El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La cita con «los Luises» siempre es fiesta

LA CITA CON “LOS LUISES” SIEMPRE ES FIESTA

El pasado martes 28 de noviembre de 2023, que, según uno de los dos calendarios que cuelgan de una de las paredes de la cocina de mi piso, la Iglesia católica, apostólica y romana celebra la festividad de Santa Catalina Labouré, creadora de la medalla milagrosa (el hecho constatable y contrastable de que la lleve tanta gente alrededor del cuello es llave buena y/o mala para dicha presea, las dos caras, el anverso y el reverso, de una misma moneda, pues, si bien todo lo prodigioso que le ocurra a quien la porta será adjudicado o atribuido, velis nolis, a ella; la no concesión de lo impetrado irá, asimismo, en su contra), no fue fiesta local ni provincial (como todo quisque sabe, el viejo reino de Navarra es, actualmente, una Comunidad Autónoma uniprovincial) ni estatal. Quien sea lector asiduo de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro, independientemente de cuál sea su identidad sexual, conoce, a ciencia cierta, porque lo habrá leído varias veces en mis textos, que, cada vez que me junto o reúno con mis citados amigos, “los Luises” (el tafallés Calvo Iriarte y el rinconero De Pablo Jiménez), a comer, reírnos (incluso de nosotros mismos, sí, también por supuesto) y darle a la sinhueso (los tres asumimos otrora, en los orígenes de nuestra incipiente amistad, que quien reparte los turnos de palabra en el coloquio que nos atañe a los susodichos es el que más pela la pava, el mayor en edad, Calvo; así que es lógico y normal que, una vez nos hemos librado —entiéndaseme la zumba, por favor— de “el acaparador de la conversación”, título que le otorgamos, mancomunadamente, De Pablo y yo, porque le cuadraba y encaja como alianza en el dedo anular —el mío es “el interruptor cachondo de los discursos de Calvo”, unas veces con más gracia, otras con menos—, devenido el trío de marras en pareja, este menda aproveche esa diosa que suelen pintar calva las/os artistas de la brocha fina y el pincel, la oportunidad, y sea casi imposible que pare de darle a la mui, quizás por padecer servidor un inconcuso horror al vacío; eso es, poco más o menos, lo que acaeció en el viaje de vuelta, cuando De Pablo me acercó en su silencioso e híbrido coche azul oscuro a mi domicilio tudelano —que no tengo otro en otra parte, por si alguien lo ha podido interpretar así—).

Cuando regresamos, después de degustar los caldos y las viandas que habíamos solicitado y nos sirvieron sus tres hermosas y solícitas camareras en el restaurante Túbal, a la clínica dental y maxilofacial FARMADENT, que regentan Luis Calvo y sus hijos Íñigo y Leire Calvo Archanco, la pareja que iba a montarse en su coche, aparcado junto al de De Pablo, tuvo que esperar apenas quince segundos, no más, a que nos despidiéramos los tres, haciendo una piña, debió pensar, seguramente, lo obvio, que llevábamos muchos años de amigos, nada menos que cuatro décadas cabales y sigue la relación de amistad vigente.

En Tafalla, por fin, pude darle un par de besos y cruzar media decena o docena de palabras con Beatriz, la sobrina de De Pablo, que es odontóloga y trabaja, precisamente, en dicha clínica. No la conocía. Le había mandado a ella y a sus padres, por medio de su tío, cientos de vagones repletos de saludos, abrazos y besos, pero no había tenido la dicha de saludarle en persona ni haberle dado un par de ósculos en la cara. Allí saludé también a Amaya, esposa de Luis Calvo; a Leire, de lejos; y a Nerea, una de las enfermeras.

Nunca había estado comiendo en el Túbal, el restaurante de más prestigio de la villa, cuya puerta de entrada a dicho local está situada bajo los soportales del edificio donde se levanta el Muy Ilustre Ayuntamiento de Tafalla. He de reconocer que el marco (la unión de paisaje y paisanaje) era impar, incomparable, o solo comparable con otros, aunque estos no sean parecidos ni similares, pero sí han de estar, para quedar a su altura, bien distribuidos, iluminados y diseminados o dispuestos los cuadros en las paredes con la exquisitez que allí, en aquel ámbito del buen yantar, pudimos contemplar.

Nota bene

Como solía escribir uno de mis maestros, Cervantes, olvidábaseme de decir que en el restaurante Túbal pedí, de primero, tempura de verduras; y a dicho plato le pongo un 9; de segundo, merluza al horno, otro 9; y de postre, tejas con helado, un 10. Y que Calvo y yo le dimos las gracias a De Pablo, porque este pagó el convite (no aceptó los 50 euros que depositamos tanto Calvo como yo sobre el mantel de la espaciosa mesa donde comimos). Yo no había estado nunca en dicho restaurante (en la cartulina que había sobre la mesa y me llevé, el nombre o vocablo impreso del tal no llevaba la correspondiente tilde, y por la cara estaba escrito en bolígrafo azul: LUIS CALVO y, debajo, 14:30 y 3 pax; yo estaba a su lado, sentado en el asiento de copiloto de su coche, cuando hizo la reserva por teléfono). La relación calidad-precio fue excelente. Y las bellas camareras búlgaras y latinoamericana, competentes. Nos aprendimos el nombre de una de ellas, Iscra (puede que yo lo haya escrito mal, pero, al menos, así fue pronunciado).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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