El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Todo se le hace poco al que asaz ama

TODO SE LE HACE POCO AL QUE ASAZ AMA

Ignacio Peyró, en la página 10 del número 2.581 de EL PAÍS SEMANAL, correspondiente al domingo 15 de marzo de 2026, inicia su columna titulada “No viajes solo donde viajaste enamorado” de una guisa parecida: “UNO NO DEBERÍA viajar solo donde antes ha viajado enamorado”. Comprendo las razones que nos brinda (y reconozco que coincido con su parecer tanto como discrepo de su criterio). Ciertamente, el amor pudo proyectar viajes de ensueño (no hay viaje que supere el primero que hiciste con el dedo índice sobre un mapa) a las tres ciudades que menciona Peyró, Córdoba, Nápoles y París, o a otros tres destinos o a otros trescientos, pero Collado Mediano (como ignoraba dónde quedaba, ahora ya no, en la madrileña sierra de Guadarrama, y estoy en la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, pasando las notas que tomé ayer a ordenador, consulto el dato y compruebo que acaso se haya quedado corto el adjetivo que acompaña a dicho nombre y este se merezca otro que esté más a su altura, Superior) tiene que tener sus encantos, sus belvederes o “sitios cinco estrellas”, seguro. Y es que cualquier lugar donde estés con tu churri o con tu esposa, si estás enamorado hasta los tuétanos de ella o sientes un cariño especial, sin límites, por ella, hasta en Collado Mediano (prefiero mudar el calificativo que soporta por el que le conviene más, Superior) raya con la gloria.

Me chifla o flipa la imagen que nos regala Peyró a sus lectores, en lo concerniente a ese ángel de la guarda de las diversas o variopintas parejas de enamorados, porque el susodicho es el culpable, más bien facilitador o fautor, de que todo salga a pedir de boca, aunque el grueso haya salido al revés de cómo se preparó o fue proyectado.

Peyró insiste, erre que erre, en su idea, cantinela o cantilena, de que “no es sabio viajar solo donde viajamos enamorados por la melancolía física de la pérdida”. No es mala razón la aducida por él, empero, disiento, de una manera sui géneris. No es necio viajar solo donde acudiste la primera vez enamorado. ¿Que por qué? Por lo obvio, porque puede que allí te enamores de nuevo. Si acudiste allí enamorado de una morena, ahora te puedes encaprichar de una rubia o pelirroja, parecida o distinta en el carácter y/o el talle a la de marras, y acaso llegues a sentir que te complementa y hasta completa mejor, casi casi a la perfección, o sea, más que la anterior.

Rememorar que fuimos felices antaño no es necesariamente una carga (no es la roca que porta a la espalda Sísifo), sino una tabla de salvación. Quien lleva cinco lustros sin conocer fémina (ni nueva ni vieja) lo sabe. Y revivir algunos episodios reales de otrora hacen que no sea tan devastador el ahora.

Hay quien puede llegar a entender que dilapidó los días de vino y rosas del amor. Desconoce lo mismo que los falsos enamorados no llegarán nunca a entender del todo, que el que ama de veras siempre cree que ama poco, que se queda corto, aunque eso sea, según otro, demasiado.

Quien suele viajar a Canarias solo desde hace cuatro décadas toma cada viaje al archipiélago afortunado como una oportunidad de enamorarse, aunque no haya necesariamente correspondencia. Lo importante es tener ganas de viajar y no cerrar las puertas al amor, aunque no se den las ocasiones para mantener conversaciones interesantes.

Estoy persuadido de que lo que cuenta, cuando se viaja, no es el paisaje (que no conviene desdeñar, por supuesto; pues no es mal acompañamiento, como la música ambiental), sino el paisanaje; lo mismo ocurre cuando me junto a comer con mis amigos del alma, “los Luises” y Mari, donde sea; lo verdaderamente significativo no son las viandas y los caldos de la carta o el menú, sino las personas que comparten mesa y mantel contigo, con los que conversas de lo divino y de lo humano a gusto.

Viajando, he constatado que es una verdad apodíctica ese adagio sueco que dice así: una alegría compartida es una alegría doble, una pena compartida es la mitad de una pena. En plata, que hablar los asuntos multiplica o potencia, atenúa o mitiga, los sentimientos que los tales acarrean.

Algunos vuelos a Tenerife se me han pasado en un santiamén por dos motivos concretos; uno, porque los he hecho dormido, y he tenido episodios oníricos gratos, casi húmedos; y dos, porque he dialogado con otro viajero (ella, él o no binario) de todo lo que se puede hablar, disfrutando un montón dándole a la mui o sinhueso.

Peyró concluye su columna por todo lo alto, hallando la cuadratura del círculo o haciendo que la pescadilla muerda su cola: “He ahí otra de las verdades de la vida: nada como viajar enamorado donde una vez viajaste solo”. Amén.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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