El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Todos los hombres somos muy ignorantes

TODOS LOS HOMBRES SOMOS MUY IGNORANTES

Entre nuestros congéneres, son la inmensa mayoría, una legión (o dos o, si nos hemos quedado aún cortos, más), los que se molestan y aun indignan cuando alguien, aduciendo una o varias razones de peso, los moteja de ignorantes, necios, sandios o zotes. Conjeturo que actúan de esa guisa, se hayan parado a meditar, de modo concienzudo, o no, en torno a esta idea pergeñada y propalada y, por ende, también propagada por el Premio Nobel de Física de 1921, Albert Einstein, que dice así: “Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”.

Se le atribuye a Confucio este adagio: “El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor”. ¿Qué enseñanza cabe extraer de dicho apotegma? Pues, a bote pronto, esta, que errar, que es una particularidad humana, no está bien, pero tampoco está tan mal, siempre que le saquemos todo el jugo o provecho que tenga, a fin de mejorar nuestra actitud o conducta.

Y, como todo se entiende mejor si va acompañado de un ejemplo que sea clarificador, pondremos uno, al menos, para que las dudas, en el caso de que broten, el grueso de las tales queden disipadas. Durante las pasadas fiestas patronales de Tudela, en honor de santa Ana, verbigracia, comprobé, de manera fidedigna, que en dos bares que distaban el uno del otro no más de dos docenas o decenas de metros, en el primero cobraban una caña de cerveza a dos euros y en el otro (el contenido era prácticamente el mismo) a tres; o sea, que en uno podías consumir tres cañas y en el otro dos por el mismo precio, seis euros (mil pesetas de las antiguas, al cambio). Ignoro si el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos frecuentó los dos establecimientos que no menciono por sus nombres para no perjudicar (más de lo que ya se ajó por su propia cuenta y riesgo uno, tirando piedras contra su propio tejado) al que se ultrajó solo; y si reparó en el hecho. ¿Aprendió la lección? Mis amigos y yo sí; así que, en los días sucesivos, entramos a consumir en el primer local de hostelería y evitamos acceder al segundo. Si lo hubiéramos hecho, ¿nos hubiéramos podido quejar de haber sido timados de nuevo?

Imagine (acaso no deba hacerlo, por resultarle el hecho real) el mencionado lector que es profesor (ahora se entenderá, si quedó algún residuo o resquicio sin solventar oportunamente, el contenido pleno del paréntesis anterior), y que se halla en medio de su clase y les pregunta a sus alumnos: ¿Qué hubieran hecho ellos con los seis euros de marras? ¿Se tomarían dos o tres cañas? Ya sé qué contestará Gutiérrez (el alumno chistoso, que no falta en cada clase), que dos, si la camarera del segundo local fuera su novia o su hermana o su colega, pero no divaguemos. Como mis discípulos o pupilos son muy inteligentes, me solicitarán poder abrir el abanico, de par en par, y que se tomen en consideración todas las opciones o varillas. Me parece bien que se dediquen esos seis euros a costear o sufragar otros bienes, no necesariamente a tomar alcohol, siempre que sean mayores de edad, claro. Como yo suelo tomarme, cuando salgo los sábados con mis amigos Diana y Pío, dos cañas, no veo mal que otros hagan lo propio, pero no demonizo a ninguno por fungir su libertad de elegir.

En cierta ocasión, en un hotel madrileño a Ortega (el torero; me refiero a Rafael Gómez Ortega, el Gallo, o el Divino Calvo) le presentaron otro Ortega (al que le acompañaba el inexcusable “y Gasset”, el filósofo), y cuando alguien se esforzó en explicarle al “maestro” a qué se dedicaba el segundo, el matador comentó: “Hay gente pa(ra) to(do)”. A mí me peta (agrada) recordar, siempre que viene a cuento, qué ideó Epicuro: “Vana es la palabra del filósofo, si no remedia ningún sufrimiento del hombre. Porque, así como no es útil la medicina si no suprime las enfermedades del cuerpo, tampoco lo es la filosofía si no suprime las enfermedades del alma”. Seguramente, siempre hubo, hay y habrá quien no entienda a Epicuro la primera vez que lea u oiga este razonamiento del fundador del Jardín, pero el grueso sí. Comprenderlo es lo importante (y antes mejor que después). Como adujo Bertrand Russell, premio Nobel de Literatura de 1950, en “Elogio de la ociosidad” (1932): “Hemos sido muy necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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