¿TODO HA SIDO CONTADO Y ESTÁ ESCRITO?
Dilecto y joven lector (en el supuesto de que seas, asimismo, un decidido aspirante a artista, un declarado candidato a literato, sea cual sea tu identidad sexual):
Si deseas dedicarte en el futuro próximo con toda la fuerza de tu espíritu y ganas posibles al arte, en concreto, a escribir, me gustaría prevenirte, o sea, advertirte del serio riesgo que corres de estamparte contra un muro, porque, antes de que empieces a emborronar tus primeras cuartillas, antes de que trences tus prístinos borradores y, tras leerlos y comprobar su escaso valor, te decantes por la opción más sensata, arrojarlos al cubo de la basura, conviene que sepas algo que te puede ayudar a no venirte abajo al recibir el primer revés o tortazo, es decir, al constatar que el folio que querías ver publicado en el diario de tu ciudad te lo devuelven con diversas correcciones en rojo y varios tachones: Todo ha sido contado y está escrito. Puedes aportar tu granito de arena, sí, pero acaso no merezca más que una breve nota a pie de página en un tocho. Ergo, por mucho denuedo que pongas en ser original, hazte a la idea de que, hoy en día, si no todo, casi todo está descubierto o inventado. Todo lo que narres ya fue contado hace muchos años por otro de tus congéneres o semejantes, con tal vez las mismas ilusiones que abrigas y demuestras tener hoy tú. No seas, por ende, tonto, iluso.
Los orígenes de los apólogos o consejas, cuentos cortos con consejo, enseñanza ética o moraleja (vocablo que acarrea o contiene en sí mismo una evidente paradoja, pues, en lugar de alejar la moral, la acerca, deviniendo dicha voz en “moracerca”, pues mora cerca) hay que situarlos en Cachemira (Estado de la India que no se llama así por lo obvio, porque el policía, sea ella o él, que te cachea, seas ella o él, te mira hasta en el cielo de la boca, esto es, en el paladar superior, y, de modo exhaustivo, hasta en el fondo y el forro de los bolsillos de los pantalones, no), entre los siglos VI y IV antes de Cristo. Los primeros relatos de la India se difundieron en colecciones como el “Panchatantra” y el “Jitopadesa” (o “Hitopadesha”), que, probablemente, fueron compilaciones hechas por sendos brahmanes, gurús o pandits, que acopiaron diferentes materiales de distintas tradiciones orales preexistentes. Muchas de las historias que narran pasaron al mundo árabe, y estas, a su vez, desembocaron en las literaturas occidentales. La joya de la corona de la cuentística árabe es la colección de “Las mil y una noches”, donde el hilo engarzador y conductor de los cuentos es la voz singular y atractiva de Sherezade. En la literatura grecolatina el relato aparece en las fábulas de Esopo y Fedro, en las irónicas y desternillantes obras de Luciano de Samósata, en el “Satiricón”, de Petronio, y en “El asno de Oro”, de Apuleyo (se cuenta, se dice, se rumorea, que fue apuñalado por un burro mágico, pero plebeyo, mas esto no deja de ser una habladuría acéfala y ápoda, sin cabeza ni pies, pues esta no siempre fue, ni es, ni será la antesala de una nueva buena, fetén).
Todo lo que precede viene a cuento del artículo titulado “Enjambres de opiniones”, que lleva la firma de su reputada autora, Irene Vallejo, y apareció publicado en EL PAÍS SEMANAL, bajo el marbete habitual de EL ATLAS DE PANDORA, en la página 8 del número 2.449, correspondiente al domingo 3 de septiembre de 2023. Al comienzo del segundo párrafo de dicho texto leemos: “Hace siglos el griego Esopo ilustró en una de sus fábulas esta pasión irrefrenable por la crítica a destajo. Dos labradores, padre e hijo, se dirigían a un mercado con un burro para que cargase las compras al regreso”. Bueno, pues aquí vendría, de perillas, iterar la tesis, arriba expresada, de que todo está dicho, todo está escrito, todo está hecho. Reconozco que nunca había leído esa concreta fábula de Esopo, pero sí, y en varias oportunidades, el segundo de los “enxiemplos” de “El conde Lucanor”, del infante Don Juan Manuel, que narra la misma episódica historia, y lleva el rótulo de “De lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo”.
Nota bene
Irene Vallejo termina el artículo mentado así: “Si a ‘juzgar’ le quitas tan solo una letra, podrás jugar”. Mutatis mutandis, cabe hacer lo propio con la voz ‘tradición’. Si le hurtas a dicho vocablo la letra d, cuarta del abecedario español, si llevas a cabo esa síncopa, ¿serás original tras la traición? Y lo dejo apuntado para que conste en acta, ya que en la fachada norte del Casón del Buen Retiro matritense se puede leer el abreviado adagio orsiano, que aparece así inscrito: “TODO LO QVE NO ES TRADICIÓN ES PLAGIO”.
Ángel Sáez García