LA VERTICALIDAD AQUÍ ES UN HECHO
REHUSAR YO PREFIERO ANTES QUE DE QUE ME ECHEN
Hace doce días, durante una comida de amigos (los conozco y conservo desde que estudiamos nuestras respectivas carreras en Zaragoza) y más gente, un banquero (supe a qué se dedicaba mientras mi paladar gustativo iba saboreando manjares y caldos y mi intelectual conversaciones cruzadas), que no conocía de nada, que se sentó a mi izquierda y era amigo de uno de mis más íntimos, que usó, precisamente, los cubiertos colocados en el sitio de mi derecha, me preguntó si estaría dispuesto a entrar en política. Le contesté, a bote pronto, que no me lo había planteado, que no había contemplado nunca esa posibilidad (pero he de reconocer que le mentí, porque sí lo había hecho; es más, la había descartado, ya que, en esta vida, cada quien sirve para lo que sirve y no vale para lo que no vale, y yo solo valgo para inclinarme ante quien me convence con razones de peso, no por ser mi jefe, quien me paga la nómina y manda en el trabajo más que yo; entonces, ¿por qué le engañé?; seguramente, porque me cogió con la guardia baja y me halagó escuchar su propuesta; y, sobre todo, porque la literatura, en concreto, enseñarla y crearla, es lo mío; ¿acaso no he trenzado en más de un sitio que estoy casado con ella?; no la política, aunque más de una vez haya hablado de política en mis clases).
Dentro de dos jornadas, nos volvemos a juntar el grueso del grupo de marras para dar cuenta de otro ágape, y Juan Carlos, que así se llama el banquero, me interrogará qué he determinado hacer al respecto. Aunque lo tenía decidido de antemano, le voy a contestar que no; además, un sueño que tuve ayer, de madrugada, con la vocación de premonitorio o no, me ha confirmado o ha venido a ratificar que mi decisión es la acertada.
A continuación, narro el episodio onírico, grosso modo, por si a algún atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos le sirve.
Ante los titubeos del partido político X (lo llamo de esta guisa no porque servidor sea asalariado de una de las empresas del magnate sudafricano Elon Musk, ni siquiera seguidor de la red social que se compró, ¿para mangonear más y mejor de lo que ya lo hacía a su personal?, Twitter, sino porque me viene bien para dejarlo en la letra que representa, matemáticamente hablando, la primera incógnita, si en el cálculo hay más de una), que han generado discrepancias internas entre nosotros, sus dirigentes (que, la verdad, guiamos o lideramos poco, cada día menos), he llegado a la conclusión de que en nuestra formación no manda la democracia, sino Juan Carlos, luego su abogado, luego el portavoz, que no manda nada, porque se limita a hacer cuanto le ordena llevar a cabo el abogado de Juan Carlos; y luego, muy al final, nosotros, que no pintamos nada, y nos dedicamos a leer el papel que nos han dado previamente, ya escrito, o a soltarlo por la mui ante las cámaras y los micrófonos, tras haber ensayado tres veces, al menos, en casa, frente al espejo, como nos aleccionaron; y a apretar el botón correspondiente, siguiendo las indicaciones del chivato de turno, bueno, ya no, que lo han cambiado recientemente ese mecanismo por una pantalla táctil.
En la última junta, convocada de manera urgente para la toma en consideración de un asunto crucial, decir sí o no (o acaso abstención) a una proposición de ley, apenas hubo controversia. Y, cuando no hay debate, a mí me suele oler cualquier reunión a váter, por no referirme, directamente, a mierda. El abogado de Juan Carlos expuso sus ideas sobre el caso y nadie dijo ni mu, ni apoyando sus tesis ni refutándolas. Y yo apunté en mi libreta esta frase: La verticalidad aquí es un hecho. Confío, deseo y espero que el atento y desocupado lector entienda las razones por las que he elegido las seis palabras susodichas para el rótulo, para que encabezaran este texto en prosa.
Varios asistentes a la junta, que acostumbran a tener criterio propio sobre el resto de asuntos que no tienen que ver con la actividad parlamentaria, ignoro la quintaesencia (¿de veras?), hoy no han abierto la boca. De un tiempo a esta parte, a mi alrededor, se ha impuesto una mera variante de la siciliana omertá, la ley del silencio. Cuando me he despedido de José Luis, otro mindundi de X, como servidor, en el parking, antes de coger cada uno nuestro coche para volver a casa, le he preguntado sobre el particular. Y me ha contestado cuanto ya me constaba o sabía, que a quien levante la voz en el grupo parlamentario ahora, sin cortarse un pelo, el portavoz, siguiendo las directrices recibidas, le ofrece dos opciones: o te vas, por las buenas, o te damos una patada en el culo, por las malas.
Así que la decisión que he tomado está clara, cristalina. Cuando me interrogue Juan Carlos, le voy a responder esto: Rehusar yo prefiero antes de que me echen. Ergo, seguiré dando clases de lengua y literatura en el Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria y Bachillerato “Luis Cernuda Bidón”, de Algaso, y escribiendo en las vacaciones.
Ángel Sáez García