El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No todas las ideas son geniales

NO TODAS LAS IDEAS SON GENIALES

“Como lo propio se aduce de las reglas de ortografía, que no las hay sin su correspondiente excepción (sí, ya sé que don Daniel Puerto, religioso camilo, mi primer y acaso mejor profesor de latín, durante los tres últimos e inolvidables cursos de la extinta Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), del que más aprendí en dicha materia, y no dudo un ápice o pizca a la hora de referir, oralmente o por escrito, dicho aserto, ha estado a punto de levantarse de su tumba para recordarme su dicho proverbial: “en latín, los vocablos cuyo nominativo termina en –um, sin excepción, del género neutro son”), sea esta singular, dual o plural, otro tanto cabe aseverar, mutatis mutandis, de las ideas, que no todas las que se nos ocurren resultan realizables, o sea, tienen recorrido”.

Esas susodichas palabras, y en ese preciso orden, se las escuché decir a quien consideraba (y sigo reputando) un genio; y, como lógico corolario, procedí a apuntarlas (sin dispararlas, por supuesto) en mi libreta de notas de entonces. Muchas veces he pasado mi vista por ellas, pero no he llegado nunca a desentrañarlas del todo, a encontrarles, de una manera que me satisficiera plenamente, su significado. Hoy, por fin, si no en su totalidad, en una gruesa parte, he comprendido qué quiso afirmar con ellas mi maestro y mentor, fray Ejemplo, su autor. Y tengo claro, cristalino, por qué he tardado tanto tiempo en hallarles su recto sentido, porque no fueron acompañadas del preceptivo y relevante ejemplo que lo clarificara; así que en el parágrafo siguiente me encargaré de ponerlo yo.

A mí, por ejemplo, el otro día me brotó la idea de contratar a un semejante-sombra, esto es, a una persona que estuviera detrás de mí (donde yo suelo colocar, tras el hombro derecho, a mi angelote consejero y, tras el izquierdo, a mi demoñuelo tentador), durante un día completo, para que me diera cuenta pormenorizada y por escrito, con pelos y señales, si hiciera falta, de cuanto había llevado a cabo durante esa jornada entera. La idea, que catalogué, al principio de genial, a la postre, ha devenido en un desastre (no necesariamente de alfayate), porque como el hombre (sea o se sienta hembra, varón o no binario) es un animal de costumbres, no me he habituado a que el contratado me estuviera escrutando cuanto hacía, espiándome todo el tiempo, porque eso me desasosegaba. Y he tenido que decantarme por la opción más radical, despedirlo a media mañana, ya que no lograba concentrarme en mi labor creativa, de veras. Ciertamente, ha estado callado, como le recomendé, sin decir ni mu, pero el silencio resultante era atronador, un oxímoron, sí, y la soledad dejaba mucho que desear, al volverse sonora, otro tal.

Aunque a mí me gusta mi perspectiva, prisma o punto de vista, quería conocer otro sobre el hecho creativo, y aprovechar ese material ajeno, casi casi el de un negro literario, para componer luego algo nuevo, que yo, al menos, no hubiera leído jamás. Sé que los literatos que escribimos previamente nuestros textos en un papel (yo sigo con mi costumbre de hacerlo empuñando un BIC azul con mi diestra y deslizando la punta del mencionado sobre medias cuartillas gualdas) escaseamos, pero así lo hicieron otrora muchos que hoy consideramos clásicos. Ahora bien, insisto e itero, la idea ha sido imposible de culminarla, de llevarla a feliz término.

Nota bene

   Este menda sostiene la tesis de que, por lo regular, toda idea nace de otra (de la que tiene conocimiento o constancia por el camino, canal o medio que sea). Como habrá, entre quienes se lleven a los ojos los renglones torcidos o teselas que suman esta urdidura o “urdiblanda”, o mosaico, quien se pregunte por su fuente, le voy a dar cumplida, satisfactoria y veraz respuesta. Estas líneas tienen su origen en el artículo titulado “El placer del trabajo ensimismado”, que lleva la firma de su autor, Sergio del Molino, que leí el pasado domingo 3 de noviembre de 2024 en la página 59 del diario EL PAÍS; sobre todo, tras darle un segundo sorbo a esta frase suya: “Lo corrobora su hija, que ha visto a su padre trabajando todos los días de su vida (se sobreentiende, de ella, no de él; y se acepta con gusto la hipérbole; evidentemente, el paréntesis es humilde aportación nuestra)”, que me ha llevado a rememorar las atinadas palabras que Truman Capote colocó en el prólogo a su “Música para camaleones”, donde dejó escrito que, cuando Dios concede a un artista su don, le entrega también un látigo para su exclusivo uso personal, o sea, con el único objeto o fin de que se flagele a diario a sí mismo, en el caso de que no le saque jugo, partido o provecho a su talento.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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