice mis pinitos

EN NAVARRETE YO HICE MIS PINITOS

Cada uno de nosotros, cada uno de los heterónimos que acarrea servidor y siguen a quien encabeza y guía al conjunto o grupo que conformamos, Otramotro; y cada uno de vosotros, atentos, desocupados y posibles lectores de nuestras urdiduras o “urdiblandas”, ha constatado alguna vez, de manera fehaciente, que sigue vigente ese adagio que se encargó, encarga y encargará de airear el cierzo (al que en Salamanca, en una de las dos ocasiones en que estuve allí, no sabría decir, a ciencia cierta, si eso sucedió en la primera, cuando acompañé a Javier Sanz y a su hermana, o la segunda, que hice lo propio con mi hermano Eusebio, escuché a un lugareño aseverar lo obvio para él y sus conciudadanos, que allí llaman al susodicho cencio) y encierra esta verdad, que en el valle de lágrimas que es nuestro peregrinaje por la vida, aunque parezca mentira, se hacen realidad una buena parte de nuestros sueños. Muchos de ellos se fraguaron en nuestra adolescencia, aunque entonces no hubiera allí, donde nos halláramos, ni herrería ni metal que forjar, sino una idea, plan o proyecto (o varios, escrito así, separado, no todo junto) que podrían prosperar, progresar adecuadamente y, a la postre, cuajar, si quien los pergeñó era constante, perseverante, y no se venía abajo, cual castillo de naipes, al primer aprieto o brete, temblor o soplido, a la primera dificultad o valla, vaya, que se presentara, y permanecía fiel a su propósito original y firme en su DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio (trío imprescindible para alcanzar un triunfo inapelable, si abundamos en la tesis que adujo otrora Mohandas Karamchand Gandhi, “Mahatma”: “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”); incluso, aunque en el proceso, largo o corto, estos sufrieran una o varias metamorfosis.

Tengo claro, cristalino, que el hontanar, ese lugar donde brotaban fuentes y manantiales de ideas a cada paso, por doquier, en cuyas aguas aprendí a saciar mi sed de arte y ciencia, tiene un nombre concreto y correcto, Navarrete. Allí, en aquel inolvidable seminario menor, en el que este navarro, servidor, fue inmensa e intensamente feliz, tengo la sensación refractaria de que, tras célere y oportuna transformación, yo, a la sazón, un diamante en bruto, sin pulir, con la inestimable ayuda de mis inmejorables educadores, los religiosos camilos, estupendos escultores, “pigmaliones” o talladores, que me aleccionaron, desasnaron y/o limaron mis muchas asperezas, devine en el aprendiz de ruiseñor y de escribidor que soy. Allí di mis primeros pasos para extraerle al saber todo su sabor; allí hice mis pinitos.

Y si hoy hay algo que me molesta sobremanera es no tener ni poder disponer de esos materiales, de esos textos que otrora llevaban y aún portan mi firma. Creo, a pies juntillas, sin un ápice o pizca de vanidad, que fueron cruciales y fundamentales para mi crecimiento personal y mi formación académica el latín y el ajedrez, cuyos rudimentos adquirí y asimilé allí. Ambos, por separado o juntos, al alimón, contribuyeron, de forma decisiva, a estructurar mi capacidad de razonamiento, que no miento, y a que mi mente solo imaginara lo plausible, lo posible, es decir, qué podría llegar a ser en un futuro, más cercano o más alejado en el tiempo, esperar o suceder.

Antaño y hogaño siento que soy fiel a mí mismo, puro, cuando mezclo y me entremezclo con mis semejantes; y, si alguien no lo entiende, le recomiendo encarecidamente que eche un vistazo raudo a su alrededor, mire y se percate de cuanto hay y halla ante sus ojos. Lo comprenderá ipso facto. Siempre que me preguntan por cuál es la filosofía que sigo, respondo, con leves variaciones, lo mismo, que soy ecléctico, no hipócrita, y a mucha honra. A quien no haya sido nunca sincrético, si es que queda por ahí alguien que, cual can azul o verde, no lo haya sido jamás, que lo dudo, le vaticino, aunque este menda no sea ni haya fungido en ninguna parte de augur, que antes o después lo será. Demos tiempo al tiempo y lo ratificaremos.

Reconozco, sin ambages, que la razón de la sinrazón es, a veces, una potente tentación y, por ende, mi imponente razón de ser. Como dejó escrito en letras de molde Oscar Wilde en “El retrato de Dorian Gray”: “La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal”. Cómo no dejar constancia de ello aquí, cuando he comprobado hasta la saciedad, una y mil veces, que solo la locura lo cura todo. Cuando te ríes de los monstruos que has creado, te quedas tan campante, en la gloria; puede que tan dichoso como en tu edén en el planeta Tierra, Navarrete.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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