TODO DEPENDE DEL CRITERIO USADO
Ayer, lunes 9 de enero, por la mañana, a los pocos minutos de llegar a la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, sita en la tudelana calle Herrerías, y saludar a la responsable o encargada de turno, Pilar, leí el correo electrónico que me había remitido el pasado viernes 6, por la tarde, fiesta de la Epifanía, a la dirección de correo que más uso en Gmail, mi esporádica comunicante Isabel Lesbia Belisa (te recomiendo encarecidamente a ti, la susodicha, que has optado por adjudicarte el doble anagrama de Lesbia, supuesto nombre poético de la amada del poeta latino Catulo, que aparece en sus “Carmina Selecta”, uno más moderno que el otro, que lo que no quieras ver publicado en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, no lo escribas —y/o si haces tal cosa, no me lo mandes—, porque yo, como ya te debe constar por tus experiencias previas, no le hago ascos a nada, o sea, que lo casco todo), que dice así:
“Dilecto Otramotro:
“Si algún día acabo la carrera de Filosofía y Letras (Filología Hispánica), que tú terminaste con media de notable (he hecho las oportunas averiguaciones y esa es la conclusión inapelable a la que he llegado), en la Universidad de Zaragoza, y tuviera ganas de doctorarme, me gustaría hacerlo sobre una tesis que versara en torno al uso que haces de la nostalgia en muchos de tus textos literarios, pues esa es, sin hesitación, una de tus principales fuentes de inspiración, junto con la realidad pura y dura del día a día, que para ti es, como lo era el cerdo para las familias de los pueblos de la posguerra, el animal del que se aprovechaba todo, hasta sus andares.
“Te agradecería sobremanera, siempre que se cumpliera la prótasis de la oración condicional que encabeza el párrafo anterior, que me dieras un ‘empujoncito’ (no me refiero, claro está, parecido o similar al que le pide Pío Coronado que le dé a don Rodrigo de Arista Potestad, conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polán, papeles interpretados, de manera magistral e inmejorable, por Rafael Alonso y Fernando Fernán Gómez, en la película ‘El abuelo’, 1998, dirigida por José Luis Garci, esto es, luctuoso o fatal, terminativo o definitivo) estimulante, incitador, para que pudiera coronar cum laude dicho plan o propósito.
“Dándote de antemano las gracias, te desea feliz año 2023 y se despide tu fiel lectora,
“Isabel Lesbia Belisa”.
Sin tener a mi vera, a la vista, el báculo de mi libreta negra o de mi sucio o borrador, le he contestado a Isabel lo siguiente:
Dilecta Isabel y dos anagramas de dicho nombre femenino de pila:
La media tiene que ver con la varilla u opción que se elija del amplio abanico que conforman los posibles criterios habidos y por haber que puedan usarse. Te pondré dos ejemplos de dos asignaturas de quinto y último año de carrera; en Literatura Española del siglo XX el profesor José-Carlos Mainer Baqué me puso en los dos exámenes parciales sendos seises; fui a protestarle a su despacho en las dos oportunidades, por entender servidor que merecía más nota, pero los argumentos o razones que esgrimí no le convencieron ni en la primera ni en la segunda ocasión. En la asignatura de Literatura Española del siglo XVIII, que me presenté, a petición propia, por tribunal (lo propio hizo más de un centenar de compañeros) la presidenta del susodicho, la doctora María Jesús Lacarra, calificó mi examen con un 8; en el largo listado de calificaciones solo había otro 8, la nota máxima en aquella convocatoria. En la primera nota (en letra) aparece en mi expediente académico un suficiente y en la segunda un notable.
Ahora bien, si adjudicamos al notable un 7 y al suficiente un 5, no llego, por poco, al 7 de media. Si atribuimos al notable un 7.5 y al suficiente un 5.5, supero el 7.
Te pondré otro ejemplo clarificador, que, si la memoria no me juega ahora una mala pasada, se lo puso un maestro a mi primo Miguel, siendo este un crío, y él, que no lo había olvidado, me lo puso y expuso, a su vez, a mí, para que tampoco cayera en saco roto. Me dijo que él contaba veinte con los solos cinco dedos de su diestra, sin necesitar reiteración ni insistencia. Como yo le argüí que eso era meramente imposible, me brindó la misma añagaza, subterfugio o treta que le había suministrado su docente a él, esta sui géneris solución. Y lo hizo yendo del meñique al pulgar, de menor a mayor, así: cuchillito, navajita, aguardiente, diecinueve y veinte. ¡Chúpate esa!
Como te consta o debería de constarte (ergo, no costarte entender) el ser humano es el único animal sobre la faz del planeta Tierra que goza del don, la facultad o virtud de añorar, verbo que denota una emoción compleja, acaso completa, ya que es agridulce. Agrio, al darse cuenta o comprobar el paso del tiempo y que este no lo ha aprovechado como tendría que haberlo hecho, a fin de sacarle todo el jugo, que es lo dulce para él, cuando lo logra. La pena es evidente, porque el tiempo, aunque nosotros podamos dar saltos hacia atrás y hacia delante, desde el presente, recordando nuestro pasado o augurando nuestro porvenir, el tiempo siempre sigue su curso en la misma dirección, como las aguas del cauce de un río. Y, en algunos tramos, este corre y hasta huye (las expresiones latinas tempus currit ut volet, el tiempo corre tanto que vuela; o tempus fugit, el tiempo huye; vienen a abundar en dicha idea) cuando fluye; pero el placer también es notorio, al rememorar los hechos, las personas, los pensamientos y los sentimientos pretéritos.
Verbigracia, no tiene nada malo recordar aquellas listas de primeras sílabas de palabras de las originales reglas de ortografía que salieron del magín del religioso camilo Pedro María Piérola García (como me confesó, en cierta conversación telefónica, Jesús Arteaga Romero, otro camilo inmarcesible; aquellas reglas tenían más virtudes que defectos, según mi parecer actual, que he ido consolidando poco a poco, paulatinamente), que no pretendían luchar o pugnar contra las canónicas, que llevaban el visto bueno de la RAE, sino solo servir de apoyo, ser fautoras, complementarlas sin pretender completarlas.
Podemos recrearnos en aquellas anécdotas, si nos sirven para alumbrar algo nuevo, a partir de ellas, y más, sabiendo que nuestros recuerdos no son tan fieles como damos por supuesto que lo son. Yo, por ejemplo, hubiera jurado, antes de volver a ver la cinta “El abuelo”, recientemente, que Jerusa se escribía con ge, por haber creído recordar que había visto escrito ese nombre así en la estación ferroviaria de dicha localidad, no con jota, pero el marrado era yo, tras comprobar, de manera fidedigna, mi yerro.
La nostalgia reflexiva es positiva para el estado de ánimo, para la salud total (del cuerpo y del espíritu). Además, ese baluarte afectivo suele devenir en fortaleza psicológica.
Está claro, cristalino, que cualquier tiempo pasado no fue siempre mejor, pero los tres años que pasé en Navarrete, educado y formado como persona por los religiosos camilos, fueron fundamentales en mi vida. Allí ellos espabilaron mis dones y estos, tras gatear un tiempo, decidieron lo conveniente, primero, echar a andar y, luego, a volar.
Ángel Sáez García