El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Durante una encerrona, ocurrió el hecho

DURANTE UNA ENCERRONA, OCURRIÓ EL HECHO

POR LA CAPITAL MAÑA MUDÉ LONDRES

La pasada noche he tenido un sueño de los que acostumbro a denominar mosaico o puzle, pues lo han conformado, que yo aún recuerde ahora, cuatro del tipo teselas o piezas oníricas, íntimamente relacionadas entre sí.

En el primero de ellos, me hallaba entre la afilada fila formada por los cinco miembros (tres féminas y dos varones) del tribunal de unas oposiciones para profesoras/es de Enseñanza Secundaria (en la especialidad de Lengua Española y Literatura) y el encerado, la pizarra, o sea, entre la espada y la pared. Aunque estaba a punto de rematar la exposición, en ese concreto momento, he recordado el cuarteto inicial de un soneto anónimo (atribuido a Santa Teresa de Jesús y a San Francisco Javier), que lleva el título de “A Cristo crucificado”, que fue el primero que me aprendí de memoria, mientras estudiaba Segundo de BUP, en clase de don Agustín, a la sazón nuestro profesor de Lengua y Literatura. Y he considerado pintiparado referirme a él para resumir el tema. Los cuatro primeros versos endecasílabos de dicho inicial cuarteto dicen así: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte”. El primer endecasílabo, al portar acentos en primera, tercera, sexta y décima sílabas, puede ser considerado enfático y melódico, ad libitum; el segundo, es claramente heroico, por llevar acentos en segunda, sexta y décima sílabas; el tercero, semejante al primero, puede ser considerado enfático y melódico. Y el cuarto es un tanto extraño, porque lleva acentos en cuarta, sexta y décima. El sáfico suele portarlos en cuarta, octava y décima.

En el segundo sueño (ignoro si tenía que ver con el mismo proceso de concurso-oposición o con otro), me he visto escribiendo con tiza en el encerado los cuatro primeros versos endecasílabos del célebre soneto que Gerardo Diego trenzó a “El ciprés de Silos”: “Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas el cielo con tu lanza. / Chorro que a las estrellas casi alcanza / devanado a sí mismo en loco empeño”. El primer verso, por llevar acentos en segunda, sexta, octava y décima sílabas es heroico; el segundo es melódico; el tercero, enfático; y el cuarto, melódico.

Prácticamente, sin solución de continuidad, he pasado del aula donde estaba explicando la naturaleza de los versos endecasílabos, teniendo en cuenta sus acentos rítmicos, a un supermercado de la cadena DIA, que queda cerca de mi casa, y donde suelo hacer el grueso de mi compra semanal, en uno de esos días especiales, en el que una maestra jubilada, Gloria, se había presentado voluntaria para colaborar en la gran recogida de viandas que había organizado el Banco de Alimentos. Ignoro qué comentario de la breve charla que hemos mantenido lo ha motivado o propiciado, pero ambos hemos acabado recitando al alimón el citado soneto de Gerardo Diego. Ese mismo día, en su homenaje, escribí otro soneto, recordando el suceso cierto, que ocurrió tal cual queda aquí perfilado. Este sería, en sentido estricto, el tercer sueño (tesela o pieza del mosaico o puzle onírico), con una amplia base real, auténtica, itero e insisto.

Y el cuarto sueño, al parecer, fue el de la encerrona previa a la exposición del primero, que duró las dos horas preceptivas, en las que estuve preparando el tema de la Métrica española, que había escogido de los tres que saqué al azar o me cayeron en suerte. Durante dicho sueño, me he visto en el momento en el que valoraba los pros y los contras, en el que conjeturaba si sería adecuado o resultaría impertinente que servidor echara mano del capítulo 149 de “Rayuela”, de Julio Cortázar, en el que aparece un poema breve de Octavio Paz, “Aquí” (en el susodicho capítulo obra sin dicho rótulo), que para mí estaba cantado, claro y cristalino, cuál debía llevar o ser “Londres”, según deduje la primera vez que lo leí. El poema, de solo ocho versos, dice así: “Mis pasos en esta calle / Resuenan / En otra calle / Donde / Oigo mis pasos / Pasar en esta calle / Donde / Sólo (respeto la tilde original) es real la niebla”. Acaso pudiera llamarles positivamente la atención a los cinco miembros del tribunal que servidor, mutatis mutandis, o sea, cambiando lo que debía ser cambiado, calle por aula, se fundamentara en él para arrancar su exposición.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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