El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No he olvidado los labios de Sofía

NO HE OLVIDADO LOS LABIOS DE SOFÍA

NI EL DISTINTO TEMBLOR DE LA MUCHACHA

Ayer, siguiendo una insistente recomendación, que me hizo mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, pues las suyas y de ese jaez suelen ser mano de santo, fui a confesarme a la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, porque no había conseguido olvidar (ya que eso acaso fuera, además de un esfuerzo baldío, un imposible) los labios trémulos de una muchacha, Sofía.

Entré en la iglesia, me senté en uno de los últimos bancos de la izquierda y, cuando comprobé que había quedado libre el confesionario de la derecha, me acerqué, me postré en el reclinatorio, y entonces dudé si todavía se decía eso de Ave María Purísima. Lo dije:

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida —me replicó el sacerdote.

—He venido, padre, después de llevar un montón de años sin confesarme, porque un hecho me está martirizando desde hace meses. Recuerdo que el suceso ocurrió un domingo, porque, estando en el salón de la casa de los padres de la adolescente, tras salir airosos del incidente, su padre, Raúl, no el suyo, de usted, sino el de la adolescente, Sofía, abogado penalista en ejercicio, comentó que él no había sacado esa tarde a Frívola, la mascota de la familia, una caniche, porque se había quedado en el despacho, repasando el caso más complicado o difícil, de los dos que tenía que defender al día siguiente, lunes, en la sede de los juzgados de Algaso.

Alrededor de las ocho y media de la noche, tras cenar, fregar, secar lo fregado, poca cosa, recoger la cocina, lavarme los dientes y abrigarme, ya que en la calle rondarían los dos grados centígrados, como mucho, siguiendo un hábito arraigado en mí, salí a callejear; otrora, en invierno, durante menos tiempo del que invierto ahora, en primavera, y el resto de las estaciones del año, por el frío, evidentemente, en dicho menester.

Aproximadamente, a mitad de la avenida Antonio Machado, en dirección al parque Miguel de Unamuno, advertí, claramente, porque la calle estaba iluminada estupendamente, cómo tres veinteañeros, delante de mí, en dirección al paseo Gustavo Adolfo Bécquer, a unos cuarenta metros, a ojo de buen cubero, se mofaban y, gracias a sus comentarios burdos, soeces, habían contribuido a arrebolar el rostro de una adolescente, que había sacado a su can (luego supe su nombre, cómo la llamaban, Frívola, y que era hembra) para que hiciera sus necesidades.

Cuando estuve a unos diez metros de distancia, comprobé (más bien, deduje) que la muchacha estaba asustada, azarada, incómoda, molesta, y, a fin de echarle una mano, de mi mui brotó, casi sin pensar, esta pregunta:

—¿Qué te pasa, cariño, hija mía?

Pronunciar dicha cuestión fue la panacea, esto es, el remedio necesario e inesperado, que, junto con mi presencia, y que procedí a arropar con mis brazos la cabeza de la adolescente, hizo que ellos se quedaran parados, silentes, sorprendidos, y dejaran de molestarla; y que Sofía, debido al canguelo padecido, aunque no se calmara del todo, mitigara su tembleque.

Dar a entender a los tres bravucones o fanfarrones, farrucos al ir en cuadrilla, que la muchacha era mi hija, los desmotivó, dejaron de pasarse con ella, de seguir hurgando en la herida que habían abierto, y más cuando le dije en voz baja que me diera un beso y me lo estampó en los labios (supongo que lo propio hacía con su verdadero padre), ya que, al volverse ella y al agacharme yo, facilitamos el gesto, el hecho. Eso hizo que, al fin, se marcharan con el rabo entre las piernas. Me hubiera gustado disponer entonces de un aparato, si lo hay, que lo desconozco, que registrara con fidelidad los niveles de acobardamiento o acojonamiento del trío de marras y el mío. Deberían andar, conjeturo, por las mismas magnitudes.

Cuando los tres gallitos constataron que los gatillos de sus armas se habían estropeado, determinaron seguir la ruta que habían trazado previamente; y entonces le pregunté a Sofía dónde vivía, porque, como comprobé que aún estaba nerviosa, me sentí en la obligación caballerosa de acompañarla a casa. Su madre, Esther, extrañada por la tardanza (Sofía, cauta, para esconderles dónde vivía, había alargado el trayecto más de la cuenta), había bajado al portal del edificio donde residían, y allí estaba esperándola. Nada más avistarla, la adolescente echó a correr y, cuando llegó a su altura, se abalanzó sobre los brazos de su progenitora.

Nos presentamos; y, para explicarles lo que había pasado, Esther me invitó a subir en ascensor al piso, un quinto, y allí les di pormenores de lo vivido a los progenitores de la muchacha. Sofía, que se sentía incapaz de articular palabra, se limitaba a asentir y corroborar cuanto yo refería.

Aunque ellos no habían cenado todavía, me invitaron a tomar un café, que agradecí, por supuesto, como si lo hubiera ingerido a pequeños sorbos, pero, me negué, en redondo, a que lo prepararan.

Tras despedirme de los padres, al objeto de hacerle una broma o gracia a Sofía, le pregunté a esta, si me permitía que le diera un beso (a condición de que ella cerrara los ojos); después de mirar a sus padres y recibir su aprobación, supongo, me contestó que sí y se lo di en la frente. A ella, que, para entonces, ya se le había pasado el cerval miedo y el renuente sofoco, se le ocurrió pedirme lo propio y en iguales condiciones, y, como hizo en la calle, treinta minutos antes, volvió a dármelo en los labios.

Desde entonces, no hago otra cosa que darle vueltas al mismo asunto y, así, es meramente imposible que me olvide de él.

—¿Qué puedo hacer, padre?

Calculo que, en el preciso instante que terminé de formularle la pregunta, el sacerdote se despertó del sueñecito que se había echado mientras este menda relataba el suceso, y a este, que se le había perdido el hilo, mientras andaba en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, se le ocurrió aconsejarme lo inaudito, que me casara con ella. ¿¡Cómo!? ¿¡Con una adolescente!?

Entonces sonó el despertador y quien se despertó fui yo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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