El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Yo tengo buena, sí, y mala memoria

YO TENGO BUENA, SÍ, Y MALA MEMORIA

Y HE CONSEGUIDO APROVECHARME DE AMBAS

Reconozco que me constan las dos caras de una misma moneda. Anverso: me gusta conversar con personas inteligentes, pues tal hecho es, si no estás habituado a ello, amén de una bendición, un lujo; reverso: no le tengo miedo al diálogo, siempre que cumpla esta imprescindible e inexcusable condición sine qua non, que sea sensato. Así que, por la razón que sea, un viaje en tren o en avión, verbigracia, como acostumbro a hacerlo, dada mi condición de soltero, solo, suelo mantener conversaciones (pues soy un ser sociable) con congéneres con los que no he departido hasta ese mismo momento. Luego, tras ese copioso o escueto trasvase de ideas, la interacción, que es muy productiva para quienes nos dedicamos a contar historias a base de la misma materia prima, palabras, e idéntico proceder, juntándolas, conozco, al menos, un poco más al semejante con el que acabo de pelar la pava.

Bueno, pues lo lógico y normal es que el grueso de las personas primerizas con las que he debatido de lo divino y de lo humano, sin importar el tema tratado, cuando este se dispone a acabar, pues nos acercamos al final de nuestro (común o singular) trayecto o destino, a la hora de despedirnos, muchos me aducen, de manera coincidente, que les ha llamado sobremanera o poderosamente la atención la estupenda memoria que demuestro tener y derrocho a manos llenas. No solo por la fidelidad de los autores a los que he citado, buscando una autoridad para afianzar o reforzar mi criterio (alguno me ha confesado que, cuando ha ido al baño, ha echado mano del “espabilaburros”, o sea, ha accedido o entrado en Google, y ha comprobado o confirmado que el autor mencionado por mí y en la obra aludida había dejado escrito tal cual lo que yo le había referido), sino por cuanto ella/él había dicho antes en la presente conversación.

El abajo firmante, cuando el asunto de la memoria sale a relucir en la conversación que sea, en todo momento y lugar, siempre, insisto e itero, siempre, argumenta o echa mano de la misma metafórica razón de peso, que la memoria es un músculo más del cuerpo humano y, si no lo ejercitas, le ocurre lo mismo que al resto, que se anquilosa o atrofia. Así que la única manera que hay para que esos epígrafes no se deterioren es sacarlos a colación, citarlos en esta, esa o aquella conversación, para conservarlos frescos, siempre que sean oportunos o vengan a propósito, a cuento, claro. Y, por ende, conversar es lo que hay que hacer y se impone facilitar el diálogo, el coloquio, sea este de las personas que sean, sin importar su número, pues conviene callar y escuchar para idear el mejor argumento con el que abundar o discrepar del parecer del oponente; ya que, como adujo Diógenes Laercio, “callando, se aprende a escuchar; escuchando, se aprende a hablar; y hablando, se aprende a callar”.

Yo no soy memorioso, como el memorable Ireneo Funes, personaje literario que alumbró el fértil magín de Jorge Luis Borges, que necesitaba un día entero para recordar con absoluta fidelidad otro. Pero recuerdo lo precipuo o principal, lo importante e interesante.

La memoria tiene dos caras; una, buena, positiva, y otra mala, negativa. La buena tiene que ver con rememorar; la mala con no olvidar. Hay autores de ficción a los que les cuesta Dios y ayuda echar en saco roto la última novela que han escrito, por ejemplo, porque los personajes de la misma aún bullen en su cacumen o pesquis, una vez finalizada esta.

El abajo firmante, desde el punto de vista de la creación literaria, es un autor muy fecundo y tiene el don o la virtud de la mala memoria, pues se olvida fácilmente de los textos que ha escrito. Eso le deja la pizarra borrada o tabla libre para discurrir o disertar nuevas urdiduras o “urdiblandas”. Como regla general, suele recordar el último texto que ha trenzado. Eso es una clara ventaja, pues le permite ser ubérrimo. Así pues, como epítome o resumen; servidor tiene buena, sí, y mala memoria, y ha conseguido aprovecharse de ambas.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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