¿TIENES CELOS DE QUIEN A TI TE CONSTA
QUE ME GUSTA UN MONTÓN Y ALEGRA EL DÍA?
Ayer, de manera inopinada, apareció en el quicio de la puerta de corredera de mi despacho (porque —eso es cuanto deduje— había llamado previamente al portero automático y luego al timbre de mi casa y le había abierto sendas puertas mi mucama) mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, que me dijo:
—No temas, Otramotro, que no soy un fantasma, aunque a ti ahora te lo pueda parecer, por ir vestido de riguroso blanco.
—¡Qué sorpresa! No te esperaba. Pero, aproximémonos los dos y démonos un abrazo, que nos vendrá estupendamente a ambos.
—Como últimamente no tienes ojos más que para tu maestro y mentor, fray Ejemplo, y para tu bombón o pibón, que me consta, así llamas o te refieres, de ambas formas, a tu nuevo amor, aunque, en puridad, es antiguo, y de nombre extranjero, a quien hoy, precisamente, mientras hacías la compra en el supermercado de costumbre, le has comentado, al escuchar que salía de sus labios o mui la voz hambre, que habías compuesto un soneto en el que aparecía Carpanta, el personaje de tebeo, creado por el historietista José Escobar, y le has comentado que dicho vocablo en español significa “hambre violenta”, voraz. No conocí hasta ayer, de manera fidedigna, que ella era tu amor platónico, pero, sin saber muy bien cómo, lo cierto es que logré colarme de rondón por un resquicio que advertí en tu mente y me enteré de que eso era así, desde que le viste cómo una pequeña porción de la braga rosa que llevaba puesta ese día le sobresalía por encima de su bluyín.
—Lo último es una mera conjetura tuya.
—¿Conjetura? Ya, ya, que aquí no denota abuela. Como hacía más de un mes que no sabía nada de ti (sí de cuanto aparece publicado a diario en tu blog), me dije la semana pasada, voy a ejercer de detective o investigador privado (no de espía, que no me gusta esa dicción) y voy a ver en qué menesteres anda engolfado o enzarzado mi hacedor.
—Habrás comprobado que en los mismos de siempre (aunque estos sean distintos, diferentes), desde que falleció mi señera y señora madre, Iluminada: leer, escribir y hacer las labores propias de un soltero que vive solo (salvo las tres horas diarias que está en casa mi sirvienta, Sofía). Sé que te tengo apartado, orillado, pero no arrumbado ni olvidado; lo que ocurre es que fray Ejemplo me está dando mucho juego, más del esperado.
—Ya lo sé. De un tiempo a esta parte, ¿sabes cómo me veo, si tomo prestados tus ojos? Como una exnovia tuya con la que te llevas de cine; que, como ella está también soltera, pues, de vez en cuando, quedáis para confesaros vuestras cuitas, ilusiones, retos y sueños, mientras os tomáis un café, y, si os apetece fornicar, procedéis a quitaros las telarañas de vuestras partes pudendas, mutuamente, y, tras coronar tan recíproca limpieza de bajos, os quedáis tan campantes, nuevos.
—No está mal pergeñado el símil, de veras, pero cojea en lo tocante a los supuestos polvos mágicos, pues, salvo los mentales o soñados, yo llevo más de cuatro lustros sin catar fémina (me refiero a cuanto de ella me suele deparar un asco rico). Por cierto, ¿tienes celos de fray Ejemplo?
—No diré que no, porque mentiría como un bellaco. Pero acepto, de buen grado, que lo exprimas, como lo propio hiciste con cualesquiera de las criaturas, meras naranjas, que salieron antes de tu magín. También lo hiciste conmigo y con otros de tus heterónimos, creados primero por ti; todos ellos tuvieron que vivir cuanto ahora estoy viviendo yo.
—¿Tienes celos de quien a ti te consta que me gusta un montón y alegra el día?
—He de reconocer lo obvio, que es guapa y tiene una sonrisa llamativa, esplendorosa. No le has preguntado si tiene novio o está casada, porque temes que lo tenga o lo esté, y el encantamiento que vives con ella se disipe y esfume, ¿verdad?
—Me conoces como si te hubiera parido. Que, por cierto, lo he hecho.
—Yo lo que echo de menos es que no escribas décimas. Ahora publicas algunas, pero no las trenzas; las pocas que ven la luz en tu bitácora las urdiste hace mucho tiempo, salvo alguna excepción, que escapa a dicha norma o regla.
—Me dispongo a concederte en un pispás la gracia que me solicitas indirectamente. Pero irá en un texto aparte. La titularé así “Alegría da, contento”, que es el primero de sus diez versos octosílabos.
Ángel Sáez García