El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Cuánta agua sacar cabe todavía…!

¡CUÁNTA AGUA SACAR CABE TODAVÍA

DEL POZO AQUEL QUE EN NAVARRETE HABÍA!

Del medio centenar (a ojo de buen cubero) de lectores que se llevan a la vista mis urdiduras o “urdiblandas” con cierta asiduidad, al menos una docena larga no entienden por qué, de manera machacona, vuelvo una vez, y otra, y otra, y otra… a Navarrete, que, con el lento (o raudo, según el amplio abanico que, del blanco al negro, sus extremos, conforman los pareceres de cuantas/os opinan al respecto) paso del tiempo, ha devenido en uno de mis asuntos literarios por antonomasia. Y yo les comento o contesto que ahora pueden elegir, pues el otro tema recurrente en los textos dimanantes de mi cacumen o magín, o resultantes de mi creación o producción literaria, es Algaso. Regreso a la población riojana por la sencilla razón de peso de que allí se levantó el colegio por excelencia, donde estuve interno y empecé a ser quien soy. En los terrenos que ocupó el seminario menor que regentaban entonces los religiosos camilos, excelentes personas y educadores, hoy cabe hallar ese reducto de paz que es el hotel “San Camilo” (y sus actuales dueños merecen mi olé por mantener vigente el nombre del santo que nació en Buquiánico). En Navarrete fui completamente feliz (si eso es posible, que hay quien pone en tela de juicio tal aserto; ahora bien, no perderé un segundo en intentar persuadirle de que se equivoca, porque acaso esté en lo cierto y yo marrado). En el espacio/tiempo o cronotopo navarretano sentí que el cielo existía, pero estaba aquí, en la vida de la Tierra, no en la supuesta, de ultratumba (y ya saben qué opino sobre la doble entrada de la voz “escatología” en el Diccionario de la lengua española, DLE), que, cada día estoy más seguro de ello, si es algo, es una engañifa o filfa como una catedral de grande.

A nadie le puede resultar extraño que el trienio que viví allí fue propedéutico; el paisanaje y el paisaje que conocí, lo mucho que asimilé (aprendimos para la vida, no para la escuela), me prepararon y sirvieron para echarle un pulso a lo inesperado e insospechado y salir airoso del cúmulo de aprietos o bretes que llevaba aparejada la jungla en la que, velis nolis, me interné luego. Si nadie se ha preparado para vivir en la selva, puede acabar despedazado por ella: ¡Cuánto puede parecerse a las fauces de un león!

Para mí, Navarrete es un acervo de casos y cosas; entre ellos/as, el pozo que, mirando de frente al edificio central, a unos quince metros de distancia de la puerta de entrada, quedaba, a la izquierda, donde recuerdo que nos hicimos una foto grupal, cuando acabamos nuestro primer curso allí, el Sexto de la extinta Educación General Básica, EGB. Bueno, pues, siempre que echo el cubo al pozo susodicho, saco algo nuevo, tras sorber y saborear el primer trago de su agua vivificante y transformadora.

A la edad que tengo, 61 tacos, al borde de la tercera ídem, si no he ingresado de lleno en ella ya, no me cogen desprevenido ni me producen sorpresa algunos comentarios que escucho de quintos o coetáneos, al salir de un tanatorio o acudir a un funeral, en los que la persona finada tenía nuestra edad o hasta algunos años menos, que nos obligan a tomar conciencia de que somos finitos, de que tenemos fecha de caducidad (gracias a Dios, desconocida), como los yogures, ya que la muerte nos aguarda a todos, sin excepción, de forma repentina o dolorosa e incapacitante.

Ignoro qué piensan los atentos y desocupados lectores (ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos, ora sean o se sientan no binarios) de estos renglones torcidos, pero, para mí, los mejores momentos de mi existencia ocurrieron en la infancia y la adolescencia (y, por eso, acudo, de forma tan frecuente, a Navarrete). No sé qué me deparará el futuro (como me esfuerzo en no ser prejuicioso, no descarto ni lo mejor ni lo peor, esto es, ni enamorarme, acaso lo haya hecho ya, recientemente, ni que se me cruce en el camino esa neuropatología que describió el neurólogo alemán Alois Alzheimer).

En la muy avanzada mediana edad en la que me hallo (insisto; acaso haya irrumpido en la tercera), ya me he llevado las esperadas decepciones o reveses (excepto los que tienen que ver con el adulterio y los hijos, que, tal vez, por no haberme casado, no los ha habido y me los he ahorrado; no obstante, lo propio cabe decir, al contrario, de sus bendiciones, por supuesto). Tampoco me agobia el paso del tiempo, que, cada día que pasa, deja menos poso en mi currículo.

Este menda ha intentado escribir, basándose en anécdotas que ocurrieron en esos tres años navarretanos, historias con una pretendida enjundia o miga ética y estética. Allí, en Navarrete, tuve la sensación refractaria de que había sido desasnado (¡gracias, muchas gracias, religiosos camilos, por haber contribuido decisivamente a ello!) y de que podía dejar huella de mi paso por el planeta azul con mi estilo o modo de contar lo pasado o aventurar el devenir con arte. Que lo haya conseguido (o no), que lo logre (o no), a partir de ahora, eso ya es harina de otro costal.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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