El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Para escribir hay dos o tres razones

PARA ESCRIBIR HAY DOS O TRES RAZONES

No puedo estar más de acuerdo con dos pensamientos que adujo y dejó escritos en letras de molde Oscar Wilde; uno, que no existen más que dos razones de peso (o tres, si desdoblamos una de ellas) para que una/o se decida por empuñar la péñola o se disponga a bailar sus dedos, pulsando las teclas de su computadora, y se ponga a escribir, haber cazado al vuelo o pescado sin anzuelo una idea, haber reflexionado a conciencia sobre ella y haber sentido la necesidad imperiosa (que algunos llamamos perentoriedad o urgencia) de trenzarla con la inestimable ayuda (en mi caso, salvo que se trate de una carta o soneto de amor, ya que esa circunstancia requiere echar mano de una herramienta especial y me impele a usar mi pluma suiza Caran d’ Ache, hecha en Ginebra) de mi bolígrafo BIC azul sobre el papel (yo acostumbro a utilizar como soporte medias cuartillas gualdas, antes de pasar los renglones resultantes a ordenador); y dos, que a mí la distinción o división que otros hacen entre libros morales e inmorales no me sirve; sí lo hace, sin embargo, la de libros bien escritos y libros manifiestamente mejorables (y es que las prisas nunca fueron buenas consejeras).

No sé a usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos, pero a mí me sentó mal, peor, pésimamente, como un tiro a bocajarro, enterarme de que dos obras, dos, “Del sentimiento trágico de la vida (en los hombres y en los pueblos)“ (1913) y “La agonía del cristianismo” (1925), de uno de mis maestros preferidos (aunque, en puridad, sensu stricto, nunca me impartió una sola clase, durante los últimos días, como estoy leyendo “El primer caso de Unamuno”, 2024, la novela de Luis García Jambrina, y me estoy divirtiendo un montón mientras paso mi vista por sus páginas, me sienta de perlas autoengañarme, al hacerme a la idea de que las recibo ahora, con bastantes años de retraso, por lo bien que lo cuenta Jambrina en la recreación que lleva a cabo en su relato ficticio), el proverbial y magnífico rector de la Universidad de Salamanca, fueran incluidas en el Índice expurgatorio.

El susodicho Índice de Libros Prohibidos era el catálogo de los volúmenes de lectura vedada (¿acaso hay por ahí alguien que no ha sido persuadido de que basta con que algo se prohíba para que llame aún más la atención y, por ende, se incremente o sume enteros la tentación?), que los fieles no debían llevarse a los ojos, pues podían ¿quedarse ciegos? (no me extraña que algunos sacerdotes usaran el mismo argumento que aducían en contra de la masturbación). De su publicación se encargaba el Santo Oficio (¡manda narices la cosa!; en el seminario menor navarretano los oficios consistían en la limpieza, ora barrido, ora fregado, antes de desayunar, de un tramo de las escaleras o de otro espacio del edificio; a mí me tocó recoger las hojas del patio, durante el otoño y el invierno, y dejarlo decente (no era requisito imprescindible o condición sine qua non que quedara impoluto, pues eso, si era pensable, era meramente imposible de conseguir; además, no me resisto a formular esta pregunta: ¿puede ser santo el oficio de censor?; me parece una ironía cínica y, por tanto, de mal gusto). En la actualidad, si no estoy mal informado, se han suprimido esas listas (seguramente, porque eran tontas), pero continúa en pie, sin ser abatida o derribada, la obligación para los creyentes de evitar las lecturas que puedan poner en riesgo, esto es, en duda o tela de juicio, su fe. Puede que haya muchos san Manueles Buenos sueltos por ahí, quiero decir, religiosos falsos, falsificadores, que dicen creer cuanto no creen y que entienden que el grueso de lo que enseñan puede ser reputado (hasta por ellos mismos, sí, como hacía el mártir unamuniano) una filfa, engañifa o embeleco morrocotudo.

Si de algo estoy convencido es de esto, de que conviene leer y releer a Unamuno. Yo lo hago para que ni él ni fray Ejemplo, mientras esté vivo este menda, mueran. Cuánta razón tenía, pues creo, a pies juntillas, o sea, juzgo, que estaba en lo cierto Carlos Ruiz Zafón, cuando en “La sombra del viento” (2001), dejó escrito esto: “Cada libro, cada volumen que ves aquí, tiene un alma. El alma de la persona que lo escribió y de aquellos que lo leyeron, vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien baja sus ojos a las páginas su espíritu crece y se fortalece”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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