QUE NUNCA UN GATO DEN POR UNA LIEBRE
PORQUE SE LLEVARÁN EL GATO AL AGUA
Y EL GATO ACABARÁ EN BOLSILLO AJENO
Su cerebro, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de los renglones torcidos que siguen, y el mío, salvo que usted sea un genio, claro, son similares. El susodicho es el órgano vital más complejo de cuantos conforman una normal anatomía humana, y su desarrollo, desde que el homo sapiens está sobre la faz del planeta azul, la Tierra, ha ido unido indefectiblemente a la evolución humana, desde nuestros prístinos ancestros hasta los congéneres actuales.
Tanto usted como yo utilizamos la parte más racional de nuestro caletre para pensar, reflexionar y tomar decisiones. Las emociones también guían muchos de nuestros comportamientos, pero ahora nuestras actitudes son más racionales (o eso, al menos, es lo que me gustaría creer; ahora bien, si tenemos en cuenta o tomamos en consideración los resultados que han arrojado ciertos escrutinios recientes, tras celebrarse las oportunas elecciones democráticas, libres, dudo que eso sea verdad apodíctica; aunque este menda, como demócrata que es, solo debe decir a dicho dictamen una sola palabra: amén). ¿Por qué? Por lo obvio, porque la experiencia, como solía repetir mi piadoso progenitor, Eusebio, es la madre de la ciencia y de la conciencia. Hemos aprendido que, cuando nos dejamos llevar por las emociones (y, si estas son bajas pasiones, con más motivo o razón y peores consecuencias, seguramente), las mentadas, medie lamento o no, nos llevan a equivocarnos, a errar, de manera morrocotuda, por habernos expuesto, de modo innecesario, al riesgo.
Los ciberdelincuentes, que no quieren trabajar, se ven obligados a estrujarse las meninges para idear una amplia o surtida panoplia de embelecos que les permita vivir bien, si es posible, a cuerpo de rey, sin tener que dar un palo al agua, sino pequeños robos o palos en los bolsillos ajenos, verbigracia, los suyos y los míos, tan incautos los unos como los otros, si dejamos de tener los ojos abiertos, en guardia, o sea, de estar atentos a cuanto nos pasa, para que luego el timo (y no me estoy refiriendo aquí a la glándula endocrina de los vertebrados, no, sino al fraude) sufrido no nos pese.
Los ciberdelincuentes, aunque no tengan titulación académica alguna, son verdaderos peritos en ingeniería social; parecen haber seguido un curso rápido de monipodio, pues conocen todos y cada uno de los mecanismos que deben poner en marcha para que la maquinaria del delito, que han ideado y engrasado a conciencia, empiece a funcionar a pleno rendimiento y acabe en éxito seguro para ellos, que suele ir acompañado, por mera compensación, con demérito y/o fracaso para nosotros. Saben que deben ganarse la confianza del usuario, usted o yo, para que este devenga, por mero arte de birlibirloque o magia del prestidigitador o estafador, en el primo que pague los platos rotos. Deben manipularlo para poder engatusarlo o engañarlo, y que este ejercite un programa malicioso (para el pringado, pero beneficioso para el embustero), compre en una página web falsa o facilite las claves privadas del banco con el que trabaja, o sea, que caiga en una, dos o en las tres trampas sugeridas.
Así que, atento y desocupado lector, te recomiendo encarecidamente que me hagas caso, al menos, en esta oportunidad, si has rehusado mi consejo en las precedentes; y lo hago por tu bien. Ten mucho cuidado con el cebo, reclamo o señuelo, porque todos los delincuentes, los analógicos y los digitales, todos, insisto, sin excepción, se sirven de él para atraer tu atención y convencerte de que hagas lo que más tarde lamentarás, cuando te des cuenta de que han logrado su propósito, embelecarte, al darte gato por liebre, porque se llevarán el gato al agua. Y constatarás que este, excepcionalmente, no sale escaldado ni huyendo del agua, sino que queda bien aparejado en una esquina del bolsillo del bribón o ladrón, a buen recaudo.
Ángel Sáez García