DOS PEGAS CONOCIDAS Y UNA IGNOTA
Nada más tomar asiento en el coche, un mini de color rojo, barrunté que el viaje que nos disponíamos a hacer a Zaragoza, el primero de los muchos que a la mentada capital maña, a lo ancho y a lo largo de mi existencia, he coronado hasta la fecha, iba a tener dos pegas conocidas y una ignota, pues, si era evidente que llovía y que había anochecido, ninguno de los otros cuatro ocupantes que iban en el interior del vehículo, salvo servidor, intuyó o tuvo la corazonada de que, durante el trayecto, en medio de un temerario adelantamiento, que el primer marido de mi prima Clara y, a la sazón, conductor del coche, hizo, lo íbamos a pasar tan mal, al realizarlo, inopinadamente, en plan bocadillo, entre dos camiones, el que intentábamos sobrepasar, por la derecha, y el que venía de frente, por la izquierda de la calzada. Felizmente, los tres conductores hicieron gala de unos nervios de acero y el incidente se solventó, a pesar de que los cláxones de los camiones sonaron varias veces, sin que deviniera en accidente de tráfico. ¿No fue el primer milagro de mi vida?
Me resulta imposible rememorar (no soy Ireneo Funes, el proverbial, memorioso, pues lo recordaba todo, absolutamente todo, e inolvidable personaje que salió del magín de Jorge Luis Borges) todos los reproches que, con sobradas razones de peso, le hicieron a quien pisaba los pedales y manejaba el volante y el pomo de la palanca de cambios, pero, si hasta a mí me siguen escociendo y retumbando aún los oídos, tuvieron que ser de órdago (seguro que mi tío soltó su marca de la casa, su contradictoria expresión, ya que era soez, pero, al mismo tiempo, inofensiva, “me cago en la madre Juana”). Si la reprensión más blanda o floja que le espetaron fue “imprudente”, el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ya sea o se sienta ella, ya sea o se sienta él, inferirá, por su propia cuenta y riesgo, qué denuestos pudieron largarle, afeándole su conducta, con sobrados motivos, al que llevaba el timón, que estuvo en un tris de abreviarnos allí la existencia, sin querer, por supuesto.
Tras el incidente, como no paraba de llover, con los ánimos más calmados, le recé varias avemarías a la Virgen de la Cueva para que cesara la lluvia, pero ella, al parecer, asidua o hecha a culminar la acción contraria, parecía servirse del oscilante movimiento de vaivén de los parabrisas para denegarme, una y otra vez, la petición que le iteraba y acompañaba a cada nueva oración, impetrando que escampara.
Puede que en esa primera ocasión permaneciera en casa de mis tíos José y María una semana. Recuerdo que el hermano de mi madre trabajaba de dependiente en una tienda de instrumentos musicales y que una tarde fuimos mi tía y yo a esperarle a la salida del trabajo.
Mis tíos tenían tres hijas, pero, como las tres estaban casadas entonces, ninguna vivía con ellos. A la primogénita, María (Ana) Celia, que era la madrina de mi hermano José Javier, siempre la llamé Mariceli, que es la misma gracia de pila que lleva, por cierto, su nieta. Supongo que se llama María de los Dolores, pero todos llamamos Lolín a la segunda; y usamos, asimismo, el hipocorístico, Clarita, para referirnos y llamar a Clara, la benjamina.
Como mis tíos José y María siempre se portaron estupendamente conmigo (no estoy en disposición de poder formular sobre ellos una sola queja), siempre me he esforzado en pagarles con la misma moneda. Y es que no hay mejor manera de satisfacer el amor y el cariño recibidos que correspondiendo con idénticos afectos, si es posible, los mejores (de entre los óptimos).
Mientras estudié los tres cursos del Bachillerato Unificado Polivalente, BUP, en el seminario metropolitano, y el Curso de Orientación Universitaria, COU, en la teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”, estando interno con los religiosos camilos en Zaragoza, muchos domingos, aunque yo ya había asistido a la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo y comulgado en la capilla camiliana, no me importaba acompañarles a la iglesia de San Braulio, sede de su parroquia, y volver a oír la misa en su grata compañía, sin que me molestara o resultara tedioso. Luego comía con ellos en su casa, acompañaba a mi tío a tomar café en el bar y, cuando me despedía de él, siempre me daba un billete de cien pesetas (con las efigies de Gustavo Adolfo Bécquer o de Manuel de Falla).
Recuerdo que, por entonces, a mi tío José le hicieron una delicada operación de estómago en el Hospital “Miguel Servet”, la “Casa Grande”, porque un domingo que fui a visitarlo, desde una ventana (ignoro si era la de su habitación o la de la sala de espera), se veía el campo de fútbol municipal de La Romareda, donde aquel día jugaba el equipo de casa, el Real Zaragoza, un partido de primera división contra el Real Betis Balompié o la Unión Deportiva de Las Palmas; puede que estuviera ingresado bastante tiempo y fuera dos domingos a verlo y observara, de paso, desde dicha perspectiva o posición, ambos encuentros.
Como hace varios días que no he llamado por teléfono a mi tía María, cuando acabe de redactar este borrador, la primera versión que tengan estas líneas (luego, como de costumbre, agregaré, mudaré y quitaré algo), me pondré en contacto con ella para saber cómo se encuentra y preguntarle por mis primas y sus respectivas familias.
No he hablado con mi tía, pero sí he estado departiendo, durante más de diez minutos, con mi prima Clara, porque su progenitora estaba echada, pues se hallaba descansando.
Ángel Sáez García