SERÉ UN MELÓN, MAS CONTARÉ LA HISTORIA
TRAS PONERME EL DISFRAZ DE UN TAL CAPOTE
Ayer, cuando estaba dándole a la mui o sinhueso con mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo” (aprovechamos el fortuito encuentro en la calle Mayor para tomarnos un cortado —cada uno el suyo—, de pie, en la barra de la cafetería “Picasso”, de Algaso), entró, qué grata e inesperada sorpresa, por la puerta del citado establecimiento de hostelería, fray Ejemplo, que nos había visto, a través del cristal del amplio ventanal que del citado negocio da a la plaza de la Constitución y, según nos aseveró luego, notó, al reconocernos, en su interior (que puede referirse tanto a la cafetería como a su propio ser), que se le habían abierto las puertas del cielo. Unos y otro nos aproximamos y nos saludamos, le pregunté al recién llegado si le apetecía tomar algo con nosotros y me contestó que no, dándome, eso sí, las oportunas gracias por el convite. Más que una consumición, nos dijo, cuanto necesitaba era una sensata conversación. Y a ese menester nos dedicamos durante un buen rato, a departir amigablemente, respetándonos los turnos de palabra, y escuchándonos con suma atención (he de reconocer que, tras recibir sus opiniones sobre el affaire particular, este último sintagma debería haber aparecido publicado entre los signos de apertura y cierre de una interrogación).
Eusebio nos confesó cuanto dejaba entrever y demostraba bien, a las claras, su rostro (la cara es el espejo del alma y los ojos sus delatores, según predica la famosa frase de Cicerón), que estaba enfadado, enojado, profundamente indignado, con un fraile rebotado, pues ese sujeto en cuestión, uno de los compañeros de orden que tuvo otrora, y hace más de tres décadas dejó los hábitos, había publicado una novela o crónica ficcionada, en la que contaba trastadas reales que cometimos en Zaragoza, mientras estábamos estudiando el extinto Curso de Orientación Universitaria, el COU, el actual segundo curso de bachillerato, antes de iniciar el noviciado, paso previo a profesar, a decir amén a los votos solemnes.
Emilio, licenciado en derecho, que lleva ejerciendo de abogado desde que acabó la carrera, una vez conocido, grosso modo, el percal, le preguntó a fray Ejemplo:
—¿Las travesuras que narra en ese libro su excolega son ciertas? Porque, si lo son, y él, a fin de no ser pillado in fraganti, en flagrante delito, ha cambiado los nombres y los apellidos de cuantos las protagonizaron, aunque los individuos sean fácilmente identificables, me temo que eso va a ser difícil que lo tome un juez como revelación de datos personales; si esos hechos eran secretos, han devenido, tras pasar por el tamiz de la literatura, en públicos y publicados, notorios.
—Pues yo lo considero una deslealtad, una felonía, una traición en toda la regla —le replicó fray Ejemplo.
—Si cuantos fulanos participaron en las trastadas mentadas hubieran firmado un documento en el que todos, de manera mancomunada, se hubieran comprometido a no hacer explícitos los hechos, y ese documento acompañara a la querella, el juez que conociera el procedimiento acaso lo tomaría en consideración y quizá pudiera fallar a su favor, fray Ejemplo, pero el caso, a pesar de mi dilatada experiencia, no lo tengo ni lo veo nada claro.
—Yo, en lo tocante a los autos del supuesto proceso, como no soy jurista, prefiero oír y callar —osé agregar, por abrir brevemente la boca.
—Reconozco que no tengo el cuajo para aguantar, como un estoico, esa puñalada trapera por la espalda —siguió aduciendo Eusebio. ¿Vosotros seríais tan melones como para cometer el desmán, la tropelía, de contar esto?
—Melón seré, mas narraré la historia, tras ponerme el disfraz de un tal Capote —retruqué, pero me temo que fui malinterpretado, como si lo hubiera dicho irónicamente.
Nada más escribir los renglones torcidos que el atento y desocupado lector acaba de pasar su vista por ellos, le he mandado el texto resultante, rotulado como consta, a Emilio, para ver qué le había parecido, para conocer su parecer al respecto. No sé qué les pasará a los demás letraheridos, pero yo necesito pulsar el criterio de alguien en quien confíe, que sea un lector empedernido, para tener constancia de que no he metido la pata hasta el mismo corvejón.
Hace un par de minutos he recibido en mi dirección de correo más usada su respuesta. Me aduce que fray Ejemplo no nos había interrogado (al parecer, yo había escuchado mal): ¿Vosotros seríais “tan melones” como para cometer el desmán, la tropelía, de contar esto?; sino “tan felones”.
Le he mandado el escrito también a fray Ejemplo y este ha confirmado o ratificado la razón esgrimida por Emilio. Así que me veo en la obligación intelectual, por mor de la verdad pura y dura, de proceder a cambiar el título a este texto, que queda así: SERÉ FELÓN, PERO HE NARRADO EL CASO. Y llevará el mismo subtítulo.
Ángel Sáez García