El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

De bien nacido es ser agradecido

DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO

(RÓTULO AL QUE OTRAMOTRO ES UN ADICTO)

Aunque, conforme voy acumulando o agavillando experiencias de todo jaez (que, unas veces, vienen disfrazadas de éxitos, pocos, y, otras, de fracasos, la inmensa mayoría), cumpliendo años, tengo la sensación refractaria de que cada día dudo más o me muestro más inseguro en cualesquiera asuntos, sí hay algo que escapa a esa regla o es una inconcusa excepción, que aún poseo alguna convicción arraigada, fija, inamovible, en la que creo a pies juntillas, y me apuesto con usted, atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, él o no binario, doble contra sencillo, a que no se sorprende un ápice o pizca, al pasar su vista por cuanto me dispongo a confesarle o referirle a continuación: cuántos son los plurales beneficios y escasos perjuicios que puede acarrearle o depararle a un alumno, con infinitas ganas de asimilar anécdotas, conceptos, datos y fechas sin cuento, tener un docente como Dios manda, hecho y derecho, honesto a carta cabal, con pasión y vocación, aunque esta, la didáctica, en sentido estricto, no sea la principal; uno que le guíe por esa jungla feraz o selva feroz y sea el piloto del barco que surca los mares del conocimiento y tiende a inclinarse por el lado de lo importante, dentro del extenso ámbito u océano del saber y su insondable profundidad; que haga las veces de faro, de estrella polar, que lo oriente en su vida personal y profesional (si, llegada la hora, recuerda los consejos recibidos por él otrora al respecto); que le abra los ojos, despierte o espabile sus dones o talentos y muestre aquello a lo que merece la pena estar alerta, prestar la máxima atención de ojos y oídos, a fin de extraerle luego el mejor de los provechos, y hacer el esfuerzo de entender, de comprender, en toda la complejidad del tema en cuestión.

Aunque, en ciertas ocasiones, me veo como Gary Cooper, solo ante el peligro, como aquí, en España, se optó por titular la película norteamericana (del género wéstern) que dirigió Fred Zinnemann en 1952 y obtuvo (de las siete nominaciones recibidas) cuatro premios Oscar (mejor actor principal, mejor montaje, mejor banda sonora y mejor canción), insistiré en aducir, una vez más, lo que en tantas oportunidades he afirmado, por activa y por pasiva, a pesar de que alguien se queje con motivo y me llame canso o cargante, al volver a manifestar lo redicho hasta el hartazgo, que no he olvidado lo precipuo o principal, los apellidos de la media docena de religiosos camilos que, hace medio siglo, empezaron a impartirme clase en el seminario menor de Navarrete (la Rioja): Arteaga, Piérola, Puerto, Pellicer, López y Sánchez. Y es que el razonamiento que ideé o pergeñé antaño no ha variado: De bien nacido es ser agradecido, rótulo al que Otramotro es un adicto (puede que haya titulado así más de diez textos), aunque a Jesús Arteaga le molestara sobremanera que el abajo firmante le refrescara la memoria y le recordara qué cabía leer en el prólogo que Friedrich Nietzsche antepuso a su obra “Ecce homo”, que “recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”, una de las pocas verdades apodícticas que aún porto en mi zurrón intelectual.

En un aula, en la que, mientras dura la hora de clase, va y viene sin parar el sentido crítico, el maestro no tiene la jerarquía de antemano, pues esta se la conceden u otorgan sus propios alumnos, tras habérsela ganado el docente a pulso, una vez ha demostrado habérsela merecido, ocurren un sinfín de casos y cosas. Esto se lo escuché razonar un día a Pedro María Piérola García; y también esto otro, que luego comprobé, in situ: si el alumno capaz no aprende del docente apto, ¡malo!; pero, si el maestro no aprende del discente, ¡peor! Lo escrito con ordenador sobre la pantalla ha quedado así, negro sobre blanco (aunque antes lo hiciera a mano, azul sobre gualdo), seguramente, porque, mientras trenzaba servidor las líneas que anteceden a estas, ha rememorado una moraleja (los cuatro últimos versos, una cuarteta, de la fábula titulada “El oso, la mona y el cerdo”, del poeta portuense (del Puerto de la Cruz, Tenerife) Tomás de Iriarte, a cuya biblioteca suelo acudir, de lunes a viernes, por las mañanas, las jornadas septembrinas que veraneo allí: “Guarde para su regalo / esta sentencia el autor: / si el sabio no aprueba, ¡malo!; / si el necio aplaude, ¡peor!”.

Siempre he aspirado a alcanzar u obtener el desafío o reto autoimpuesto, la autonomía personal, la independencia de criterio, pero he comprobado, de manera fehaciente, asimismo, sin tener la voluntad de autocorregirme, que, cuando me hallo con amigos del alma, depender de ellos no es tan malo; al contrario, puede llegar a resultar un regalo inesperado, una bendición.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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