El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Hoy tengo que salvar mi adolescencia

HOY TENGO QUE SALVAR MI ADOLESCENCIA

“Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Reconozco que, tras haber leído esta mañana, entre otros textos, el último PALO DE CIEGO de mi querido quinto Javier Cercas (me refiero, por supuesto, al titulado “¿Por qué no somos felices?”), en la página 10 del número 2.535 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente a ayer, domingo 27 de abril de 2025, hoy, por la tarde, este menda confiaba, esperaba y deseaba empezar esta urdidura (cuya idea le ha brotado mientras leía el PALO del hacedor nacido en Ibahernando, Cáceres) así, con la famosa frase del padre filosófico del raciovitalismo, José Ortega y Gasset, que aparece en su obra “Meditaciones del Quijote” (1914). ¿Por qué? Porque yo fui inmensa e intensamente feliz en Navarrete (La Rioja), donde hallé y viví en uno de los diversos cielos que ha habido, hay y habrá en el planeta azul, la Tierra, durante los tres años académicos que estudié en el colegio que regentaban entonces los religiosos camilos, y en cuyas instalaciones hoy se levanta el hotel “San Camilo”, donde, me consta, la felicidad sigue gravitando sobre dicho espacio, y se respira junto con el oxígeno que llega impoluto a nuestros pulmones.

Aunque hubo algunos episodios negativos, fueron estos tan escasos que, globalmente, grosso modo, cabe aseverar, sin ningún temor a meter la pata hasta el corvejón, que la felicidad brilló allí, en todo su esplendor, por ser constante, perseverante, su presencia. Lo urdiré de otra manera, por si se prefiere esta opción a la precedente, porque la dicha (a raudales) le ganó por fuera de combate todas las peleas que libró con la desdicha, mientras permanecí interno en aquellas inolvidables instalaciones. Y noto que me brota, de nuevo, la misma pregunta que me hice antes: ¿Por qué? Porque allí descubrí un día, durante la primera evaluación, la amistad; y el resto de los días vinieron a confirmar o ratificar que era un tesoro de un valor incalculable, mayor que toda la riqueza dineraria que pueda poseer hoy Elon Musk; y que la amistad favorece que toda existencia sea una bendición. Y que la sabia competencia entre amigos sume más que reste en ambos casilleros, pues no creaba la envidia, de la que habla Cercas en su PALO, sino que estimulaba nuestras inteligencias, algo que recomendaba hacer el filósofo racionalista alemán Immanuel Kant, con su “sapere aude”, atrévete a saber. ¿Hay aún alguien por ahí que niegue que se aprende tanto de los profesores como de los colegas, compañeros de pupitre?

Como cuanto confiaba, deseaba y esperaba ha sucedido, puedo decir que soy feliz, y estoy contento a espuertas. Además, he venido a constatar lo que ya sabía, al haberlo comprobado en ocasiones anteriores, que se puede ser feliz mientras esos hechos acaecen, como ocurrió entonces, durante nuestra adolescencia, y que esa felicidad se regenera, automáticamente, al rememorar los momentos que acontecieron a la sazón; o sea, que los recuerdos son, en cierto sentido, lo opuesto a los ominosos espejos y la cópula, según cabe leer en la ficción borgiana titulada “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “porque multiplican el número de los hombres”, ya que los recuerdos promueven lo contrario, revivir una y otra, y otra vez más, la felicidad que acompañó a un mismo hecho concreto.

La Escuela de Fráncfort, asociada al Instituto de Investigación Social de la Universidad de Goethe de Fráncfort del Meno, en Alemania, durante el periodo en el que fue abanderada dicha institución por una figura única, Walter Benjamin (“escribir la historia es dar a los hechos su fisonomía, es decir, dar a cada acontecimiento su verdadero rostro”), siendo epígonos suyos Theodor Adorno y Herbert Marcuse, forjó en su fragua el filo de su inmejorable espada, la importancia de la memoria, el rol necesario e imprescindible del recuerdo como elemento fundamental de la recuperación del pasado, estupendo medio para conseguir la aspiración o el reto de Ortega, liberar al presente de las ataduras, los bretes y las cadenas a las que estaba sometido por la política (más en los países con gobiernos totalitarios, claro).

Benjamin advirtió en el autor francés Marcel Proust, además de a un autor excelente, a un intérprete insigne de la cultura europea del momento. La quintaesencia de su arte narrativo es la vuelta a la memoria, fuente de felicidad, que nos salva a nosotros cada vez que hacemos el ímprobo esfuerzo de salvar la existencia vital de quienes fueron nuestros amigos, que acaso sea la mejor riqueza que quepa atesorar y, de vez en cuando, exhibir en sociedad.

Nota bene

A la pregunta que se formula Javier Cercas, en el rótulo del último de sus PALOS DE CIEGO publicado, “¿Por qué no somos felices?”, él da su respuesta en la colaboración dominical mencionada; ahora bien, a la que, asimismo, nos hace, de modo implícito, a usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, a mí y al resto de sus lectores, cabe colegir, tras proceder a reunir todas las posibles, esta: por un montón de motivos. Si el supuesto encargado de hacer las veces de agavillador o recopilador me hubiera preguntado por la mía, le hubiera contestado esto: que no somos dichosos, seguramente, porque no lo fuimos nunca; porque quienes lo fuimos otrora, verbigracia, cuando estuvimos en el cielo, en el seminario menor navarretano, durante los tres años que vivimos allí e hicimos amigos, y no hemos recibido aún el zarpazo definitivo del alzhéimer, esto es, somos capaces de recordar con fidelidad que fuimos felices, que es razón bastante para volver a serlo, seguimos siéndolo ahora, ya que, de manera latente, todavía nos quedan varios de aquellos, y, de forma patente, advierto en la persona de Pío Fraguas Andrés, el ejemplo clarificador. Y, cuando renuncié a la égida o protección que me brindaban los religiosos camilos, hice otros, entre los que destacan, brillando por su presencia, “los Luises” (Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez), que se turnan estupendamente en el papel de abanderado.

Acaso se entienda mejor el argumento que pretendo defender, si añado lo que sigue. Carmen Martín Gaite dejó escrito, negro sobre blanco, en “Bosquejo autobiográfico” (1980): “He hecho ediciones críticas, traducciones, prólogos, artículos, guiones de cine, adaptaciones de clásicos, colaboraciones para la radio, y hasta he cantado canciones gallegas en un teatro. Pero siempre he evitado, aun a costa de vivir más modestamente, los empleos que pudieran esclavizarme y quitarme tiempo para dedicarme a la lectura, a la escritura y a otra de mis pasiones favoritas: el cultivo de la amistad. Los amigos son para mí la cosa más importante del mundo, la más significante y consoladora, y se requiere de una delicadeza y un tino especiales para no perderlos”. Añadía: “Hablar con gente de la más diversa condición y edad es algo que me encanta, y escuchar tanto o más que hablar”. En su escritura siempre tenía cabida y resplandecía toda “buena conversación”, por la que ella, aseveraba, “lo dejaría todo”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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