El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Durante el intermedio, echaron uno

DURANTE EL INTERMEDIO, ECHARON UNO

Ayer, cuando me levanté de la siesta, recordaba con absoluta fidelidad dos de los sueños que había tenido, mientras este menda se hallaba descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, o sea, durante los veintitantos minutos que había durado la susodicha. Bueno, puede que hubiera sido solo uno, dividido en dos episodios o partes desiguales. Aunque yo no suelo ver la tele por la tarde, pues ocupo las horas de la misma en escribir y leer, esos dos montajes oníricos, que había llevado o puesto servidor sobre las tablas del figurado teatro, tenían que ver con los trapos sucios (los secretos han dejado de ser tales) que habían aireado o ventilado en directo, en un programa televisivo, un trío sui géneris, singularísimo, sí, conformado por un padre, una madre y la hija de ambos, y una pareja de viejos verdes (él más que ella, pero no tanto). Yo era un mero espectador del público presente, que había acudido y asistía al espacio en vivo, y tomaba breves apuntes de cuanto allí acaecía, no como notario, para dar fe pública de cuanto ocurría allí, sino como periodista o novelista. Como me habían colocado en la última fila, debo ser feo de cojones, ni la regidora ni la directora del programa se percataron o dieron cuenta de que estaba allí, anotando cuanto creía que era precipuo o podía servirme para alguna de mis urdiduras o “urdiblandas”.

En el mismo sofá, de color canela, estaban sentados, de izquierda a derecha, el progenitor, la que había parido a la deslenguada y el lindo retoño de ambos. La hija había comenzado la pelea verbal echando en cara a su padre que, desde que ella era una adolescente (y fuera consciente de ello), este, si estaban los dos solos en casa, le espiaba por el hueco de la cerradura del baño, cada vez que ella entraba en él, para hacer sus necesidades fisiológicas, ducharse o reventarse granos o espinillas. Y él le replicaba con que, si lo hacía, que lo hacía, por supuesto, era para conocer un poco más a su hija, que su madre y él, sencillamente, desconocían, porque ella no les contaba nada; para atisbar qué había de verdad en cuanto le secreteaban en el bar de la esquina, que frecuentaba, otros parroquianos de lo que ellos habían visto con sus propios ojos u oído cuanto circulaba, de boca en boca, y se detallaba con pelos y señales en cenáculos y mentideros: que había cambiado varias veces de montura; que era ligera de cascos, vaya, pero no menos que los corceles que a gusto ensillaba; que era fina como cierta filipina. Y a esto ella le retrucó con que a su padre le ponía más ella que su madre, la pechugona que la menopáusica. Y, a renglón seguido, contó una anécdota subida de tono (dado el horario infantil en el que el programa se emitía), que un día del pasado verano se despertó chorreando, totalmente mojada, como si se hubiera corrido, seguramente, porque el cerdo de su padre le había metido dos de sus sucios dedos en la entrepierna. ¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde?, injuriosa. Le preguntó y reprendió, furioso, hecho un basilisco, su padre. Como ella no las tenía ni podía disponer ni demostrar lo que solo sospechaba, se calló. Tú lo que eres, siempre lo has sido, es una calientapollas, porque más de un joven de los pueblos de los alrededores me ha venido con ese cuento, de que te gustaba ponerlos calientes y luego tenían que hacerse ellos un cinco contra uno, porque tú te negabas en redondo a acariciarles con tu diestra sus dedos sin uña y darles unos cuantos meneos satisfactorios. Mientes como un bellaco, bastardo. ¿A que no puedes dar un solo nombre de esos jóvenes supuestos? No quiero, hija. No, padre, no puedes. Y haz el favor de cerrar esa boca, que eres un bocazas, y monstruo, que quieres quedar aquí por encima de la mamá, que es una santa y no ha dicho ni mu, porque es una mujer prudente y ahora tiene que decir para sus adentros: ¡qué bochorno!; ¿quién me mandaría venir aquí?; y de mí, que no me callo ni debajo del agua.

Tras doce minutos de anuncios, auguro que, en algunas casas, si estaban los televidentes sentados en otros sofás, al tanto del programa, en dúos o tándems, seguramente, si se habían encendido con los relatos del cotarro y puestos cachondos, en horario infantil, insisto, sí, aprovecharon la docena para echar un “eroskiki”.

Tras el intermedio, comenzó el segundo asalto o caso del programa o sueño. Era el affaire de una pareja de jubilados, sesentones, maduros, que se habían conocido en un programa de primeras citas y habían congeniado. El varón había acudido al programa para plantearle a ella una disyuntiva; tenía que elegir entre sus hijos y nietos (de ella) o él, tenía que decidirse ya, tenía que decantarse y no posponer más la elección, porque ya estaba cansado y hasta harto de tanto viaje, que se estaba haciendo viejo viajando, coño. Y ella, seguía emperrada, erre que erre, en el mismo argumento, que no se decidía, porque le gustaban las dos opciones y no se inclinaba por una de las dos, sino por las dos. Y ahí, tras despedirse la presentadora hasta mañana, acabó el programa o segundo sueño.

Nota bene

Como he comentado en alguna ocasión que la culpable de mis exageraciones o hipérboles es el agua del Ebro, que, aunque no la bebo, me lava, quizá algún atento y desocupado lector (sea ella, él o no binario) crea que cuanto narro aquí está muy alejado de la realidad, que la loca de la casa se me ha desmandado, que he fantaseado mucho. Bueno, pues le recomiendo encarecidamente que lea, por favor, de la página 706 a la 709 de los “Diarios” (A ratos perdidos 5 y 6), de Rafael Chirbes, en Anagrama, y saldrá de dudas.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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