MECENAS, ¡CUÁNTAS VECES ME AMANECES!
Mi hermano José Javier, mi mecenas por antonomasia o excelencia, finó sus días (el día de Navidad del año 1978; ¿puede haber mayor contradicción o incongruencia?; ¿que el día en el que nace el Niño Dios muera mi deudo, llamado también así porque con él sigo estando tanto en deuda?) en el planeta azul (desde aquel día, oscuro, casi negro), la Tierra, nueve meses largos después de alcanzar su mayoridad. Un día de las vacaciones de la Navidad precedente me dijo: “Siempre que sea para comprar libros que vayas a leer, por gusto o por obligación, pídeme el dinero, que te lo daré”. Y cumplió con creces lo prometido. Era una persona de palabra; y, por eso, les tengo tanto respeto a las tales, y hasta admiración y veneración a raudales, tanto y tantas como a él. Otro día de esa Navidad, la del 77, me dijo: “Tito, estudia; que tú vales para ello”. Él, se lo escuché decir varias veces, sin que supiera que le oía, se enorgullecía de mis sobresalientes, lo que no hacía yo; los tomaba entonces servidor como consecuencias lógicas de haber estudiado a conciencia las materias de las asignaturas y haber hecho el esfuerzo de asimilar y memorizar todos los conceptos de manera plena.
Está claro, cristalino, que yo empecé a escribir crónicas y cuentos estando estudiando los tres últimos cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario de Navarrete. Y varias muestras de mis inicios en la creación literaria, mis pinitos, deben constar en las revistillas que, junto con nuestros educadores, los postulantes ayudábamos a confeccionar y publicar en aquel edén riojano. Quien tenga todos los ejemplares de las referidas en su poder y las guarde, como oro en paño, podrá corroborarlo. Ahora bien, el espaldarazo a seguir en la brecha abierta me lo dio un inopinado hecho luctuoso, su muerte. Su inesperada pérdida supuso para mí, amén de mi primera experiencia infernal en el orbe, el elemento o factor determinante para que mi vocación literaria se afirmara y asegurase.
Como tantas veces he referido y dejado escrito, no tuve musa inspiradora (mi amor, en lugar de erótico, era fraternal), sino muso. Los versos que juntaba iban dirigidos a él, porque, debido a su prematuro óbito, se me habían quedado en el tintero o en la punta de la lengua un montón de opiniones que brindarle, o pareceres que manifestarle. Su fallecimiento hizo que cambiara mi perspectiva o prisma sobre una panoplia de asuntos. Y advertí que había brotado en mí un binomio o razón bifronte, de encono y enojo, hacia Dios. Entonces reparé en algo llamativo; como él, Javi, se encargaba de presumir ante los demás de lo buen estudiante que era el abajo firmante de estas líneas, y yo no había sido iniciado aún por nadie en las prácticas egotistas del autobombo, evidenciaba dicha carencia y echaba de menos sus elogios, públicos y privados.
¡Cuántas veces soñé con él en los seis meses posteriores a su injusto deceso! Llegué a pensar que en mi cuerpo vivíamos dos almas, la suya y la mía, y que muchas de mis acciones benéficas, empáticas, solidarias, había que adjudicárselas a él, porque él, a mí, al menos, así me lo parecía, o no me cabía la menor duda, las coronaba o llevaba a cabo. Tras pasar más de tres meses ingresado en el hospital “Nuestra Señora de Gracia” (lo que no deja de ser otra contradicción o paradoja, una desgracia), prácticamente, sin moverme, porque, como consecuencia del accidente de tráfico que habíamos sufrido, a mí, debido al golpe, se me habían desplazado las vértebras 11 y 12 dorsales, tuve que invertir luego muchas horas de estudio para recuperar el tiempo lectivo perdido y ponerme al día. En el hospital (quien haya estado ingresado lo sabe, a ciencia cierta), compartiendo habitación, no se daban las circunstancias más favorables para hacerlo.
No he olvidado que dos parejas de compañeros, Bermejo y Santaolalla, Romera y Arellano, se desplazaron a Tudela para visitarme y traerme algunos apuntes fotocopiados. No sé cómo lo hice, pero lo hice. Acaso me autoengañaba, pero tenía la certidumbre de que él me echaba, en todo momento y lugar, una mano o las dos. Y así yo podía estudiar más horas, y/o con menos horas de sueño, cuatro o cinco, tenía bastante para descansar y estar como nuevo al día siguiente. No quería bajar el nivel y deseaba con toda mi alma que él, mi mecenas, se hallara donde se hallara, se siguiera sintiendo orgulloso de las notas de su hermano. Hoy sigo creyendo, a pies juntillas, de veras, que su diestra es la que escribe algunos de mis textos (ora en prosa, ora en verso).
Veo la foto de Javi todas las noches, cuando, tras regresar de dar el paseo nocturno (ahora, en pleno diciembre, anochece antes) y departir un rato con “los Manolos”, subo a mi casa y entro al salón para ver si ponen algo en alguna de las cadenas, mientras zapeo, que merezca la pena ver y pueda o vaya a solazarme un rato.
De Javi aprendí una lección inolvidable, que amar es un ejercicio que tiene el mejor de los fines, hacer que la persona querida se sienta la más importante e interesante del orbe.
Hoy, mediante los renglones torcidos que contiene este texto en prosa, me congratula agradecerle que él haya sido fundamental y crucial en mi vida de estudiante y literato. Y la mejor forma de demostrárselo es haber escrito estas líneas y titular esta urdidura (o “urdiblanda”) con el rótulo que lleva: “Mecenas, ¡cuántas veces me amaneces!”.
Ángel Sáez García