El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Por qué me he puesto a escribir este texto?

¿POR QUÉ ME HE PUESTO A ESCRIBIR ESTE TEXTO?

Por un encadenado de razones (de peso), pero el precipuo o principal eslabón de esa cadena ha tenido que ver con una de mis aficiones o pasiones favoritas, la lectura. Si no fuera el abajo firmante un lector empedernido, seguramente, no hubiera pasado esta tarde sabatina mi vista por el artículo titulado “Nostalgia y rebelión”, de Antonio Muñoz Molina (AMM), publicado en la página 13 de la edición de papel del prestigioso diario EL PAÍS del día de la fecha, 9 de septiembre de 2023. Cuando he terminado de leer las líneas correspondientes al final del segundo de sus párrafos, se me ha encendido una bombilla en el caletre, las he subrayado y, en ese preciso instante, mientras procedía a releerlas, he invertido unos minutos en pensar por dónde podría discurrir la urdidura que había cazado al vuelo e/o ideado y decidido desarrollar y culminar.

De lo escrito por AMM (“He conocido nostálgicos del servicio militar forzoso de nuestra juventud, y hasta del cautiverio de los colegios de curas. Me encontré con un antiguo compañero del que yo padecí, al cabo de más de medio siglo, y me dijo que en aquella especie de cuartel ennegrecido de bofetadas y sotanas había pasado los mejores años de su vida”), me rechina la generalización, que suele llevar aparejada error y horror, que he advertido en el sintagma “cautiverio de los colegios de curas”, y he colegido lo mismo que he escuchado argüir y proferir, concluida una feria, a cuantos habían acudido ilusionados a la misma, esperanzados de que esta transcurriera de la mejor manera posible para sus intereses. Es una verdad incontestable que cada feriante cuenta la feria según le ha ido en ella a él. A Antonio, por su experiencia negativa con los curas, esta le fue mal, rematadamente mal (y yo no tengo que poner en duda su experiencia); a mí, sin embargo, en Navarrete (la Rioja) me fue bien, estupendamente bien, en el seminario menor con los religiosos camilos, que regentaron antaño el tantas veces mencionado por mí colegio navarretano, donde ubico mi edén en el planeta azul, la Tierra, pues fueron tantos, tan abrumadores, los recuerdos positivos que tengo, y guardo como oro en paño en mi memoria, que el platillo de la balanza que contiene los puntos desfavorables, negativos, en contra, apenas pesa nada; ergo, confío, deseo y espero que AMM tampoco ponga en tela de juicio la mía. La vida, toda vida, dependiendo del punto de vista, prisma o perspectiva que se adopte, es compleja, poliédrica. Son muchos los factores que influyen en una circunstancia y, a veces, resulta muy difícil poder conciliarlos. Lo digo por lo que sigue. El Premio Nobel de Literatura de 2002 Imre Kertész, que finó sus días el 31 de marzo de 2016, R. I. P., otrora confesó y dejó constancia de dicha complejidad así: “pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración”.

La evidente disparidad de pareceres (entre el criterio de AMM y el mío), en lo concerniente a nuestras respectivas experiencias antagónicas con curas (deduzco en Antonio una clara concomitancia paronomástica entre Satanás y sotanas), ha propiciado que recordara algo que le leí a George Orwell, seudónimo literario de Eric Arthur Blair, en un artículo suyo titulado “Por qué escribo”, de 1947, un año antes de ponerse a trenzar la trama de “1984”. Dudo, de veras, si es cierto, inobjetable, lo que dejó escrito en letras de molde en dicha pieza literaria: “(…) es verdad que uno no puede escribir nada que valga la pena leerse a menos que uno combata constantemente para borrar su propia personalidad. La buena prosa es como un cristal de ventana”, porque esa recomendación unas veces me ha servido y otras no. Bueno, pues ese principio orweliano de la transparencia, del “cristal de ventana”, me ha hecho retrotraerme en el tiempo y rememorar, a su vez, el discurso que leyó José Luis Munárriz el día 24 de julio de 1802 en la entrega de premios de la Real Academia de San Fernando, que acaeció dicho día, en el que entre otras tesis, sostuvo que los artistas deben aspirar a ser antorchas antes que fieles espejos de su época (aunque una parte de lo que transcriba a continuación le sirva a alguien para sacarme los colores y/o dejarme en feo), y en el que adujo, además, esto otro: “A la verdad, para animar los cuadros es necesario que la imaginación tenga el pincel, y que el corazón lo guíe, que el espíritu halle a la mano las imágenes más risueñas (…) y que el corazón, que es el único que sabe hablar al corazón, toque las cuerdas que nos mueven por la simpatía natural de nuestras almas. La imaginación, ¿nos proveería de imágenes y rasgos ingeniosos, el corazón hallaría en su propio fuego las centellas más propias (pido permiso para hacer un inciso; tres veces he llegado aquí; bueno, pues otras tantas, cuando he arribado a este punto del discurso, he leído ‘propicias’, por ser, según mi opinión, dicho adjetivo más pertinente y relevante que el que aparece recogido en el texto) para inflamarnos el entusiasmo, y el patético fuerte de los grandes poetas, oradores y artistas, si la instrucción no viene en apoyo del genio? (…) ¡De qué firmeza, de qué precauciones no necesitáis para huir de haceros unos imitadores serviles! Las artes no se mejoran con sola la (otro inciso; yo siempre antepongo el artículo al adjetivo: ‘con la sola’) imitación. Sin sobreponernos a esta navegaríamos aún en balsas (…) No inventar, contentarse con imitar lo que otros hicieron es de ánimos apocados”.

Nota bene

Ignoro si alguna de las ideas o líneas que contiene el texto que acabo de componer (sea ajena o propia) fungirá de acicate, aliciente, estímulo, impulso o luz creadora para alguno de sus posibles lectores (siempre que a alguno de ellos le dé por leerlo, claro). Reconozco, sin ambages, que los renglones citados de AMM me han servido de espuela incitante y le agradezco sobremanera el hecho, porque de bien nacido es ser agradecido. Esta es mi párvula aportación o granito de arena a esa ancha playa con la que, metafóricamente, cabe identificar a la literatura, con la que otrora celebré esponsales, nupcias.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído