El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La política aquí se resquebraja

LA POLÍTICA AQUÍ SE RESQUEBRAJA

¿TE CONSTAN, LECTOR, ESTAS DOS ESPECIES?

A quien haya leído las “Vidas de los doce césares” le constan, al menos, estas dos especies: una, que la obra susodicha cuenta dos siglos casi enteros de la historia de Roma, el I a. C. y el I d. C, desde el alumbramiento de César, que acaeció en el año 100 a. C., hasta el deceso de Domiciano, que ocurrió en el 96 d. C; y dos, que el historiador Cayo Suetonio Tranquilo, su autor, dedicó el libro I al divino Cayo Julio César (100 a. C.- idus o 15 de marzo del 44 a. C.). La amistad, amparo y mecenazgo que gozó este de Plinio el Joven le sirvieron para que una recomendación del último al emperador Trajano significara o fuera razón bastante para que Suetonio resultara elegido para ocupar los cargos de superintendente de las bibliotecas públicas y responsable de los archivos, circunstancia que fue decisiva y favorable, porque le permitió el acceso y la consulta de los documentos oficiales y explica, dada su proverbial laboriosidad, su, asimismo, como lógico corolario, manifiesta erudición.

El conjunto de las informaciones que recoge el párrafo precedente viene a cuento de lo que sigue, por qué comienza el catedrático y politólogo Fernando Vallespín su colaboración dominical o pieza literaria, rotulada “Los Idus de marzo” (se refiere, por supuesto, a los del año 44 a. C., fecha en la que fue asesinado en el Senado Julio César), que apareció publicada en la página 24 del número 17.035 de EL PAÍS, correspondiente al domingo 17 de marzo de 2024, así: “La puñalada le vino al Gobierno de uno de sus socios, ERC”.

Mutatis mutandis, ¿será la primera de las 23 que, según Suetonio, infligieron al divino/terrenal Julio César? No ha trascendido si el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, gimió, como sí lo hizo el dictador romano, pero el hecho tuvo consecuencias, porque el proyecto de Presupuestos Generales del Estado, que iba viento en popa y estaba a punto de cerrarse (así lo había venido aireando el “encantado de haberse conocido”, según feliz expresión de Carlos Boyero, ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños) y aprobarse, contraviniendo el punto 3 del artículo 143 de la Constitución española de 1978 (“El Gobierno deberá presentar ante el Congreso de los Diputados los Presupuestos Generales del Estado al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior”), flaqueó y fracasó en dicho momento, cuando el president Pere Aragonès convocó elecciones en Cataluña, y así se lo transmitió el secretario general del PSOE y máximo mandatario del Ejecutivo español a sus más fieles colaboradores, que lo hicieron público.

Abundo con Vallespín en que “la precariedad de la legislatura” es un hecho y que “un partidismo sectario” (¿no ha devenido esta locución nominal en un pleonasmo?), como el de los partidos del Gobierno y el de los que lo apoyan y los de la oposición está “totalmente fuera de control”. Nadie puede esconder lo evidente, continúa disertando el conspicuo articulista: “(…) cada partido va a su bola, no ven más allá de su puro interés inmediato y su ansia de poder. Entre los nacionalistas/independentistas podría verse hasta cierto punto como algo natural. En definitiva, el bienestar de España les importa una higa, cuanto más debilitado se encuentre el Estado, más posibilidades se les abren para sus propios fines. Y su hambre de poder se circunscribe a su propio territorio. Menos justificada parece la actitud de los dos grandes partidos nacionales; uno, por su empecinamiento en gobernar con quienes van a tratar de exprimirle hasta que su identidad política acabe siendo irreconocible, al menos en lo que hace a su concepción del país; otro, que apenas puede (aquí echo de menos el verbo caber, por ejemplo) en sí de gozo ante la debilidad de una coalición que se ha visto incapaz de impedir que se le dinamite la legislatura y que aguarda ansioso su turno para acceder al Gobierno”.

Suetonio se fundamentó en el parecer de Cicerón, en concreto, en cuanto cuenta este en el libro tercero de su obra “De los deberes”, para aseverar que César (¿lo habrá seguido también Pedro Sánchez?) siempre tenía en su mui o sinhueso unos versos de Eurípides, que, traducidos del griego clásico, quedan así: “Si hay derecho que violar, violadlo, para reinar; pero respetad las demás cosas”.

Vallespín sigue discurriendo impecablemente: “nadie sabe qué esperar de nuestros representantes, salvo que siempre pondrán su interés propio por encima del interés general. (…) Si hay algo que los mantiene en pie y esperanzados es que cuentan con que, hagan lo que hagan, siempre pueden confiar en que un amplio sector de la población les preferirá a su odiado adversario. No es ya solo un problema de ingobernabilidad, lo que se extiende es la sensación de que nuestra política se deshilacha, se rasga por innumerables costuras y se consume en relatos inconexos, demagogia barata y el infernal ruido de las recriminaciones mutuas. Nadie va a dar un paso para evitar que esta situación pueda potenciar la antipolítica”.

Y Fernando Vallespín concluye su honesta urdidura certeramente: “eso es lo que nos pasa, que nos han secuestrado la posibilidad de pensar de forma independiente, que todo se mide en términos de lo que beneficia o perjudica a unos u otros”. Amén. ¡Chapó!

   Nota bene

Servidor había adquirido el compromiso de escribir un texto aparte sobreLos Idus de marzo” vallespinianos o vallespinescos. Y, como lo prometido es deuda, esta queda saldada, pues aquí está, a disposición de quien quiera pasar su vista por él, el susodicho.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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