El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Quien su desnudez física descubre…

QUIEN SU DESNUDEZ FÍSICA DESCUBRE

CONSTATA LA MENTAL EN LA MISMA UBRE

El día de Navidad del año 1978, hace 45 años, recién estrenada nuestra Constitución Española, sin llamarme Ulises, de madrugada, padecí una odisea que, además, deparó a los siete miembros restantes vivos de la familia, padres y hermanos, un mazazo la triste nueva de un hecho luctuoso, el óbito de José Javier.

Ignoro si al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos le ha ocurrido alguna vez algo parecido, que la jornada en la que la Iglesia católica, apostólica y romana conmemora el nacimiento por antonomasia, el del Niño Dios, este vaya acompañado o curse con la muerte, tras accidente de tráfico, de un familiar que, además, ha ejercido para él de mecenas, de escudo protector. Bueno, pues esa suprema contradicción, y a la temprana edad de 16 años, me tocó (qué mala suerte, sí, me tenía guardada el azar o el destino) vivirla a mí.

Como desconozco su edad, ignoro, asimismo, si ha sufrido un suceso traumático. En el supuesto de que haya padecido uno o varios, no sé si ha soñado, de cuando en vez, con él/ellos. Esto es, precisamente, lo que a mí me sucede (pero no me seduce, su anagrama), de vez en cuando, que me hallo durmiendo, descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo y, en apenas un santiamén, paso de lo último que compartí con Javi, un café con leche y una pasta (puede que mi memoria me juegue una mala pasada, cuando hace que me brote o ella misma me sopla como verdadero el embeleco de que fue una torrija), a cuanto me aconteció ayer. El resultado de ese extraño episodio onírico es una paradójica horquilla, que consigue formar, juntar, fundir, que se mezclen o combinen la vorágine con la quintaesencia, la velocidad con el quietismo.

Tengo la impresión refractaria de que el presente es tan estresante, tan extenuante, tan desesperante, tan hiriente o punzante que, a veces, el dolor que, velis nolis, nos transmite, solo lo logra atenuar, en una parte, la creación literaria, y en otra, volver a recordar el pasado, aun siendo este tan pesado y doliente, pues he encontrado en él cierto alivio o consuelo. Yo me siento incapaz de explicar esa sensación, pero soy consciente de que la tengo, que el dolor remoto suele mitigar el sufrimiento presente.

Y es que el presente, cuanto nos ocurre en la actualidad, es un torbellino y el futuro una incógnita; así que solo nos queda el clavo ardiente del pasado, al que nos agarramos, pues la vida nos va en ello, aun si fuéramos mancos de los dos brazos, con los dientes.

Cuando uno se da cuenta de que anda nadando en la nada, y repara en que eso nada satisface, nada, porque está llena de vacío, advierte su propia desnudez y, pudibundo, busca una hoja de parra con la que cubrir sus partes pudendas, como eso mismo, en los albores de la humanidad, hizo Adán. Y es que sigue brotando el conocimiento del asombro. Algo parecido dijo y dejó escrito en letras de molde Platón. Quien su desnudez física descubre constata la mental en la misma ubre.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído