El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

De bien nacido es ser agradecido

DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO

Es bueno, mejor, óptimo, y quizás, amén de aconsejable, imprescindible, que cada nuevo adagio que enseñemos en clase, si es que algún día ejercemos de docentes, venga siempre acompañado, emparejado de la correspondiente anécdota o evento que lo apoye, para que el susodicho apotegma demuestre que existe, que cabe advertir una relación interdependiente, directa, entre el dicho y el hecho, la palabra y la acción.

Exhibiré un modelo o pondré una muestra, en sincero recuerdo y sentido homenaje a fray Ejemplo, maestro de maestros, partidario de ellos (de que nunca falten ni los unos ni los otros, ni ejemplos ni maestros, aunque luego venga Friedrich Nietzsche con la oportuna objeción que cabe leer en la introducción que antepuso a su “Ecce homo”: “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”), que sea clarificador, para que se entienda cuanto llevo hasta aquí escrito: de bien nacido es ser agradecido. La paremia, como otras muchas, con base y/o fundamento, se la escuché aducir, por primera vez, a Jesús Arteaga Romero, claro está, en un aula del lugar donde ubico, de ordinario, mi edén en el planeta azul (ciertamente, cada vez más oscuro), la Tierra, el seminario menor navarretano.

Desde entonces, viaja conmigo, como acarreo también a quien la propaló y propagó, a quien tanto quise y respeté, aunque discrepáramos abiertamente de numerosos asuntos. Además, al ser un endecasílabo, me ha servido para rotular o subtitular varios textos, en prosa y en verso.

Bueno, pues, dado el refrán, busquémosle el acontecimiento que venga como anillo al dedo, la peripecia que lo complemente y/o complete. En una clase de Lengua, Jesús se equivocó, suceso que no solía acontecer; y servidor, que estaba atento, muy atento, a sus explicaciones (seguramente el asiduo, concienzudo y desocupado lector de las urdiduras y/o “urdiblandas” de Otramotro, ora sea o se sienta ella, él o no binario, no ha olvidado cuanto le consta, que en el edénico y proverbial colegio riojano la atención se puntuaba, pues merecía y recibía nota, como el resto de las asignaturas que los religiosos camilos, excelentes educadores, y otros sacerdotes, nos enseñaban), le afeó el yerro, de manera impertinente (reconozco hoy, como lo propio hice entonces, cuando acabó la clase, que me pasé, puesto que mi reprensión dejó mucho que desear, por insolente).

Jesús entendió que la enmienda que le había hecho era distintiva, obligada y relevante; ahora bien, lo mejor de todo es que me dio una lección inolvidable, porque no se vengó cuando tuvo la ocasión de hacerlo, pues, al poco tiempo, quien patinó fui yo. Jesús me hizo la conveniente corrección, pero estuvo a la altura de las circunstancias, sin dejarme en feo ni jactarse ante la clase por mi metedura de pata, como eso había hecho yo, cuando él marró.

Jesús Arteaga me ahorró el bofetón que me había ganado a pulso con este ademán, metiéndose su diestra en el bolsillo correspondiente del pantalón. ¿Por qué no se desquitó? No le pregunté por el motivo entonces y sigo sin saberlo. Ahora bien, hoy me apostaría doble contra sencillo, pues es lo que barrunto, a que presiento cuál fue la razón. En el momento justo en el que le brotaron o surgieron las ganas de darme la bofetada, seguramente, recordó el gesto, una gesta, según su parecer, que mi hermano José Javier había tenido con él, pues mi primer y único mecenas estuvo estudiando dos cursos en Navarrete antes de que lo hiciera yo. Ahora no recuerdo si fue su madre o su padre el fallecido durante unas vacaciones (tampoco rememoro si eran las de Semana Santa, verano o Navidades). Pedro María Piérola García, un genio en el planteamiento y la escritura de charadas, un as de la motivación (ora junto a una pizarra, ora sobre las tablas de un escenario, ora en las canchas de juego), un hacha perfilando caracteres, despertando dones o talentos en adolescentes, vino, desde Ázqueta (Navarra), a pedir a mis padres que le permitieran llevarse a “Javi” (él se encargaría de devolverlo a casa, terminada la ceremonia religiosa) para cantar (formaba parte del coro, que dirigía Jesús) en la misa de exequias de su deudo fallecido, finado. Mi hermano cantó como un querubín. Y este menda se libró del guantazo.

Reconozco que, si el caso o la cosa no ocurrió así, hubiera perdido a gusto el doble café que me hubiera apostado con quien fuera.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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