A MENOS QUE HILARANTE SEA EL QUID,
USAMOS LOCUCIONES SIN PORQUÉ;
SIN PROPIEDAD URDIMOS EXPRESIONES
Más de tres, de cuatro y de cinco veces (hasta que barruntó él que había quedado grabado a fuego en nuestras mentes), se lo escuché aseverar a mi primer y acaso, asimismo, mejor maestro de Latín (lo aproveché en el seminario menor navarretano) que he tenido en mi vida, si dejamos a un lado (sin arrumbar, por supuesto), aparte, a los autores que he traducido (ora por obligación, ora por placer; de quienes también aprendí mucho, lo suyo, fuera su pretensión o no enseñármelo), Daniel Puerto: “(todos) los (vocablos cuyo nominativo termina) en –um, sin excepción, del género neutro son”. Es evidente que hay leyes o normas generales, pero también que existen excepciones a esas reglas, y las susodichas no brillan por su ausencia. Y, así, para el caso concreto de nuestras reglas de ortografía, en español, solemos echar mano de dos expresiones para dar cuenta del hecho: No hay regla sin excepción; y la excepción confirma la regla.
A otro inolvidable maestro que tuve allí, en el colegio que regentaban entonces los religiosos camilos en la localidad riojana de Navarrete, magnífico educador, Jesús Arteaga Romero (ergo, la mitad de fray Ejemplo), le oí decir, fuera del aula, con propósito aleccionador, esta frase, que resultó para mí como eso se predica del remedio providencial, que suele librar de un perjuicio inminente, o sea, de la mano de santo, pues, amén de incitante, estimulante, fue didáctica: “Hay brutos, más brutos y los de Tudela”. Como yo, a la sazón, reputaba a Arteaga una autoridad irrefutable (lo que decía Jesús, el de Ázqueta, como ocurría, sin discusión, con cuanto dejó dicho el de Nazaret, también iba a misa), tanto en el aula como fuera de ella (“non scholae, sed vitae discimus”, es decir, “aprendemos no para la escuela, sino para la vida”, hubiera concluido con dicho latinajo Puerto), sin posibilidad de objetar, puse de mi parte para amaestrar o amansar y dulcificar mi carácter y voz fuerte y gruesa (propia de Esténtor o Estentor, con tilde o sin ella, héroe griego en la guerra Troya, “que tenía vozarrón de bronce y gritaba tanto como cincuenta”, según leemos en el verso 784 del Canto V de la “Ilíada”, de Homero), por haber colegido o inferido que, además de beneficioso para mí, otro tanto, provechoso y útil, podía ser para los demás, mis colegas.
Está claro, cristalino, que generalizar lleva aparejado una impertinente e inconcusa injusticia para quienes (se) escapan de esa norma, la que sea. Usamos indebidamente locuciones como “todo el mundo”, “para todo (o cada) quisque”, etc., sin haber preguntado a todo el mundo (algo meramente imposible de lograr) ni a todo (o cada) quisque, o sea, de manera inapropiada.
Veo diáfano que en todas casas/partes cuecen habas. Y que la cercanía o proximidad entre pueblos causa u origina que entre los habitantes de esas localidades se creen envidias, malos rollos, rencillas, tiranteces. Siempre cabe hallar en un pueblo a un coñón que se burla de los lugareños del poblado colindante o vecino y, por mera reacción a dicha acción, asimismo, a un burlón de este último a quien le brota, a bote pronto, otro comentario con el que pretenda mofarse, sin llegar a afrentar o ultrajar, a los de la población primera.
A los tudelanos nos motejan, tras una mera descomposición de dicho gentilicio, “tú-del-ano”, con la tendencia sexual que se deduce de cuanto se obtiene: bujarrones, gais, homosexuales, maricones. Para defendernos del presunto agravio, si quienes nos han humillado son de la población cercana de Ablitas (donde abundan, me consta, las personas estupendas, magníficas), verbigracia, a algún zumbón de la capital de la Ribera Navarra le nació zaherir a los ablitenses o abliteros, ellas, ellos o no binarios, con este comentario que ha devenido proverbial: “¿Dónde nos encontramos si, tras levantar la vista, vemos diablos, diablas, diablitos y diablitas? Está claro, en Ablitas”.
Nota bene
Confío, deseo y espero que la razón venza al sentimiento en el duelo que libre con él, esto es, que nadie (ningún ablitero, insisto, ella, él o no binario, sobre todo) se moleste conmigo por haberse sentido agraviado, pues no ha habido (yo no he encontrado, al menos, en mí un ápice o pizca de maldad) propósito de injuriar, animus iniuriandi, como tampoco me he sentido calumniado por las mordacidades y los sarcasmos vertidos contra los tudelanos. Me conformaría con haber hecho que unos y otros se sonrieran, rieran y hasta carcajearan.
Ángel Sáez García