El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El progreso contiene retroceso,…

EL PROGRESO CONTIENE RETROCESO,

SI NO VA ACOMPAÑADO DE PRINCIPIOS

ÉTICOS QUE REGULEN SU BUEN USO

Está claro, cristalino, que cualquier avance científico-técnico es positivo, si se usa con cabeza, buscando el bien común, esto es, con sensatez; y negativo, si se utiliza, de manera descontrolada e imprudente, para perjudicar a las personas (y sus prolongaciones, animales y bienes). No sé cuántas veces habré repetido el mismo argumento (pero no me cansa hacerlo, pues suele ser bienvenido por quienes lo escuchan): un cuchillo de cocina es bueno para trocear, sobre una tabla, un pimiento verde, una cebolla, una zanahoria o unos champiñones, pero es malo, si echamos mano de él, para apuñalar, salvo que sea en legítima defensa, ajena o propia, a un congénere nuestro.

Bueno, pues, mutatis mutandis, la inteligencia artificial (IA) es otro cuchillo de cocina fuera del ámbito culinario. No es necesario reglamentar para qué debe usarse un cuchillo, ya que la obviedad lo hace supervacáneo, superfluo, pero esa razón no sirve para la IA. Su regulación es, amén de imprescindible, conditio sien qua non, perentoria. Urge tomar cuanto antes cartas en el asunto y que los gobiernos estatales y supraestatales se pongan las pilas a fin de reglar o pautar con argumentos de peso qué se puede hacer con la IA y qué no.

Cualquier atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, sea o se sienta ella, él o no binario, que ponga en un buscador el nombre de un adolescente norteamericano de 14 años, de Orlando (Florida), Sewell Setzer III, conocerá el motivo por el que se suicidó (se enamoró de un chatbot, de nombre Dany, a quien cabe achacar su prematura muerte). Ahora bien, ¿es lícito atribuir o inculpar a la IA de ese óbito? Esa es la respuesta a la que hay que encontrarle una cabal explicación para poder contestarla con conocimiento de causa.

Así que insisto en iterar la idea que expresé arriba; la IA es buena, pero los riesgos que lleva aparejada la misma hay que acotarlos y corregirlos, antes de que ocurran más muertes entre nuestros púberes y jóvenes.

Que el uso de los smartphones o teléfonos inteligentes era y es adictivo (basta echar unas miradas alrededor para comprobarlo aquí, ahí y allí, de manera fehaciente; y la nomofobia, el miedo a estar sin móvil, o a que falle la conexión a la red, es su lógica consecuencia), que creaba una dependencia superior a la que originaban las máquinas tragaperras y hasta las drogas, ya lo sabían los gurús de Silicon Valley (que habían invertido algún dinero en conocer los corolarios, resultados o secuelas que tenía su utilización), pero ese conocimiento se lo ocultaron a las opiniones pública y publicada hasta que alguno de ellos, Jaron Lanier, por ejemplo, se sinceró y contó la verdad. ¿Por qué callaron? Porque el negocio era milmillonario y no querían renunciar a hacerse ricos; hubieran matado la gallina de los huevos de oro que habían creado, sin haberla explotado adecuadamente, o sea, sin haberla exprimido a conciencia, como una naranja o un limón; y ¿quién, en su sano juicio, siempre que careciera de escrúpulos, estaba dispuesto a rehusar disponer de una cuenta corriente con muchos ceros (cuantos más, mejor)?

El peligro, por tanto, está en el mal uso, porque el desarrollo de la IA generativa ha sido tan raudo en los últimos años y en la equivocada dirección, que hay que ponerle pronto remedio a dicho desbarajuste. El desmán, que puede ocurrir en cualquier momento, cuando menos lo esperes, puede devenir en sorpresa negativa, fatal.

Quienes afirman (a mí, al menos, me constan un buen puñado de semejantes con mentes despiertas, verbigracia, el Premio Turing 2018 y Premio Nobel de Física 2024, el británico Geoffrey Hinton) que el descontrol y la desregulación pueden terminar con la humanidad no exageran.

Confío, deseo y espero que no lleguemos a la misma conclusión desconsoladora, que dice pestes de los seres humanos, a la que arribó el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, único Premio Nobel de Literatura 1925 que había ganado también un Oscar (al guion adaptado, en 1938, por “Pigmalión”), hasta que le igualó Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan, que, amén de 10 Grammys y un Pulitzer, obtuvo el Nobel de Literatura en 2016 y el Oscar a la mejor canción original 2000, por la pieza musical “Things have changed” (Las cosas han cambiado) de la película “Wonder boys” (Chicos maravilla): “Aprendemos de la experiencia que los hombres nunca aprenden nada de la experiencia”, un retruécano o juego de palabras que encierra una verdad incuestionable (no siempre, solo en algunos casos).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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