EL PARAÍSO ESTUVO EN NAVARRETE
Desde que fue fundada la villa de Navarrete (“puerta de los navarros”), dicha población riojana existe. Salvo que ocurra un cataclismo (Dios no lo quiera), seguirá existiendo. Bueno, pues, a continuación, me dispongo a aseverar cuanto considero obvio, que en el citado municipio, del estío de 1974 al verano de 1977, durante esos tres años, si así se me preguntara y, ora abogado defensor, ora fiscal, me exigiera responder la fetén, ante un tribunal de justicia, contestaría, sin ambages, que el paraíso estuvo allí, en Navarrete; y, a fuer de ser más concreto o preciso en mi sincero testimonio, añadiría que donde se levantaba entonces el seminario menor que regentaban a la sazón los religiosos camilos, y hoy esos mismos terrenos los ocupan las instalaciones del Hotel “San Camilo”, su sustituto.
Al lector habitual de las urdiduras (o “urdiblandas”) de Otramotro no le habrá extrañado leer los renglones torcidos que obran en el primer parágrafo de este texto, el precedente, porque ese es un aserto asiduo en mi discurso, que he repetido en variopintas ocasiones. He podido mudar el vocablo “edén” por la voz “paraíso”, pero con dichos sustantivos pretendía dar cuenta y/o referir que Navarrete fue mi cielo en el planeta azul, la Tierra. Navarrete fue un pozo inagotable de razones de peso, donde me espabilaron (me desasnaron los educadores que tuve, excelentes profesores, pero también algunos de mis compañeros, que eran tan pipiolos como yo, meras tablas rasas, que fuimos llenando, paulatinamente, de conocimientos varios) los talentos aletargados que acarreaba servidor los religiosos susodichos y otros docentes, también clérigos.
En las aulas de Navarrete aprendí un montón de conceptos de diversas materias, pero, fuera de ellas, sobre todo, asimilé una pila de actitudes o comportamientos para salir airoso e ileso de aprietos o bretes. Todo eso sumó una riqueza que no se veía reflejada en el bolsillo, ni tenía correlato en la cuenta corriente, pero dejaba una estela, huella o rastro tras nuestros pasos (supongo que cuanto me acaecía a mí, mutatis mutandis, les sucedía, asimismo, a mis excolegas), por donde nos movíamos.
Un nimbo de nostalgia cerca Navarrete; otro tanto acontece con las imágenes de santas/os, que una aureola o círculo luminoso rodea sus cabezas.
No cabe comparar aquel entorno espaciotemporal pretérito con el presente, pues aquel despertar intelectual no tuvo parangón y lo considero inolvidable e imprescindible requisito para poder explicar hoy el ser que soy.
Navarrete, además de la silueta que recorta una foto, es más, mucho más; verbigracia, donde se fraguaron procesos que propician que en la actualidad nos comportemos de una manera y no de otra, aunque los afanes de otrora no sean los de ahora, ni las esperanzas de antaño las de hogaño, pues, como dejó sentenciado Heráclito de Éfeso, “panta rei”, todo fluye, en un mundo que puede ser de todo, menos estático (a menos que mudemos la ese de dicha dicción por una equis, extático).
Ángel Sáez García