El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Cuántos amigos hace uno leyendo!

¡CUÁNTOS AMIGOS HACE UNO LEYENDO!

(SOBRE LA CORRUPCIÓN VERSA ESTE OPÚSCULO)

El abajo firmante de estos renglones torcidos es un entusiasta defensor e impulsor de la lectura (¡cuántas veces habré declamado o recitado, estuviera ubicado dentro o fuera de un aula, el poema de Miguel de Unamuno rotulado así: “Leer, leer, leer”!); no se cansa de recomendarla encarecidamente a las personas con las que se da de bruces en la calle o bajo techo; y, por un motivo o por otro, si le brota departir del asunto que sea, allí donde se halle, con ellas, mantiene su parecer de que el hecho de leer es una pasión positiva (de las más importantes e interesantes), ya que, si esta se convierte en una costumbre diaria, suele devenir, por mera cuestión de magia blanca u otro quid, en un fecundo y provechoso pozo de razones; y, a base de sacar pozales de meollos y más pozales de quintaesencias de él, haciendo regularmente dicho menester, leer, se aprenden muchas cosas (y esto no lo afirmo yo, que, sí, también, por supuesto, sino que lo asevera Cervantes, por boca de su inmortal personaje don Quijote de La Mancha, mediado el capítulo XXV de la Segunda parte de su imperecedera obra, así: “el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho”), pero, sobre todo, además, porque uno, me refiero al atento y desocupado lector de turno, ora sea o se sienta ella, él o no binario, se vuelve un perito en el noble arte de la amistad. Uno, empedernido, por ejemplo, hace amigos por doquier sin apenas conocerlos de nada; entre otros argumentos, por lo mucho que los autores a quienes lee y relee con gusto le ayudan a entender este cada vez más caótico magma o confuso mundo en el que, por culpa del azar, permanecemos inmersos.

El pasado domingo 20 de octubre de 2024 este menda leyó la tribuna titulada “La soledad del cuidador de fondo”, que llevaba la firma de su autora, Irene Vallejo, en la página 19 de EL PAÍS. Empecé a leer la pieza literaria de la filóloga aragonesa, y reconozco que me vi en la obligación procedimental de subrayar las siguientes líneas, nada más pasar mi vista por ellas: las reproduzco textualmente: “(…) En la tragedia griega Alcestis, de Eurípides, el dios Apolo concede al corrupto rey Admeto el don de la vida eterna. Para lograrlo, alguien debe acceder de manera voluntaria a morir en su lugar. Obsesionado, el monarca ofrece grandes sumas de dinero a los más pobres de su reino, pero nadie acepta. Al final, su esposa Alcestis, enferma, asume el pacto mortal y asegura así el futuro de sus hijos”. Y, de manera directa o indirecta, asimismo, el de su esposo Admeto.

Confieso que no he leído la mencionada tragedia de Eurípides, pero ha sido suficiente posar y pasar mis ojos por las breves líneas trenzadas por Irene Vallejo sobre ella para que estas me hayan inspirado, pues he notado que una bombilla o idea se me ha encendido en el cerebro. Tal vez todo lo que escriba a continuación tenga que ver poco y hasta nada con la obra citada. Puede ser; yo no lo descartaría de antemano, y que me limite aquí a divagar o, mejor, extravagar, verbo unamuniano, no admitido todavía en el Diccionario de la lengua española.

Irene Vallejo califica al rey Admeto de corrupto. Admito que Admeto lo es, amén de un ególatra de tomo y lomo, de mucho cuidado, porque de ese bien exclusivo, divino, de esa chuchería o golosina, que le ha ofrecido Apolo (por cierto, mi piadoso progenitor, Eusebio, cuando se encontraba con un egoísta redomado, solía usar, como término comparativo a “el dios Apolo”, el engreído y petulante sol), solo desea beneficiarse él, ser la excepción de la regla.

Dos elementos esenciales en todo proceso de corrupción son los personajes imprescindibles, necesarios, del corruptor, quien corrompe, y del corruptible, que se aviene o presta a ser corrompido o puede corromperse. Cabe preguntar o preguntarse: ¿Cuál es peor de los dos? No sabría decir, a ciencia cierta, quién; no me decanto abiertamente por ninguno; y no acabo de inclinarme por uno u otro, por la sencilla razón de que, sin el uno, no existe el otro, y viceversa, sin el otro, no existe el uno. Hay quien sostiene la tesis respetable de que todos los seres humanos somos sobornables, venables, vendibles, y que lo único que nos diferencia es el precio, la cantidad dineraria o en especie por la que terminaremos claudicando, y, por ende, siendo comprados, diciendo sí a la corrupción, amén. Acepto la vigencia de la susodicha tesis como norma o regla, siempre que se admita que para la tal hay excepciones, que vienen, precisamente, a confirmarla. Y es que me pregunto a mí mismo: ¿Merece la pena estropear o manchar una trayectoria existencial impecable? En lo tocante a este punto en concreto, ¿interesa, de veras, dejar de ir por la calle con la cabeza bien alta, y, por tanto, tener que agacharla, por haber caído en el pozo de la corrupción? En los tiempos que corren, que parece que vuelan, en la sociedad actual que nos ha tocado en suerte vivir, echo de menos al búho y a la lechuza, o sea, quienes funjan de Miguel de Unamuno y Jugo y de Nicolás Redondo Urbieta, prototipos de gente íntegra, con criterio y conciencia, y sean los soles, faros, focos o antorchas que alumbren el camino de la auténtica probidad.

Aunque no conozco las razones verdaderas de Apolo (que conste en acta; ya que, insisto e itero, no he leído la tragedia de Eurípides), por qué ha propuesto al corrupto ser incorrupto (aunque deberá ejercer de más corruptor aún de lo que ya es para lograr su propósito y, por eso, intenta comprarles la voluntad a los pobres de su reino, que no se dejan corromper). Está claro que, por lo poco que conocemos, ese dios Apolo es un ejemplo de actual politicastro, de tres al cuarto, que tanto criticamos y al que detestamos parecernos. No negaré lo obvio, que don sin din (apócope de dinero) es campana sin badajo, pero don sin dig (apócope de dignidad) ¿qué es? De manera notoria, badajo sin campana.

Quien ha sido o es hijo de una madre abnegada y laboriosa (qué pocas hay que no lo sean), como, por ejemplo, lo fue la mía, Iluminada, sabe que su progenitora hubiera dado su vida por él; ahora bien, le consta que en pocos casos hubiese acaecido eso mismo a la inversa. Alcestis, sin haber caído enferma, hubiera dado la vida por cualquiera de sus vástagos.

Del instinto de supervivencia es tan difícil deshacerse que qué pocos han sido los seres humanos que han dado su vida por la de otro/s congénere/s.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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