EL SACRIFICIO TIENE RECOMPENSA
OBTIENE EL GALARDÓN EL ESFORZADO
Cuatro o cinco días después de que hubiéramos realizado el último examen de la primera evaluación del curso, el Sexto de la extinta Educación General Básica, EGB, cuando anochecía, o sea, durante la segunda de las dos horas diarias de estudio, accedió al aula, dándonos (con una voz tan baja como imperceptible, que más de la mitad de la clase ni se enteró del hecho, enfrascada como estaba en sus menesteres diversos, hasta que él se marchó, y entonces todos, los veinte que éramos, nos arracimamos o arremolinamos ante la sentencia, el fallo) las buenas tardes preceptivas, de rigor, don Odón, el director del seminario menor (colegio al que a mí me gustaba y me place seguir llamando, tras concentrar o comprimir su nombre en cuatro letras, Edén), quien, ayudándose de otras tantas chinchetas, colocó en el panel de corcho, habilitado para ese menester, entre otros fines, el listado de las calificaciones de las asignaturas de todos los alumnos del curso, ordenados (teniendo en cuenta el primer apellido de los discentes) por orden alfabético, y expresadas las notas numéricamente.
Al día siguiente, a primera hora, como nos tocaba clase de lengua, materia que nos impartía el director, este, antes de iniciar la lección del día, la que tocaba, según el plan de estudios, nos preguntó, en general, qué nos habían parecido las notas que nos habían puesto los profesores, él, entre ellos. Como cada uno de mis condiscípulos habló de su caso particular, yo también tomé el mismo derrotero y me limité a hacer una referencia al mío, peculiar, personal, puntual. Y aduje que me parecía bien, aun no siendo justo del todo, que, como en el primer ejercicio parcial de matemáticas me había sacado un 4 y en el segundo un 10, el único de la clase, por cierto, esperaba lo lógico, un 7, la media, pero el profesor me había puesto un 8. Don Odón se atuvo o ciñó a lo pactado, de mancomún, en la reunión correspondiente, a comentar que, como mi mejoría había sido más que notable, mayúscula, que no puso objeción a que en mi caso se hiciera esa excepción y no la media aritmética, es decir, que abundó con el criterio que razonó el docente de matemáticas, sin escuchar, durante el claustro, ningún argumento en contra de dicha medida, que contravenía evidentemente la norma proverbial de la media. Y concluyó su apostilla profiriendo las cuatro palabras que cabe leer seguidas, una detrás de la otra, en el rótulo que he escogido (aunque ahora dudo de si el tal ha sido el resultado de una verdadera elección libre mía o se me ha impuesto) para que encabezara esta urdidura o “urdiblanda”.
Estaba ya dispuesto a arrancar la lección hodierna, propiamente dicha, cuando se dio cuenta de que el santo se le había ido al cielo, esto es, que había pasado por alto un punto importante, que había anotado en su libreta, y prosiguió en el uso de la palabra de esta guisa:
“—Durante los siete años que llevo ejerciendo aquí de educador, formador o profesor, curso tras curso, al inicio del mismo, en la primera evaluación, he ido constatando lo propio, cómo el grueso de los alumnos novatos o pipiolos, los de Sexto, se esfuerzan lo mínimo para sacar un aprobado raspado, un 5. A ese hecho reiterativo he dado en llamarlo ‘la ley del mínimo esfuerzo’.
“Creo, sinceramente, que todas las personas que intervenimos en el proceso didáctico de enseñanza/aprendizaje, vosotros, los discentes, y nosotros, los docentes, estamos obligados a dar lo mejor de nosotros mismos. Es más, tengo para mí que quedarnos en buenos, ya sea en el ámbito de la conducta, ya sea en el de los estudios, ya sea en el de los deportes, pudiendo llegar, tras una dedicación plena, a óptimos, es de seres rácanos, tacaños, ruines.
“Quien se exige solo para llegar al 5, pudiendo conseguir con esfuerzo un 10, está desaprovechando sus capacidades o facultades, desperdiciando sus talentos, despreciándose como persona, no solo a él, sino también a sus compañeros y profesores, que, aunque parezca mentira y cueste creerlo, también asimilamos, y mucho, de vosotros, ya que el proceso educativo es bidireccional, no unidireccional. Yo tengo por costumbre y norma decir, pues es uno de mis latiguillos, que el docente que no aprende de sus alumnos es porque los escucha poco, porque les presta escasa atención, y, por ende, demuestra bien, a las claras, que no es un educador competente.
“Habrá alguno de vosotros al que no le guste un pelo escuchar mis palabras, pero siento que tengo la obligación intelectual de decíroslas, de que sería un irresponsable si no lo hiciera, a fin de animaros o espolearos a que cambiéis de actitud para hacerlo más tarde, también, en aptitud, y, asimismo, que vuestro DES, acrónimo de dedicación, esfuerzo y sacrificio, deja mucho que desear, ya que no ha estado a la altura de las circunstancias, y que cuanto os he dicho no debéis echarlo en saco roto, sino hacerme caso, si aspiráis a mejorar”.
Y, a renglón seguido, nos disertó de la lección de lengua que tocaba aquel día, que, por supuesto, al ser de inferior importancia o categoría a la reprimenda, necesaria, pertinente y preferente, en el orden de prelación de la jornada, no recuerdo de qué trató, de veras.
Metamorfoseado fue Adán de Ángel.
Ángel Sáez García