El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Embaucador es todo literato

EMBAUCADOR ES TODO LITERATO

¿HALLARÉ EN MÍ UN ESTÍO INEXPUGNABLE?

Me consta que el grueso de la gente que me lee con cierta asiduidad pone en tela de juicio lo que escribo. Hoy quiero persuadirles de que hacen bien, lo correcto, al dudar de si la mayor parte de cuanto trenzo es verdad o una mentira como un templo. A mí me gusta utilizar una enigmática suma, V+M=L, que deja de serlo en apenas un pispás, cuando la aclaro o explico: verdad más mentira es igual a literatura. O sea, cuando me dispongo a escribir, salvo que vaya a urdir la crónica de un suceso colectivo, reciente, que, en ese caso preciso, siempre intento ser fiel a cuanto percibí con mis sentidos, suelo partir de una realidad vívida y vivida o recordada (que, si te fijas bien, tiene un matiz especial, entre embaucador y embelecador); si le añado un embuste con fundamento o fuste, una patraña tamaña o varias párvulas, que sean creíbles, verosímiles, eso da como resultado el texto literario (haya usado servidor la prosa o el verso para componerlo).

Dicen que Confucio dejó dichas varias agudezas (que unos interpretarán como ingeniosidades y otros como perogrulladas; esto no les resultará extraño a quienes aducen que en la variedad radica el gusto); pero a mí hay una, en concreto, entre las muchas que se le atribuyen, que no me enfada ni molesta rememorar e iterar: “Saber que se sabe lo que se sabe y que no se sabe lo que no se sabe; he aquí el verdadero saber”. Bueno, pues, yo sé poco (apenas unas gotas de esa inmensa laguna, y aun piélago u océano, que representa el total de los saberes, cuanto podría saber), pero, dentro de mi inopia cultural evidente, al menos, sí sé que hubo varias personas, durante mi adolescencia, que fueron hitos cruciales, fuentes fundamentales, puntales inconcusos, pues me sirvieron de apoyo y ayuda, soporte y sostén (y puede que, de forma indirecta, hagan las veces de otro tanto también para cuantas/os me lean, si ellas/os y yo hacemos caso al pensamiento que cabe escuchar al final de la película “La misión”, dirigida por Roland Joffé en 1986, dicho por boca del nuncio de Su Santidad, el cardenal Altamirano, papel que borda el actor irlandés Ray McAnally, que “el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”, mera variante de esta sentencia de Cicerón: “La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”); tan importantes, que supusieron un antes y un después, por la imbatible razón de que la cambiaron; en mi caso, para bien, para mejorarme. Tengo que reconocer (sería un ingrato si no lo hiciera) que a mí me cambiaron la vida tres docentes del seminario menor navarretano: Daniel Puerto, Pedro María Piérola García y Jesús Arteaga Romero. Sus saberes son mis saberes matizados, unos acrecidos, otros menguados. Los conocimientos que me transmitieron y los comportamientos coherentes que advertí en ellos devinieron en ejemplos y espejos donde mirarme, que seguir, en modelos de conducta que remedar. Y sé de lo que discurro o diserto, porque allí, donde tiendo a ubicar mi cielo en el planeta azul, la Tierra, tuve la sensación refractaria de haber dejado atrás al ignorante recalcitrante que acarreaba y fui, para, aun teniendo la constancia de que seguía desconociendo una infinidad de cosas, haber llegado a la conclusión de que, por fin, había sido desasnado. Así que, tras leer y asimilar la lección de Mark Twain, nunca volví a discutir con el ignorante que fui, que dejé atrás, y, de este modo, eludí tener que descender a su nivel y, como corolario, no pudo golpearme con sus puños en la cara ni abatirme ni caer sobre la lona de su cuadrilátero, donde él me aventajaba, por ser todo un perito en las doce cuerdas de la incultura.

Teniendo en cuenta uno de los muchos adagios que se le atribuyen al Premio Nobel de Física de 1921, Albert Einstein (“Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas”), cabe afirmar que hay ignorantes desasnados, como servidor, que, rememorando algunas anécdotas vividas junto a los sujetos mencionados arriba, que vinieron a afianzar mi personalidad, a darle solidez intelectual, y sacándole el máximo provecho a ese material, los sujetos susodichos pueden convertirse o devenir en un objeto, un libro, verbigracia; así que aquí es posible formular otras sumas e igualaciones: S (sujetos) + A (aprovechamiento) = D (desarrollo); y D+M (memoria) +T (trabajo) = L (libro).

El abajo firmante aspira a escribir algún día frases poéticas como esta del Premio Nobel de Literatura de 1957, Albert Camus, que dice así: “en lo profundo del invierno aprendí finalmente que había un verano invencible en mí”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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