HACIA EL ANONIMATO, SIN REMEDIO
Esta mañana, mientras estaba pasando a ordenador, en una de las cuatro computadoras que hay a disposición de los usuarios (ellas, ellos o no binarios) en la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, los renglones torcidos que trencé y agavillé ayer por la tarde en casa, me ha llamado al móvil (que suelo tener en vibración cuando me hallo en la sala de adultos de dicho recinto, a fin de no molestar al resto de los presentes) mi asistenta, Filomena, “Filo”, que tiene la rara habilidad, virtud encomiada por mí, de hablar poco, lo justo, pero, cuando corona ese hecho, haciendo caso a su hipocorístico, ejerce de tal, ya que, velis nolis, funge de borde agudo de herramienta cortante y da un tajo, o sea, raja y te deja cortado. Hoy ha vuelto a culminarlo para darme la tristísima nueva de que fray Ejemplo, según había escuchado en el mercado (al parecer, allí las noticias corren tanto, como el ciervo de determinado latinajo, cervus currit ut volet, que parece que vuelan), mientras esperaba su turno o vez para ser atendida por Beatriz, “Bea”, la castaña y diligente tendera, en su puesto de verduras (y luego he caído en la cuenta de que eso, hasta cierto punto, había sido lo normal, porque, media hora escasa más tarde, se ha comprobado que la nueva estaba aún verde, muy verde; en estos casos, no conviene echar en saco roto dos datos, ni el escueto texto, “la noticia de mi muerte fue una exageración”, del telegrama que mandó Mark Twain en 1897 al periódico New York Journal, aclarando que aún no había finado sus días en el planeta azul, la Tierra, como así había publicado dicho diario; ni el dicho sutil que se le atribuye a Voltaire, sí, a François-Marie Arouet, de que “en el caso de las noticias, siempre deberíamos esperar al santo sacramento de la confirmación”, porque puede que lo aireado no sea ni se vea ratificado).
Cuando la noticia luctuosa ha llegado a oídos del presuntamente fiambre, este ha llamado al número de mi teléfono fijo y ha hablado con “Filo”, y esta, tras cruzar las cabales palabras con él, el redivivo, me ha vuelto a llamar al móvil para deshacer el equívoco. “No derrame una sola lágrima más”, me ha mandado, “que todo ha sido un malentendido”. El occiso había sido otro fraile del convento. Bueno, pues, ahora lo que se ventila en los mentideros de la muy noble y muy leal ciudad del septentrión peninsular es si el religioso que araba el huerto había fallecido antes o después de que el pesado tractor le pasara por encima (una discusión semejante se dirimió la semana pasada a propósito de Felipa, “Lipa”, quien se cayó y se rompió la cadera o, viceversa, se le rompió la susodicha y se cayó, pero no se calló, porque sus alaridos se escucharon a cincuenta metros a la redonda).
No sé por qué, pero, siempre que recibo la mala nueva de que alguien conocido (ora deudo, ora amigo, ora saludado) ha dejado de respirar, suelo recordar una idea del Premio Nobel de Literatura de 1915, Romain Rolland. Y echo mano de ella, de la famosa consigna que acuñó el literato francés, “el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”, que fue popularizada por el pensador y activista marxista italiano Antonio Gramsci (me consta que son legión, porque servidor, sin ir más lejos, formó parte integral de la susodicha, los que creen, a pies juntillas, que el citado pensamiento es original suyo), para seguir vivito y coleando, mientras dure nuestro peregrinaje por este valle de lágrimas.
Supongo que, cuando cada quisque toma conciencia de que él, otro mero ser humano, es mortal y, por tanto, que su vida carece de sentido, pues no tiene ningún objeto (Jean-Paul Sartre acertó, al ver en el hombre una “pasión inútil”, y, a pesar de lo que he sostenido otras veces, porque hoy, al fin, he advertido la grieta de la contradicción que acarreaba, pero aún no había identificado, también al rechazar el satisfactorio galardón del Nobel; ese, al menos, es mi criterio, mas, como no soy dogmático, acepto otros, siempre que se razonen), se ve obligado a autoengañarse y a concebir qué puede darle sentido a ese tamaño absurdo que es vivir.
Un pesimista redomado, Jorge Luis Borges, que se hizo digno merecedor del prestigioso premio que concede la Academia Sueca, que sí recibieron otros, pero no le fue otorgado a él, aseveró que “todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”.
Ángel Sáez García