El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Cuando alguien me pregunta la razón,…

CUANDO ALGUIEN ME PREGUNTA LA RAZÓN

DE POR QUÉ ESTOY SOLTERO, NO CONTESTO

Para que nadie me eche nada en cara, aviso que este texto es pornográfico o, si usted lo prefiere, sicalíptico. Ergo, deje que quede su censura en el tintero, esto es, sin ver la luz, por ser, amén de impertinente, inicua.

Yo llamo pan al pan y vino al vino, pene al pene y vagina a la vagina; pero también los llamo pene y “ñete”, que es la aféresis simple de “coñete”. Conjeturo que, si esta voz no gusta, menos lo hará leer esta urdidura.

A veces, cuando alguien me pregunta por qué motivo sigo soltero o por qué he inventado esa añagaza, entelequia o patraña de que estoy casado con la Literatura (le suelo echar la culpa de dicho desaguisado a Truman Capote que, en el prólogo que escribió a “Música para camaleones”, 1980, como les aduje el otro día a una pareja de tudelanos que vive en el mismo barrio de Lourdes en el que resido, que sigue bien avenida, porque se soportan mutuamente y a las mil maravillas sus rarezas —si oculto aquí sus nombres de pila o dejo sus apodos en el tintero es porque no les he pedido el preceptivo permiso para mencionarlos en esta pieza literaria, pero ambos sabrán que me refiero a ellos, si leen esto y no callo la siguiente razón de peso: recientemente, estuvimos hablando en la calle de literatura, de que él había acabado de leer un libro de historia de Fernando Mikelarena y yo había comenzado a leer el monólogo interior que inicia “Crematorio”, de Rafael Chirbes—, dejó escrito, negro sobre blanco, que “cuando Dios le da a uno un don, le entrega también un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”, o sea, que otrora, velis nolis, matrimonié con Literatura) y no con una fémina de carne y hueso, me brotan unas ganas irrefrenables de responder la verdad pura y dura. Si no lo hago, es porque no comprendería la ironía o no entendería cuanto le cuento, aunque se lo repitiera cien y hasta mil veces, cada una de ellas con diferentes palabras. Y la razón es simple. No me casé con ninguna de las diversas novias que tuve porque ninguna me chupó el dedo sin uña como me lo acarició en sueños húmedos, con sus labios carnosos y su tierna lengua, la variopinta mujer que di en llamar Literatura, pues todas esas mamadas que me hicieron las pasé a papel, tras despertar de esos benditos episodios oníricos.

A Esther no se lo pude pedir ni siquiera en la intimidad y oscuridad más absoluta, con la luz de la lámpara de la mesilla de noche apagada. Era una joven chapada a la antigua, así que se conformaba con que yo hiciera o procediera; le pasaba mis labios y lengua por los suyos, los dos pabellones auriculares externos, los lados de su cuello, los pezones, el bajo vientre y el clítoris. Como a mí era al que le apetecía siempre el coito, ella me decía que me las arreglara o compusiera como pudiese. Así que jamás le solicité que me estimulara, que me excitara, que me descapullara el cipote, que se bajara al pilón y me fuera retirando poco a poco y suavemente el prepucio, que me lamiera el glande o bálano, que no era una bala, no, como lo hace, con suma fruición, verbigracia, una niña con la bola de helado que colma el cucurucho.

A Estela nunca le pude decir que se la iba a meter entera, porque tenía un problema de vaginismo (aún no he olvidado la tarde que vino a mi casa y, en la mesa donde solía depositar los libros y periódicos a medio leer, que despejé, le dije que se tumbara decúbito supino, tras mandarle que se quitase, previamente, el bluyín y las bragas que llevaba puestas; le rogué que se abriera de piernas y procedí a auscultar su vagina exteriormente, como si servidor hubiera terminado la carrera de Medicina y fuera ya un experto ginecólogo; me limité a observar detenidamente, me daba miedo tocar, sin llevar puesto un guante de látex; así que decidí lo obvio, que mi experiencia era ninguna —salvo los pinitos que hice de crío, cuando jugué varias veces en el pueblo a médicos— y no me iba a perdonar nunca llegar a infligirle el menor daño o perjuicio, e, ipso facto, terminé mi reconocimiento, quedándose el busilis o intríngulis sin resolver), y no me quise aprovechar de su cuerpo, más de ángel femenino que de súcubo.

Con Gertrudis, la más joven y más desinhibida de mis churris, a quien todo el mundo llamaba por su hipocorístico, “Tula”, como la tía medio fantaseada, medio imaginada, por Unamuno, y yo, por diferenciarme del resto, “Tola”, porque, nada más llegar a casa (la suya o la mía), se echaba en la cama, se tumbaba a la bartola, y a mí me brotaba o nacía la misma y asidua avidez desmedida de tirarme a la susodicha, la relación duró apenas dos meses. Menos mal que, cuando empezó a venir por el piso, que compartía con otros estudiantes universitarios, ya había superado, por parciales, con sendos notables, tres asignaturas y media de las cinco del curso, porque el último mes me lo pasé follando con ella. Constaté que, si le metía los dedos corazón e índice de mi diestra entre los labios de su vagina, nada más entrar en contacto mi dos de bastos con las lubricadas paredes de su cueva, su fuente de los placeres empezaba a segregar una cera viscosa que pedía a voz en grito que mi pene enhiesto frecuentara, penetrando (mi pene entrando, sin llegar a salir del todo), rozando, las sedosas paredes de su gruta hasta descargar, eyacular. Luego a ella le tocaba culminar el orgasmo. Y le petaba, como al mal estudiante, repetir.

Nota bene

Está claro que, en la vida real, ninguna de mis novias se llamó así, ni Esther, ni Estela, ni Gertrudis, pero no niego que algunas féminas de dichos nombres me hubieran gustado como tales.

He descartado titular este texto con el rótulo que había pensado al principio, por ser claramente obsceno: “Si ‘Tola’ se tumbaba a la bartola, olía que a la tal iba a tirarme”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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