El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Tres personalidades atrayentes

TRES PERSONALIDADES ATRAYENTES

QUE FUNDÍ EN UNA SOLA, FRAY EJEMPLO

Hace la tira de años, más de medio siglo, dos amigos míos contradictorios o detractores entre sí, Arrojo y Miedo, que viajaban conmigo (en realidad, sin ocupar asiento, pues, a la sazón, este menda era quien los acarreaba, portaba o porteaba consigo), y yo llegamos a la estación de autobuses de Logroño, donde nos apeamos. Era una tarde calurosa, propia del verano de 1974. Nada más bajar del vehículo colectivo, me apresuré a preguntar a la primera persona que mi intuición supuso que podía conocer la respuesta cabal y brindármela gratis et amore, cuál era el autobús en el que debía montarme sin falta para llegar a mi destino, Navarrete, la población riojana donde se hallaba el seminario menor en cuyas instalaciones iba a pasar el “cursillo” propedéutico, unos días preparatorios para comprobar, tanto los religiosos camilos como los postulantes desplazados allí, si éramos compatibles o encajábamos con aquel lugar.

Esa jornada estival desconocía que allí trabaría trato con dos educadores con varios oficios más, pues fueron despertadores de talentos, profesores, motivadores, arquetipos comportamentales que seguir y/o modelos que emular, donde poder aprender a ser un ciudadano de provecho, responsable, una persona humana y hasta humanitaria, hecha y derecha, empática, solidaria, con principios y valores, que me marcarían tanto que a nadie le extraña que (primero, durante el cursillo; y luego, durante el trienio que permanecí interno allí, de Sexto a Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB), cuando me pongo a hablar o escribir de ello, me creen, a pies juntillas, en el mismo momento que, cuente lo que cuente al respecto, me confieso y tengo por hijo adoptado por ellos, de sus actitudes y/o procederes.

He de reconocer que a Pedro María Piérola García ya lo había visto en la cocina de nuestra casa en Tudela, donde tuve ocasión de advertir su porte, la sonrisa y los muchos quilates de las perlas que semejaban sus dientes, que hacían que brillara su cara; me llamó poderosamente la atención, asimismo, el impoluto hábito negro que vestía con la impecable cruz roja en el pecho; tanto que eso propició que servidor quisiera ser él; y, si eso era meramente imposible, casi como él.

Entonces no conocía a Jesús Arteaga Romero, ni a Salvador Pellicer, ni a Ezequiel Julio Sánchez, ni a Juan María López, ni a Daniel Puerto. De Arteaga me quedo con lo bien que explicaba (se le entendía todo a la primera), y, sobre todo, con lo rápido que corregía (si había algo que enmendar, claro) los exámenes o ejercicios que acabábamos de hacer. Este menda prefería, antes que salir al patio para disfrutar del rato de recreo, quedarse, como hacían otros postulantes, alrededor de la mesa que había sobre el estrado de la clase más amplia, junto a la silla donde él se sentaba, para ver todo un espectáculo, en el que era ducho, cómo llevaba a cabo dicho menester, que lo culminaba en un santiamén. “El que sabe hacer la operación resuelve el problema (se trataba de una simple regla de tres) en un minuto y el que no la sabe no aprenderá, aunque le des todo un año”, solía acompañar su dictamen o sentencia con esa hipérbole.

Durante los días que duró el cursillo, evidentemente, este menda ignoraba qué haría en el futuro con las personalidades seductoras, que se complementaban y/o completaban estupendamente, de Jesús y Pedro María, que las fundiría en una sola, fray Ejemplo, a quien juzgué preceptivo concederle el nombre de mi progenitor, Eusebio, que fue tan piadoso como la impar pareja de Ázqueta (Navarra), que es un endecasílabo perfecto.

Nota bene

En “Áyax”, su autor, Sófocles, pone en boca de su Tecmesa, esposa del susodicho héroe homérico, estas sabias palabras (“Justo es que el hombre agradezca el buen trato que ha recibido, porque el agradecimiento es siempre el que genera agradecimiento. Quien se olvida del bien que se le ha hecho no es posible que sea nunca un hombre bien nacido”); me apostaría doble contra sencillo con quien fuera a que en ellas se fundamentó la persona que tuvo la genial idea, a la que servidor ha dado en llamar Costanza, como la protagonista de “La ilustre fregona”, la ejemplar novela cervantina, de redactar la famosa frase que devino, con el lento paso del tiempo y el frecuente uso popular, en refrán, y que, en español, dice así: “De bien nacido es ser agradecido”, que es otro endecasílabo perfecto.

El abajo firmante de estos renglones torcidos cree haber cumplido con una tarea pendiente, al haber procedido a juntar las personalidades atrayentes de Arteaga y Piérola con la prudente y sensata de mi padre, formando una sola, indeleble, fray Ejemplo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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