QUIEN LA REALIDAD CONTEMPLA ATENTO
ADMIRA LA VERDAD, UN MONUMENTO
Hay quienes dicen (y repiten hasta hartar, por el machacón exceso) que el hombre (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) es un animal de costumbres. Quienes propalan dicho aserto propagan y difunden una verdad. Yo, lo reconozco sin ambages, lo fui, lo soy y (si no echo en saco roto mi experiencia previa, me veo empujado o impelido a afirmar que) lo seré; así que no voy a ponerme ahora a contradecir lo que muchas féminas y otros tantos varones airearon, airean y airearán con conocimiento de causa, por la sencilla razón de peso de que basta con haber vivido un puñado de años para haber reparado en el hecho, o sea, haberse dado cuenta de que es o resulta una evidente pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero intentar objetar la fetén.
En Zaragoza, estando interno en la casa de los religiosos Camilos, en el bloque Octavo del número 162 del Camino de la Mosquetera (hoy, Vía Hispanidad), mientras estudié los tres cursos del Bachillerato Unificado Polivalente (BUP) en el seminario metropolitano y el Curso de Orientación Universitaria (COU) en el colegio “Enrique de Ossó” (las Teresianas), salvo las lógicas excepciones, cada domingo acudía a casa de mis tíos José y María, les acompañaba a misa (en la iglesia parroquial de San Braulio, sita en la calle Corona de Aragón, aunque yo ya la había oído en la capilla de los Camilos), tomaba el vermú (un mosto con oliva) en un bar cercano al edificio donde tenían el piso mis deudos y comía con ellos. Al acabar, tras despedirme de mi tía, acompañaba a mi tío al bar para tomar café (él) y jugar una partida de guiñote por parejas (él) con las personas habituales. El bar, si no recuerdo mal, hacía esquina con las calles Franco y López y San Juan Bosco, y se llamaba “Montesol”. Llegada la hora de la despedida, le estampaba un par de besos en los carrillos a mi tío y él siempre me daba un billete de cien pesetas.
Mi tío José (a quien en el pueblo riojano donde nació, Cabretón, todos le llamaban o se referían a él por su mote, “Chato”), que solía ciscarse, cuando se enfadaba, en “la madre Juana” (jamás le pregunté a quién aludía; quizá, por ser este el motivo que servidor barruntaba, que hasta él mismo ignoraba ese dato preciso, concreto), fue, sin duda, una buena y gran persona, aunque haya una legión de congéneres o semejantes míos que nieguen la existencia de una tal entre nosotros, los seres humanos. Y que conste en acta que les entiendo, cuando arguyen que nunca hubo, ni hay, ni habrá, mientras el mundo siga siendo inmundo, una sola persona impecable (salvo que se trate de una ironía) sobre la faz del planeta Tierra que merezca portar el cartel de “buena y gran persona”.
Mi tío “Chato”, pocos días antes de que mi piadoso padre, Eusebio, falleciera, decidió desplazarse desde Zaragoza a la capital de la Ribera de Navarra, Tudela, para ver a mi progenitor, por última vez, vivo, consciente de que la vela de su vida se consumía irremediablemente. Recuerdo que aquel día, como solía (era su costumbre inveterada), vino bien vestido, con traje, y bien acicalado y peinado, como era proverbial en él salir de casa, hecho un pincel.
Mi madre, Iluminada, agradecida por la visita, tras despedirse en la puerta de casa de su hermano, como sabía que yo le había comentado, mientras comíamos, que lo acompañaría a la estación ferroviaria, me dijo lo que yo había pensado y previsto hacer, pagarle a mi tío el billete de vuelta. Así que, nada más llegar a la estación de Renfe, acudí a la taquilla, a adquirir el correspondiente billete de regreso a la capital maña de mi tío, y le acompañé al bar para que se tomara, sin prisa, porque disponíamos de tiempo suficiente, un café, al que, por supuesto, también le invité.
Mi tío “Chato” recordó, mientras degustaba el café, aquellos dos días que mi padre (ejerciendo el abajo firmante de su ayudante) necesitó para colocar el parqué del suelo del piso de mis tíos, cuando, tras comentarles este menda a los religiosos Camilos que no tenía intención de seguir en la Orden, me vi obligado a irme a casa de mis deudos para prepararme los exámenes de Selectividad, al decidir ellos que tenía que dejar la habitación que ocupaba en el bloque Octavo mencionado.
Puede que el suceso al que acabo de referirme fuera el único feo que, sensu stricto, me hicieron, en los siete años que conviví y pasé entre ellos, los generosos (en varios sentidos) religiosos Camilos, a quienes siempre les estaré agradecido. Si mil, cifra redonda que había pensado usar, es un número excesivo de muestras hechas de agradecimiento (por mi parte), acaso le cuadre más este otro adjetivo inconcreto: muchas.
Ángel Sáez García