El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Con quien me desasnó me siento en deuda

CON QUIEN ME DESASNÓ ME SIENTO EN DEUDA

A mi sobrino Adrián, que está estudiando el último curso de Magisterio, porque hoy, martes, 14 de octubre de 2025, cumple años. Así pues, vaticinando que será recordado como maestro crucial por sus alumnos, al ejercer su labor como la corona un estupendo, aunque “zahiriente” (voz que, qué extraño, lo acabo de comprobar, no aparece recogida en el Diccionario de la lengua española, DLE, de la RAE), educador, le mando mis ¡muchas felicidades!

De la atenta y detenida lectura que hice otrora de una veintena de páginas traducidas de la estupenda biografía que de Arthur Koestler escribió Michael Scammell, que, por cierto, se hizo merecedora de recibir el premio PEN de 2009 de dicha especialidad, extraje varias perlas preciosas, o enseñanzas interesantes. Una de las más inolvidables, por abrigar en su interior hebras dulces y útiles, es la que me dispongo a aducir a continuación, por la sencilla razón de peso de que viene a cuento, como alianza al dedo anular, y es la rara habilidad que advirtió en el escritor húngaro, nacionalizado británico, su biografiado, de cazar al azar o idear la mejor manera de alegar argumentos sólidos, sobre el asunto o tema que fuera, mas del modo que resultara, he aquí el quid de su adecuado proceder, hiriente o molesto al mayor número de intelectuales, pues había comprobado, de manera fehaciente, que dicha añagaza o subterfugio, era el medio y método más hábil y eficaz, la herramienta idónea, para que de todas las reflexiones que le hicieran sus aludidos o, en su defecto, ofendidos, él pudiera exprimir algún jugo o zumo provechoso para su quehacer creativo. Él provocaba el debate y de la discusión de ideas que brotaba aquí, nacía ahí y/o surgía allí, él intentaba extraer a ese inagotable caudal de tesis alguna pepita de oro. Él accionaba el interruptor o pulsaba el botón que ponía en funcionamiento o marcha la social maquinaria mental, espoleaba o ponía a punto los cacúmenes ajenos y de las reacciones y explicaciones de estos, más o menos geniales, él procuraba sacar la esencia, el meollo, lo enjundioso, que era lo preferido por él, no lo odioso.

   Mutatis mutandis, tres cuartos de lo propio hicieron nuestros educadores de otrora, los religiosos camilos, con quienes fuimos más o menos aplicados discentes, en Navarrete. Yo, cada día que pasa, más claro e inconcuso lo tengo y veo. La misma argucia o treta de Koestler usaron Arteaga, Piérola y el resto de aquellos decentes docentes con nosotros.

Para comenzar a desasnarnos, empezaron por lo precipuo o principal, convencernos de lo obvio, de que éramos unos necios (como eso mismo, precisa y preciosamente, se narra al inicio de “El lazarillo de Tormes”, cuando el ciego llama así a Lázaro, tras infligirle la primera “cornada” física e intelectual de su existencia, después de haber recibido el pipiolo su primer revés afectivo, pues su progenitora se desentiende de él, otorgando su formación al sagacísimo invidente: “—Necio, aprende; que el mozo de ciego un punto ha de saber más que el diablo”). Y no se cansaron ni se hartaron de darnos bofetadas metafóricas sin término. Yo, reconozco aquí, sin ambages, que me fui a mi cama del dormitorio común alguna noche con varias de ellas. Pero me dormía feliz por haber dejado de ser menos sandio. Desde entonces, el dicho español que tal cosa predica lo pongo en práctica y, por ende, me esfuerzo a diario por no irme al sobre sin haber adquirido un conocimiento más del que sentirme orgulloso, aunque dentro de un tiempo lo olvide, porque he adquirido otros que lo vienen a esconder u ocultar detrás o debajo de otros saberes, una pila de ellos.

Nuestros educadores molestaban a cuantos anhelábamos aprender, pero sin infligirnos daño o malestar físico alguno; allí zurrar, qué vulgaridad, no se estilaba (no obstante, no niego lo evidente, que alguna bofetada se les escapó a nuestros formadores). Aunque de más de un tortazo me hice acreedor, nadie me puso a mí la mano encima. ¡Qué bendición y gozo resultó restar un día sí y otro también al montón de sandeces unidades y, asimismo, lo opuesto, sumar al acervo de la ciencia un elemento y otro sin parar!

¡Cómo no voy a estar agradecido a quien me desasnó… y me siento en deuda!

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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