El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Va de ese verso suelto, el inconsciente

VA DE ESE VERSO SUELTO, EL INCONSCIENTE

Como el inconsciente es alocado, irreflexivo, una de dos, o resulta ingobernable o va por libre, al comportarse como un verso suelto. Así que esta pasada noche el abajo firmante, mientras dormía, a pierna suelta, en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, ha vuelto a soñar con una de las novias (acaso él no fuera considerado por ella nunca su novio) que tuvo otrora, Blancanieves, la amazona (pues montaba estupendamente) valenciana.

Antes de empezar a narrar el sueño propiamente dicho, me apetece un montón encabezarlo con unas cuantas líneas de palabras que he juntado mentalmente, nada más despertarme, tras tenerlo y acabar el mentado en manchurrón.

Todos los seres humanos habidos y por haber, sin excepción, hemos tenido o tendremos una, dos o tres épocas en nuestra vida en la/s que fuimos, somos o seremos unos idiotas redomados, verbigracia, por haber sido o seguir siendo todavía unos fumadores empedernidos. Incluso dos de los congéneres, que ejercieron de docentes inolvidables (al menos, para mí), de los que aprendí un montón in illo tempore, en mi adolescencia o pubertad, en mi cielo en el planeta azul, la Tierra, durante los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor navarretano (y luego ese acopio de saberes me sirvió para salir airoso o victorioso de varios aprietos o bretes que me brotaron en mi peregrinaje vital), los religiosos camilos Daniel Puerto y Jesús Arteaga, personas sensacionales, verdaderos dechados actitudinales o modelos humanos de conducta correcta, recta, tuvieron su etapa estúpida, se aclimataron o acomodaron, sin reflexionar sobre lo pernicioso del tabaquismo, a la práctica social existente y habitual, a la costumbre necia de ir en contra de la propia salud pulmonar, o sea, de fumar como unos carreteros.

Desde que dejé de fumar, solo he besado a una fémina adicta al tabaco en la boca (me refiero a un morreo prolongado en el tiempo con lengua), y no lo he vuelto a hacer, porque tuve la desagradable sensación refractaria de haber rebañado con mi sinhueso el fondo de un cenicero sin haber sido limpiado a conciencia.

Y ahora, sí, me dispongo a relatar lo soñado, que tiene, está claro, cristalino, una base o fundamento real (el grueso ocurrió hace más de tres décadas) al que la fantasía o imaginación del sueño involuntario ha aportado su mentira.

Blancanieves, acompañando a su compañera de piso, “Fani”, que había sido invitada por sus amigos, mis colegas, K. y M., acudió ayer, martes, a nuestro piso compartido. Como a ella se le terminó, durante la velada, el paquete de tabaco, y ella y yo fumábamos la misma marca, Ducados (negro), le regalé una cajetilla (pues yo suelo estar bien surtido, al comprar cartones en el estanco). Al hacerse tarde, nos despedimos en el salón; y mis compañeros se fueron a sus respectivos cuartos. Yo acompañé a Blancanieves y a Estefanía (que, aunque era mona, no era la de Mónaco) a la puerta, pues la de mi cuarto queda a dos metros escasos de la del piso. Como vivíamos cerca, a tres o cuatro manzanas, apenas cinco minutos, Blancanieves regresó, pues había prometido darle un frasco de colonia de mujer, que me había tocado en una tómbola, de la marca “Eau d’été” (Agua de verano, traducido al español), cuando me interpretó mal, pues confundió dicha referencia con nuestro malsonante “jódete”; y yo había olvidado entregárselo al marcharse. Llamó varias veces con los nudillos de sus dedos a la puerta y le abrí. Me dio un estupendo morreo, y luego otro, y luego otro. Yo le fui a decir que había pasado por alto entregarle la colonia, cuando ella con su diestra me tocó mi paquete, no el de Ducados, que llevaba en el bolsillo de mi camisa, junto al corazón, sino el que está más abajo, en la entrepierna, el pudoroso (yo, a la sazón, lo era; y mucho, pero me curé en un milagroso pispás), y ella, por encima de la tela del pantalón vaquero, notó que mi pene se había puesto tieso y duro como el pedernal. Me preguntó si tenía un pijama para prestarle (y a mí no me cuadró la pregunta; para qué quería un pijama, si estaba pidiendo a gritos que la desnudara), y le contesté que sí. Entramos en mi cuarto, cerré la puerta y, en un visto y no visto, nos quedamos ambos en bolas, en cueros. Abrimos el sobre, me dijo que me tumbara y, como se dio cuenta, tras un extenso e intenso magreo, de que yo era un inexperto (constatación que le puso, luego me lo confesó, más cachonda aún) en dichas lides, ella me cogió mi dedo sin uña y se lo llevó a la entrada de la gruta de su tesoro y allí, tras ora lentos, ora frenéticos, todos ellos gozosos, metisacas, le dije que me iba y me fui, dejando su cubil más húmedo de lo que lo estaba al principio.

El orgasmo onírico tuvo su correlato en la realidad y, aunque me había duchado por la tarde, antes de cenar, para no hacerlo por la mañana, porque me daba más pereza por el frío mañanero, procedí a ducharme de nuevo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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