¿OTRAMOTRO, PRETENDES RETIRARME?
Hoy, miércoles, como es día de guardar fiesta, en el ámbito local, municipal, a eso de las nueve y media de la mañana, me ha llamado por teléfono mi amigo Pío Fraguas y me ha preguntado: ¿Quieres venir a Navarrete? Como le he contestado, como el mismo rayo, con otra interrogación: ¿Cuándo, a qué hora? Me ha respondido: Dentro de media hora. Ponte en contacto con fray Ejemplo, por si le apetece acompañarnos. Dentro de treinta minutos, solo o acompañado, te recojo en el convento.
Así que, a la media hora pactada, pacta sunt servanda, tras darnos los abrazos y/o besos de rigor y demás muestras de aprecio o estima, Eusebio y yo hemos ocupado los asientos libres de la parte trasera del coche de Fraguas, pues de copiloto iba su esposa, Diana, que, antes de que nosotros nos sentáramos, ha tenido la gentileza de preguntarnos si nos apetecía ocupar el asiento donde habían descansado hasta entonces sus posaderas. Ambos hemos declinado la propuesta, no sin haberle dado antes las preceptivas gracias por el gesto.
Durante los primeros veinte minutos de trayecto, hemos hablado poco de lo divino y mucho de lo humano, lo lógico y normal, nada extraño. Hemos comentado las anécdotas que recordábamos de los años de nuestras respectivas estancias en el seminario navarretano; y entonces a Pío se le ha encendido la bombilla y ha dado la voz de alarma, al caer en la cuenta de algo que ambos habíamos pasado por alto o echado en saco roto, poner en antecedentes a fray Ejemplo de cuanto desconocía. Y es que, al reparar en que él, Eusebio, era un mero personaje de ficción, no una persona como nosotros, no era descartable cuanto podía suceder, que fray Ejemplo pudiera liarse y perder el norte.
Ciertamente, no ha resultado fácil convencer a Eusebio de que iba al lado de quien lo había parido, su hacedor. Creía que intentábamos tomarle impunemente el pelo. Y bastaba empatizar con él, ponernos en su lugar, para entenderle. Aunque Pío se ha referido a mí, llamándome su Dios, yo he preferido colocarme en un segundo o tercer plano y unos cuantos peldaños por debajo, catalogándome de semidiós. Que él tuviera conciencia de ser un ente, hijo del homenaje y de la poesía, que poseía carne y huesos, al que le palpitaba el corazón regularmente, que tuviera capacidad de raciocinio y el resto de las facultades o habilidades humanas, solo quería decir que este menda había hecho bien su trabajo, una excelente tarea de verosimilitud. Y, como dejó grabado en letras de molde el virólogo estadounidense Jonas Edward Salk, “la recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho”.
Usted, le he dicho a fray Ejemplo, acaso sea un ser inmortal, como lo son don Quijote y Sancho Panza, personajes que fueron creados por Cervantes, vástagos del magín del autor alcalaíno. Usted quizá sea más inteligente que nosotros tres, por separados y aun juntos. Tenga en cuenta que es la unión de dos portentos, Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García, dos excelsas personas, amén de dos religiosos camilos auténticos, nacidos ambos en Ázqueta (Navarra).
Aunque se han publicado los textos que he trenzado sobre usted en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, le he seguido razonando a Eusebio, usted no los ha leído todavía; me consta y me molesta sobremanera que los desconozca y que pueda enfadarse conmigo por ello.
Así que, para evitar que ocurra una desgracia durante el viaje, como esa labor me corresponde llevarla a cabo a mí, de manera exclusiva, te pido, Pío, que regresemos a Algaso, dejemos a fray Ejemplo en el convento y, cuando le haya hecho ver la realidad pura y dura a Eusebio, acaso sea buena idea viajar juntos un día a Navarrete.
No sé muy bien por qué, bueno, sí, al menos, lo barrunto, porque me gusta un montón “Blade Runner” (1982), la película que fue dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Harrison Ford, he imaginado qué pregunta pertinente podría formularme fray Ejemplo: ¿Otramotro, pretendes retirarme?
Al parecer, bendita serendipia, todo el mal rollo anterior ha quedado en agua de borrajas o cerrajas, en nada, al comprobar, de manera fidedigna, que lo precedente no había sido más que la experiencia onírica que había levantado o puesto en pie mi inconsciente, estando servidor descansando en los mullidos brazos de Hipnos o, en su defecto, en los de uno de sus mil hijos, Morfeo.
Ángel Sáez García