El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Dos secretos de Sócrates a voces

DOS SECRETOS DE SÓCRATES A VOCES

Desde que leí al filósofo austríaco-británico Karl Raimund Popper, tengo claro, cristalino, que toda verdad es interina, provisional, ya que permanece en pie, como si se tratara de un muñeco del pimpampum colocado sobre la balda de una caseta de feria, mientras no es contradicha o refutada por la pelota lanzada por otra fetén que, en ese preciso y mismo instante, si la derriba del pedestal que indebidamente ocupaba, procede a tomar posesión y posición en la misma peana.

Uno, este menda, tiene la impresión refractaria de que dos secretos a voces de Sócrates siguen enseñoreándose de sus respectivos basamentos. Echémosles un vistazo, para ver si continúan aguantando el tipo, porque lo que comprobamos es que su interinidad ha devenido en diuturna.

A Sócrates, el primer filósofo de nombre conocido que creó escuela (nada que ver con el proverbial maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela; ni con el personaje literario que se sacó de la cornucopia de su magín el irónico religioso jesuita José Francisco de Isla de la Torre y Rojo, en su “Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes” (1758, la primera parte; 1768, la segunda), que, según leemos al principio del parágrafo cuarto de su capítulo ídem, el IV, de dicha obra, dice así, que “aún no sabía leer ni escribir, y ya sabía predicar”), nadie ha osado negarle el pan ni la sal, o sea, el papel de pionero. Así las cosas, a él le cupo el raro honor de aducir una ocurrencia (y todos los pensadores posteriores con dos dedos de frente, sin excepción, se han visto en la obligada tesitura de atribuírsela), su idea de que dos personas (o más) pueden aprender, de manera recíproca, mediante el arte pergeñado por él, la mayéutica, es decir, formulándose alternativamente preguntas y examinando los pensamientos propios y ajenos, asimilados de otros, a fin de hallar en ellos sus puntos flojos, dónde fallaban o cojeaban, usando buenos modos, esto es, respetándose, sin tener que vituperarse por disentir en el criterio.

Sócrates aceptaba, de buena gana, derrochando una burla fina, mordaz, que él, siendo más feo que Picio, se esforzaba por demostrar, de manera fidedigna, que cualquier semejante suyo podía resultar hermoso, haciendo un uso óptimo de la retórica, o sea, eligiendo con sumo cuidado las palabras que iba a utilizar en su discurso, a fin de persuadir y emocionar al auditorio.

Así que cabe colegir que en esa actitud socrática se muestra la raíz y la razón de esa idea, que muchos hemos contribuido a propagar y propalar, de que hay una belleza interior y otra exterior. A mí no me gusta agregar cuanto acostumbran a añadir otros: que una y otra tienden a compensarse, pues eso no acontece en multitud de casos constatados y contrastados.

Puede (lanzo la tesis sin haberla madurado lo apetecido, nada más alumbrarla) que se halle en el susodicho pensamiento socrático la semilla de una idea de Antoine de Saint-Exupéry, que aparece en “El principito”, donde el mentado autor galo pone en boca del zorro estas palabras, un secreto: “Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”.

Y es que, como hemos aprendido, tras escuchar a tantos profesores (ora sean o se sientan ellas, ellos y no binarios) y leer a tantos autores (ídem) de tantos libros (que nos hicieron a cuantos los leímos, seguramente, un poco más libres), y aún más si hemos acudido a ver un espectáculo de magia y/o prestidigitación, las apariencias engañan. Y los trucos están a la vista, aunque no se pillen, hasta que uno, sin querer queriendo, como solía decía el chavo del Ocho/8, quizá, te lo explica.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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