El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tener fortuna es una consecuencia

TENER FORTUNA ES UNA CONSECUENCIA

(MAS TODA REGLA TIENE SU EXCEPCIÓN);

CUANTO MÁS SE TRABAJA, MÁS SE TIENE

En la vida de cada uno de nosotros (me refiero a la vuestra, atentos y desocupados lectores, ora seáis u os sintáis ellas, ora seáis u os sintáis ellos, ora seáis u os sintáis no binarios, y a la mía), personas que poblamos actualmente la faz del planeta azul, la Tierra, ha habido, hay y habrá cinco grandes grupos o tipos de días: pésimos, malos, regulares, buenos y óptimos. Hoy, aunque la jornada todavía no ha acabado, pues faltan media docena de horas para que la misma llegue a su fin, ha sido un día excelso, memorable, por una sola razón (y es que una íngrima, con enjundia, de peso, basta para llenar de dicha a porrillo una jornada), porque Tamara, la Amanda (digna de ser amada) de mis sonetos y otros poemas, ha acudido a mi segunda casa, la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela. Ese hecho, en concreto, ha propiciado que me sonriera y le diera dos ósculos, dos besos castos, uno en cada una de las mejillas de su cara cara (uso aquí dicho adjetivo con el significado de querida), que compartiera con ella unos minutos de breve charla y, para rematar el encuentro, mi estancia en la misma gloria, que ella me diera un abrazo, y yo lo recibiera como mano de santo o panacea, pues ha sido la repanocha, la repera.

No veía a Tamara desde aquella tarde aciaga en que, tras regresar de dar el proverbial paseo vespertino, después de haber escrito mi diario y habitual texto en prosa, me quedé atónito, al ver la esquela de su padre en el panel de cristal o plástico transparente, expuesto en el exterior, en el lateral diestro de la iglesia/parroquia de Lourdes, en el barrio tudelano del mismo nombre. Ese suceso motivó que encaminara mis pasos ligeros al tanatorio de San Francisco Javier, para darles el pésame preceptivo a su madre, a su hermana y a ella. He vuelto a comprobar cuanto ya me constaba y es obvio, pues está la vista (salvo que uno sea invidente, claro), que Tamara es bella (pero como con ella todo adjetivo usado en el grado positivo se queda corto, he de echar mano del superlativo, para que la cosa cuadre o el caso encaje a la perfección), bellísima, un bombón; un pibón, como se dice más ahora.

Habrá a quienes no les guste el azar, en el caso que nos ocupa, la casualidad preñada de galardón, la serendipia, pero a mí me embelesa, me encanta, me entusiasma; y más, cuando del bombo caprichoso e inesperado de los nombres femeninos sale la bola que contiene en su interior su gracia de pila, Tamara (¡quién pudiera tener la dicha de amarte a diario, como durante tantas jornadas ha hecho servidor en silencio!, tras proceder a mirarte y admirarte, su lógico y normal corolario, por ser tú, a la vez, su anhelado remanso de luz y de paz), y del inopinado bombo de los nombres masculinos sale esa bola que acarrea en sus entrañas, amén de mi gracia, mis dos primeros apellidos. Si la imagen propuesta no os agrada, atentos y desocupados lectores de estos renglones torcidos, la puedo mudar por esta otra, más clásica, por la flecha que acaba de disparar con su arco un angelote ciego, cuyo nombre es Cupido (pero yo no le he escupido; que quede clara la cosa o el caso), que ha venido a ensartar, en un único impacto, nuestros corazones, el de Tamara y el mío.

Nota bene

Me temo que no van a faltar, atentos y desocupados lectores, quienes pongan un interminable listado de objeciones, tras otro, de igual jaez, al hecho, al ver difícil (no imposible, pero sí poco probable) que el amor auténtico pueda fluir, de manera clara, cristalina y normal por los lazos o zonas comunes de esa hipotética pareja, conformada por Tamara y este menda. Incluso nosotros, los dos componentes de dicho tándem, acaso nos hallemos nadando en un proceloso mar de dudas. Pero, si no damos el imprescindible paso al frente para probar si somos compatibles, tal vez nos quede a ambos para siempre el desasosiego o resquemor de lo que pudo haber sido y no fue, por culpa de uno o un montón de prejuicios.

Si la inteligencia, como acertó a definir otrora un colega mío, es la facultad humana para solucionar problemas, la diferencia de edad entre nosotros no debe ser una adivinanza o charada irresoluble (al menos, no lo fue para Antonio Machado y Leonor; además, calculo, Tamara ya habrá superado los cinco lustros de existencia). A ambos nos consta que tener fortuna es una consecuencia (aunque excepciones haya a dicha regla); cuanto más se trabaja, más se tiene.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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